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Una palabra por Nínive

Las últimas horas de Francisco en México, a poca distancia del confín con Estados Unidos, resumieron contenidos y significado de su duodécimo viaje internacional. “Soy hombre: duro poco y es enorme la noche. Pero miro hacia arriba: las estrellas escriben.
Sin entender comprendo: también soy escritura y en este mismo instante alguien me deletrea”. Estos bellísimos versos del poeta mexicano Octavio Paz le sirvieron a Bergoglio para saludar al gran país donde pasó cinco días muy densos, que concluyeron en Ciudad Juárez, una de las ciudades más violentas del mundo, con gestos elocuentes como el homenaje conmovido a las víctimas de las migraciones forzadas, plaga de nuestro tiempo.

Sin embargo, en la oscuridad de la noche el Papa entrevió muchas luces. Son las mujeres y los hombres que encontró durante estos días, verdaderos “profetas del mañana”, para los cuales imploró la protección de la Virgen de Guadalupe a fin de que sean misioneros, testigos de misericordia y reconciliación. Estas últimas palabras resonaron ante todo en una cárcel adonde Francisco fue a celebrar con los presos el Jubileo y asegurarles que es siempre posible “escribir una nueva historia”. Porque quien ha “experimentado el infierno” puede llegar a ser, rompiendo el círculo de la violencia y de la exclusión, un profeta en la sociedad donde impera una cultura que descarta a las personas.

De la posibilidad y de la urgencia de un futuro diverso Bergoglio habló también a trabajadores y empresarios. Con un enfoque que le es congenial: hoy no se puede permitir el lujo de eliminar las posibilidades de encuentro, debate, confrontación, búsqueda, porque el único modo de preparar el mañana es construir el “andamiaje necesario” para reanudar los vínculos sociales. Así, empresarios y trabajadores están unidos por la misma responsabilidad de crear trabajo, único camino para vencer la pobreza que es explotada por el narcotráfico y la violencia. Y, además, la enseñanza social de la Iglesia “no es en contra de nadie, sino a favor de todos”, porque “todos estamos en el mismo barco”, explicó Francisco con sencillez.

Último acto del viaje mexicano del Pontífice fue la gran misa en el confín con Estados Unidos. En uno de los lugares símbolo de esa “tragedia humana” representada por el fenómeno mundial de las migraciones forzadas, que causa miles de víctimas y debe medirse pensando en los nombres, en las historias, en las familias: “Hermanos y hermanas que salen expulsados por la pobreza y la violencia, por el narcotráfico y el crimen organizado”, subrayó una vez más el Papa.

La gloria de Dios es la vida del hombre, afirmó Ireneo en un pasaje tan querido para Pablo VI y que hoy repitió su sucesor comentando la historia de Jonás. Dios manda al profeta a Nínive, “una gran ciudad que se estaba autodestruyendo, fruto de la opresión y la degradación, de la violencia y de la injusticia”. Así, Jonás fue “a despertar a un pueblo ebrio de sí mismo” con la palabra de la misericordia, para afirmar que “siempre hay posibilidad de cambio”. Nínive se convirtió, como Francisco pidió de nuevo, implorando el don de las lágrimas y de la conversión.

g.m.v.

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20 de Septiembre de 2019

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