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Una puerta siempre abierta

· ​Francisco habla del perdón de Dios y recuerda que la Iglesia no acepta limosnas sucias de sangre y recuerda a los numerosos refugiados que desembarcan en Europa y no saben dónde ir ·

«Dios deja siempre abierta la puerta a la esperanza»: en ese «siempre», añadido por el Papa de forma espontánea al texto preparado para la audiencia general del miércoles 2 de marzo, está todo el sentido del Jubileo extraordinario de la misericordia. En efecto, añadió, «Dios no nos trata según nuestras culpas» y «nunca reniega de nosotros», que «somos su pueblo». También porque «el más malo de los hombres, la más mala de las mujeres» son sus hijos.

Tema para la reflexión con los fieles en la plaza de San Pedro, el vínculo entre misericordia y corrección. Inspirándose en el pasaje bíblico tomado de Isaías (1, 16b-17.18b), Francisco habló de la misericordia de Dios recordando «la figura del padre de familia, que ama a sus hijos, se ocupa de ellos, los perdona»; pero también «los educa y los corrige cuando se equivocan». En definitiva, afirmó el Pontífice, «la misión educativa de los padres se orienta a hacer que crezcan en la libertad, que sean responsables, capaces de realizar» el bien.

Pero lamentablemente, constató, a menudo «la libertad se convierte en pretensión de autonomía, de orgullo», que conduce «a la ilusión de autosuficiencia». Sin embargo, «el sufrimiento, consecuencia inevitable de una decisión autodestructiva, debe hacer reflexionar al pecador para abrirlo a la conversión» y «el castigo se convierte en instrumento para provocar la reflexión». Al respecto, Francisco advirtió que «la salvación implica la decisión de escuchar y dejarse convertir». Y en ese sentido «el Señor, en su misericordia, indica un camino que no es el de los sacrificios rituales, sino más bien el de la justicia». Para aclarar el concepto, Francisco puso un ejemplo concreto: «Cuando uno está enfermo va al médico; cuando uno se siente pecador va al Señor. Pero si en lugar de ir al médico, va a ver a un brujo no se cura. Muchas veces no vamos al Señor, sino que preferimos ir por caminos equivocados, buscando fuera de Él una justificación». E hizo referencia a los «bienhechores que vienen con su limosna» para la Iglesia, a menudo «fruto de la sangre de mucha gente explotada, maltratada y esclavizada con el trabajo mal pagado». A ellos el Papa repitió que «la Iglesia no necesita dinero sucio» sino «corazones abiertos a la misericordia». Y concluyó recordando «a los numerosos refugiados que desembarcan en Europa y no saben dónde ir».

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21 de Agosto de 2018

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