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Vidas truncadas entre el desierto y el mar

· El Papa en el cementerio romano de Verano reza también por los inmigrantes y pide procedimientos más ágiles para acoger a los supervivientes ·

Y en el Ángelus presenta a los santos no como superhombres sino como personas que se fiaron de Jesús

Vidas truncadas entre el desierto y el mar mientras «buscaban una liberación, una vida más digna». Vidas que el Papa Francisco no puede justamente olvidar. De esta manera, el viernes 1 de noviembre, solemnidad de Todos los santos, las víctimas de la enésima tragedia de las migraciones fueron el centro de una jornada vivida bajo el signo del recuerdo, de la conmemoración de cuantos nos han precedido en esa «riba» donde se arroja «el ancla de la esperanza» cristiana. Una esperanza que en el «Verano» fue simbólicamente representada por la rosa roja depuesta sobre una de las tumbas históricas del cementerio monumental romano, donde el Papa Francisco celebró la misa por los difuntos, retomando una antigua tradición interrumpida hace veinte años.

Nada de papeles para un discurso que el Pontífice quiso que fuera comprendido en su espontánea sencillez. Por lo tanto, capaz de hacer captar en su inmediatez la imagen «tan bella» de ese cielo –del que hablaba el pasaje del Apocalipsis leído durante la celebración– al cual se puede acceder sólo al ser lavado por la sangre de Cristo.

Una sangre –recordó el Obispo de Roma al término de la misa– parecida a aquella derramada por cuantos han muerto buscando la libertad de las violencias y miseria. Además el Papa Francisco no olvidó a los vivos, a los sobrevivientes de las tragedias, que hoy, sin embargo, viven «amontonados» en centros de acogida incapaces de alojarles adecuadamente. Para ellos el Pontífice invocó una conclusión rápida de los procedimientos legales en vista de una acomodación más digna.

Pocas horas antes, en la plaza de San Pedro, ante una multitud de fieles, el Papa Francisco había relanzado la misma imagen de humanidad sufriente por causa del odio traído al mundo «por el diablo». Y había pedido oraciones por las víctimas de tal odio. ¿Cómo vencerlo?  Los santos, había dicho, nos indicaron el camino: «Jamás odiar, sino servir a los demás, a los más necesitados; rezar y vivir en la alegría: este es el camino de la santidad». Y recorrerla no significa ser «superhombres» sino personas dispuestas a fiarse de Jesús «que no defrauda» y, por lo tanto, capaces de vivir con «la alegría en el corazón» y de transmitirla a los demás.

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20 de Enero de 2019

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