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Unir lo que está dividido

· Recordando el encuentro en Estambul entre el Papa Pablo VI y Atenágoras ·

En la entrada de la basílica de San Pedro en Roma, sobre la puerta santa abierta por el Papa para las celebraciones jubilares, una inscripción en el mármol, que a menudo pasa desapercibida para los peregrinos dice en griego y en latín: «Por la conciliación de plena comunión entre las Iglesias ortodoxa y católica romana, en esta basílica hubo un encuentro de oración entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras el 1 y el 26 de octrubre de 1967».

De hecho, en 1967 entre los dos líderes hubo un intercambio de visitas a las respectivas sedes.

La visita de Atenágoras a Roma fue precedida por una visita de Pablo VI a El Fanar. El 25 de julio de 1967, dirigiéndose al Patriarca Atenágoras en la iglesia patriarcal de San Jorge, el Papa Pablo VI dijo: «A la luz de nuestro amor a Cristo y de nuestra caridad fraterna descubrimos más aún la profunda identidad de nuestra fe, al mismo tiempo que los puntos sobre los cuales aún divergimos no deben impedirnos la percepción de esta unidad profunda».

A su vez, el Patriarca Atenágoras subrayó que su objetivo principal, como jefes de sus respectivas Iglesias, era el de «unir lo que está dividido, con mutuas acciones eclesiásticas, allí donde quiera que ello sea posible, afirmando los puntos comunes de fe y de gobierno, orientando así el diálogo teológico hacia el inicio de una comunidad sana, sobre los fundamentos de la fe y de la libertad de pensamiento teológico inspiradas por nuestros Padres comunes y presentes en las diversas tradiciones locales».

Antes de estos eventos históricos, Atenágoras y Pablo VI se habían encontrado ya por primera vez en Jerusalén el 5 y 6 de enero de 1964. En estos encuentros, los dos guías habían retirado juntos las excomuniones que pesaban sobre sus respectivas Iglesias desde el gran cisma de 1054.

El Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras fueron dos grandes visionarios; «con el poder del Espíritu vio el fin de los tiempos» (Sirácida 48, 24). Aunque sus iniciativas no tuvieron gran impacto en los medios de comunicación, permanecen revolucionarias piedras angulares para el desarrollo del cristianismo.

Lo que podía parecer solo un pequeño paso en la historia del mundo, al final se ha revelado un paso de gigante en la historia de la Iglesia, especialmente en términos de sanación del escándalo de la división entre las dos Iglesias hermanas de Roma y de Constantinopla, nueva Roma.

Efectivamente, si introducimos la correspondencia formal y las visitas oficiales intercambiadas por los jefes o los representantes de las dos Iglesias en el contexto de silencio del cisma que ha caracterizado sus relaciones durante casi un entero milenio –desde el 1054 hasta 1964, pese a algún ocasional esfuerzo dirigido a la reunificación y aislados ecos de comunicación al lo largo de los siglos– entonces conseguiremos comprender la excepcional importancia de los extraordinarios gestos entre el Papa Pablo VI y el Patriarca Atenágoras.

Hoy ya no sorprende tener conocimiento de visitas de jefes de Iglesias a otras Iglesias. No obstante, los intercambios y los encuentros entre el Papa Pablo VI y el Patriarca ecuménico Atenágoras permanecen en la memoria y al mismo tiempo nos recuerdan el poder duradero de la caridad y del diálogo. En un tiempo en el cual las personas y las naciones tienen la tentación de aislarse y excluirse –ya sea por ignorancia o por miedo a los demás– el ejemplo de Pablo VI y Atenágoras es una luz para dos ciudades construidas sobre un monte, desde donde resplandece para el mundo entero (cf. Mateo 5, 14).

Bartolomé

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