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Una respuesta responsable a los cambios climáticos

· A los estudiantes el Papa les pide ser «guardianes de la vida y de la creación» ·

Y en el Ángelus recuerda que el Adviento es una invitación a orientar la vida hacia un Dios Padre y Amigo

No existirá «un futuro bueno para la humanidad sobre la tierra si no nos educamos todos en un estilo de vida más responsable en relación con la creación». Lo dijo el Papa al recibir este lunes 28 de noviembre por la mañana a estudiantes y docentes italianos que forman parte del proyecto «Ambientiamoci a scuola» (Ambientémonos en la escuela) de la Fundación Sorella Natura (Hermana Naturaleza). El llamamiento sigue al que lanzó al concluir el Ángelus del domingo 17, cuando el Pontífice pidió a los participantes en la conferencia internacional de Durban «una respuesta responsable, creíble y solidaria» a los cambios climáticos. Anteriormente, Benedicto XVI dedicó la siguiente reflexión para el Adviento.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy iniciamos con toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, para vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, para recorrer dentro de la historia del mundo, a fin de abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año litúrgico comienza con el tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera del retorno de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.

«¡Velad!». Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: «¡Velad!» ( Mc 13, 37). Es una exhortación saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que está proyectada hacia un «más allá», como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha utilizado sus propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos.

Del mismo modo, Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar hoy con una apremiante oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en cierto momento dice: «Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti, pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa» ( Is 64, 6). ¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo posmoderno: las ciudades donde la vida resulta anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y, a veces, en este mundo que parece casi perfecto, suceden cosas desconcertantes, en la naturaleza o en la sociedad, por las que pensamos que Dios parece haberse retirado, parece, por así decir, habernos abandonado a nosotros mismos.

En realidad, el verdadero «señor» del mundo no es el hombre, sino Dios. El Evangelio dice: «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos» ( Mc 13, 35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto, para que nuestra vida recupere su orientación correcta, hacia el rostro de Dios. El rostro no de un «señor», sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta. «Señor, tu eres nuestro padre; nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano» ( Is 64, 7).

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