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​Una nueva esclavitud para las mujeres

· El útero de alquiler ·

En Italia se ha producido el debate sobre la disposición del juez de Trento que ha aceptado considerar a dos hombres como padres de dos gemelos, nacidos a través del recurso al vientre de alquiler. Pero el debate ha sido pesantemente distorsionado por el prevalecer de un punto de vista parcial: considerar esta decisión como inevitable, perfectamente en línea con el progreso humano, y como consecuencia juzgar cada actitud crítica como un signo de absurda resistencia a la modernidad.

Es una modalidad que imprime en cada entrevista, también en quienes son contrarios a esta decisión, una interpretación obligada. Sería efectivamente solo cuestión de tiempo para ver realizado también en Italia todo “sueño de paternidad” que incluye al vientre de alquiler y la aceptación de dos personas del mismo sexo como padres.

Impresiona a una mujer como yo, feminista, el hecho de que en un momento como este en el cual muchas energías y muchas voces están comprometidas con la denuncia, justamente, de la violencia sobre las mujeres, sin embargo sean tan pocas las mujeres que denuncian lo que está sucediendo contra ellas en el plano fundamental de la maternidad. Es decir, que la venta del cuerpo femenino – tradicionalmente limitado a las prestaciones sexuales o un tiempo, a la lactancia– se haya extendido al entero cuerpo de la mujer, a su interior, al útero, y a un tiempo largo, los nueve meses de un embarazo. Una nueva esclavitud que no puede ser juzgada diversamente sólo porque está pagada y es voluntaria. Las penosas condiciones legales impuestas a la mujer –como aceptar el aborto si así deciden los clientes, por ejemplo, o bien tener ya hijos para que se encariñe menos al niño que lleva en el vientre– no hacen sino revelar mayormente el carácter deshumano de la transacción. Así como la otra condición a la cual siempre, por “prudencia”, se recurre: no utilizar nunca el óvulo de la madre que alquila, sino comprarlo de otra mujer. Con el resultado de que la figura materna es definitivamente destrozada, hecha pedazos. Es lo que han hecho los dos padres, para asegurarse de que los hijos fuesen verdaderamente de su propiedad. Con el consenso de la ley canadiense.

¿Cómo es posible que no se vea un acto profundamente misógino en esta operación de tipo comercial, que quiere ser ennoblecida por un deseo que no puede ser considerado un derecho para nadie? Se trata precisamente de una consciente y querida distribución de la figura materna, llevada a término con persistencia, de manera que aquellos niños nunca tengan una madre. Todos saben que dos padres no sustituyen a una madre, así como dos madres no pueden sustituir a un padre.

Si la vida, de vez en cuando, impone a los seres humanos convivir desde sus orígenes con esta grave falta, se debe intentar poner remedio. Pero crear la falta voluntariamente –y encima protegida por la ley– solo para conceder el deseo de dos adultos es verdaderamente un acto cruel.

Y la cultura que nos circunda, que insiste en el interpretar esta situación anormal como un resultado del progreso que avanza, casi como si fuese animado por un espíritu propio, y entonces no controlable, está manchándose de graves culpas. Sin embargo se debe lanzar la alarma y en voz alta. Y son sobre todo las mujeres, las más perjudicadas por estas absurdas manipulaciones, las que deben luchar para defenderse así mismas y a sus niños.

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20 de Junio de 2019

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