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· En Cracovia, donde Karol Wojtyła impulsó las primeras experiencias pastorales con los jóvenes ·

Hace tres años, el 28 de julio 2013, al final de la celebración eucarística que coronaba la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, con grandísima conmoción escuchamos las palabras del Papa Francisco: «Queridos jóvenes, tenemos una cita para la próxima jornada mundial de la juventud, en 2016, en Cracovia, Polonia. Por la intercesión materna de María, pedimos la luz del Espíritu Santo en el camino que nos llevará a esta nueva etapa de alegre celebración de la fe y del amor de Cristo».

Desde aquel momento la Iglesia polaca, y en particular la Iglesia de Cracovia, comenzó a vivir intensamente el evento, que forma parte de la misión de la Iglesia universal de nuestro tiempo. Y yo, escuchando las palabras del Pontífice en tierra brasileña, me di cuenta de que en cierto sentido se volvía al punto de partida. El gran proyecto pastoral, que es cada edición de la Jornada Mundial de la Juventud, esta vez se habría realizado en la ciudad en la cual había crecido, para el servicio de la Iglesia y del mundo, Karol Wojtyła, el iniciador de la fiesta de la fe de la Iglesia jóven.

Juan Pablo II siempre llevaba Cristo a los jóvenes. Les animaba a tomar el ancho mar de la fe, de la esperanza y del amor. Les indicaba ideales sublimes, para que hiciesen de su vida un don para Dios y para el prójimo, construyendo un mundo más justo y solidario. No hubo que esperar mucho tiempo la respuesta. El Papa creía en los jóvenes, y ellos comprendieron que tenían en el una guía experta. Podemos decir que en cierta manera el encuentro parisino en el parque de Los Príncipes constituyó el preludio de la organización de las Jornadas Mundiales de la Juventud. La idea maduró poco a poco, durante las sucesivas – y ya regulares – citas del Papa con los jóvenes en Roma: en 1984, año jubilar de la redención, y en 1985, en el marco del año internacional de los jóvenes, también esta vez en la ciudad eterna. En este periodo y en los años sucesivos, dio una competente ayuda al Papa el cardenal argentino Eduardo Pironio, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos. Fue precisamente este dicasterio, el que asumió la responsabilidad de organizar los encuentros de los jóvenes.

En 1987 la iniciativa había superado ya los confines de Roma. En Buenos Aires, Juan Pablo II vivió con los jóvenes la primera jornada mundial de la juventud. Y desde entonces, cada dos o tres años, jóvenes cristianos de todo el mundo se concentran entorno al sucesor de Pedro para celebrar su fe, la pertenencia a Cristo y a su Iglesia. Después de Buenos Aires fue el turno de Santiago de Compostela, y luego estuvieron Częstochowa, Denver, Manila, París, Roma (el año del gran jubileo del 2000) y Toronto; después Colonia, Sydney e Madrid con Benedicto XVI y Río de Janeiro con Papa Francisco. Hoy sería difícil imaginar la dinámica de la vida de fe de la Iglesia contemporánea sin estos eventos.

Esta vez los jóvenes, que Juan Pablo II llamó en Tor Vergata «centinelas de la mañana que vigilan el surgir del tercer milenio», vienen a la patria y a la ciudad de Karola Wojtyła, al corazón del cual surgió y en el cual maduró la idea de la Jornada Mundial de la Juventud, una de las más hermosas iniciativas de su pontificado y de la Iglesia después del Concilio Vaticano II. Los sucesivos Pontífices – Benedicto XVI y Francisco – han hecho propia esta iniciativa y concentran entorno a la misma el programa pastoral para los jóvenes.

¿A qué país, a qué ciudad llegan las «centinelas de la mañana», los jóvenes cristianos del 2016? hace un cuarto de siglo, Polonia se liberó de las cadenas del comunismo y desde entonces construye pacientemente el armazón de una sociedad democrática, más justa y solidaria. Aprendemos de los éxitos y de los errores. Damos gracias a Dios por el don del bautismo, recibido en Polonia hace 1050 años. Damos gracias por nuestra historia, no fácil, en la cual las victorias se alternan con las derrotas, las ilusiones con las esperanzas. Vivimos en una Europa que se va unificando y compartimos los temores de nuestro mundo agitado, en los cuales hay guerras y a menudo se ven las señales de un ciego terrorismo. Pesan especialmente en nuestro corazón, los sufrimientos de Ucrania, nación tan cercana a nosotros. Hagamos frente a una progresiva secularización, que propone un modelo de vida sin Dios, que convence al hombre de su autosuficiencia. Pero ¿puede un hombre salvarse con sus propias fuerzas? ¿Puede construir solidariamente la casa de su propia existencia sobre la arena de una ideología ilusoria?

Stanisław Dziwisz, cardenal arzobispo de Cracovia

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