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Y Simón se convirtió en Pedro

· Misa del Pontífice en Santa Marta ·

«El primer paso de la conversión y el primer paso de la penitencia» es la actitud «de acusarse a sí mismo», nunca «a los otros», hablando mal de los otros: «no basta reconocerse pecadores», recurriendo a un poco de «cosmética» espiritual o a confesiones «bla bla bla», como un loro, sino que se debe sentir en concreto «el sentimiento de la vergüenza» y «el estupor de sentirse salvados». Lo subrayó el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves por la mañana, 6 de septiembre, en Santa Marta, refiriéndose a la experiencia del apóstol Pedro.

Comentando el pasaje evangélico de Lucas (5, 11) propuesto por la liturgia, el Pontífice explicó cómo «este echar las redes y hacer una pesca milagrosa» narrado en el pasaje de hoy «nos hace recordar la otra, en Tiberiades, al final, después de la resurrección». Sin duda «son dos momentos fuertes donde Pedro echa las redes y hace esta pesca milagrosa». El Papa recordó cómo «en este caso» el apóstol ya seguía a «Jesús desde hace tiempo: admiraba al Maestro, estaba terminando el trabajo, lavando las redes». Mientras «en el otro caso, al final, estaba pescando».

En esta primera circunstancia – hizo presente Francisco - «Jesús le dice: “Pero por favor, déjame ir en tu barca un poco alejándome de la orilla para poder predicar tranquilo a la multitud. En el otro caso, al final, desde la orilla, les grita: “¿Tenéis algo para comer?” Y ellos enfadados porque no habían pescado nada: “No”, dicen, y cortan el diálogo». Aún así en ambos momentos – observó el Papa - «al principio de la vida apostólica de Pedro y al final, hay una unción de Pedro. En este caso, en este momento le dice: “Tú serás pescador”. Al final le dice: “Ve y apacienta mis ovejas”. Lo hace pastor».

Después de haber reiterado que «Pedro desde hace tiempo seguía a Jesús» el Pontífice hizo notar también que «lo había llevado donde Jesús su hermano Andrés. Jesús lo vio y enseguida le cambió el nombre: “Tú te llamarás Pedro”, se llamaba Simón. Pedro no entendió. Pero, sí, sabía, como buen israelita que era, que un cambio de nombre tenía un significado, un significado de misión». Así «en ese momento seguía a Jesús. Trabajaba, seguía a Jesús, cuidaba la familia, hacía un poco de todo. Y ahora «con esta pesca milagrosa se da un paso más en la vida de Pedro. Y la vida de Pedro es siempre paso a paso, un paso más».

El apóstol, explicó Francisco, «presume de seguir a Jesús: “Es el profeta, yo voy detrás de Él, soy uno de los seguidores del profeta”, y se sentía orgulloso porque realmente amaba a Jesús». Pero «después de este milagro, Pedro escuchó algo; tenía fuerte admiración y cuando el Señor le dice que se vaya», él responde: «Señor, hemos trabajado toda la noche y no hemos cogido nada, pero por tu palabra echaré las redes». En resumen «se fiaba de Jesús». Y «después cuando vio ese milagro tan grande que se rompían las redes de tantos peces, sintió algo dentro».

También «en la pesca final – afirmó el Papa – en el milagro final, dice el Evangelio que se tiró al agua para ir enseguida hacia Jesús. Él esperó. Pidió ayuda para llevar los peces y cuando se acercó a Jesús se arrojó a sus rodillas diciendo: “Señor, aléjate de mí porque soy un pecador”».

Por tanto precisamente «este es el primer paso decisivo de Pedro en el camino del discipulado, de discípulo de Jesús, acusarse a sí mismo: “Soy un pecador”. El primer paso de Pedro es este y también - añadió el Papa actualizando la reflexión – el primer paso de cada uno de nosotros, si se quiere ir en la vida espiritual, en la vida de Jesús, servir a Jesús, seguir a Jesús, debe ser esto, acusarse a sí mismo: sin acusarse a sí mismo no se puede caminar en el vida cristiana». Se podría objetar, sugirió Francisco: «Pero, padre, sí, yo siempre lo hago, al principio de la misa, rezo, confieso – Pero tú escuchas lo que... le escuchas a Él?». Y también el Evangelio dice que «el estupor había invadido» a Pedro delante de esa pesca milagrosa. Como consecuencia al Papa le surgió una pregunta: «Tú, cuando acusas, ¿cuándo te acusas a ti mismo lo haces en este aire de estupor? O, sí, soy pecador, vamos adelante...».

De hecho, prosiguió, «nosotros estamos muy acostumbrados a decir: “Soy un pecador”. Es verdad, si yo ahora dijera: “¿Quién de vosotros no es pecador?”, seguro ninguno levantaría la mano. Porque todos sabemos que somos pecadores. Pero confesar, acusarse a sí mismo de pecado, de ser pecador concreto, en el estupor, esto no es fácil». Tanto que «nosotros decimos: “Sí, yo soy pecador”, como decimos: “Yo soy humano”, “Yo soy ciudadano italiano”, “Yo soy esto”».

Sin embargo, aclaró el Pontífice, «hay otra cosa: acusarse a sí mismo es el sentimiento de mi miseria, de sentirse miserable, mísero, delante de Señor. El sentimiento de la vergüenza». Es de hecho «acusarse a sí mismo» no se puede hacer de palabra, es necesario sentirlo en el corazón: «es siempre una experiencia concreta».

Por otro lado «cuando Pedro dice: “Aléjate porque soy un pecador” – dijo el Papa – tenía en el corazón todos sus pecados y él los veía, se sentía pecador realmente. Y después se sintió salvado. La salvación que nos lleva a Jesús necesita esta confesión de pecadores». Pero «esta confesión que nace del corazón, que es sincera, porque la salvación que nos lleva a Jesús es sincera», llega del corazón. De hecho «la salvación de Jesús no es algo cosmético, que te cambio un poco, con dos pinceladas te cambian la cara. Es una cosa que entra dentro y transforma». Sin embargo para «hacerla entrar» se debe dejarle «sitio con la confesión de los pecados, confesión sincera delante de Él: “Aléjate Señor porque soy un pecador”». Porque de otra manera no se puede experimentar «el estupor de Pedro».

«Nosotros estamos acostumbrados a decirnos: “Somos pecadores y, sí, somos así”», reiteró Francisco. «Es verdad, pero no basta. Lo que cuenta es que cada uno de nosotros delante del Señor viva la vergüenza y después el estupor de sentirse salvado. Debemos convertirnos. Debemos hacer penitencia». Y el primer pasaje de la conversión, de la penitencia es esta actitud de acusarse a sí mismo».

Con tal propósito, deseó el Papa, «nos hará bien pensar: “¿Yo me acuso a mí mismo o acuso a los otros?”. Hay gente que vive hablando mal de los otros, acusando a los otros y nunca piensa en sí mismo, y cuando voy a confesarme , ¿cómo me confieso, como los loros? “Bla, bla, bla, he hecho esto, esto”». Pero «¿el corazón te toca lo que has hecho? Muchas veces, no. Tú vas ahí a hacer la cosmética, a maquillarte un poco para salir guapo. Pero no ha entrado en tu corazón completamente, porque tú no has dejado sitio, porque no has sido capaz de acusarte a ti mismo».

«El primer paso es este, es una gracia, nadie con las propias fuerzas puede hacerlo» advirtió el Pontífice. Y por eso es necesario «pedir esta gracia: “Señor, que aprenda a acusarme a mí mismo, que aprenda a dar este primer paso”». Y «una señal que una persona, que un cristiano no sabe acusarse a sí mismo es cuando está acostumbrado a acusar a los otros, a hablar mal de los otros, a meter la nariz en el la vida de los demás. Y esto es una señal fea. ¿Yo hago esto? Es una bonita pregunta para llegar al corazón».

De aquí la exhortación final de Francisco de pedir «hoy al Señor la gracia de encontrarnos delante de Él con este estupor que da su presencia y la gracia de sentirnos pecadores, pero concretos y decir como Pedro: “Aléjate de mí porque soy un pecador”. Y así la vida de Pedro ha ido adelante, hasta esta otra pesca final, cuando Jesús lo hace pastor del rebaño». Sí, «pidamos hoy los unos para los otros esta gracia: “Señor, que aprendamos a acusarnos a nosotros mismos”, pero no a los otros, al otro. Cada uno que se acuse a sí mismo». 

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25 de Septiembre de 2018

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