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Una noble mujer inquieta

· Historia de Julia Gonzaga ·

En la historia del Renacimiento italiano, un período histórico en sí mismo de gran fascinación, se distinguieron algunas figuras de mujeres que, a lo largo de los siglos, contribuyeron a alimentar su mito. Una de ellas es ciertamente Julia Gonzaga (Gazzuolo, 1513 - Nápoles, 1566), mujer inteligente y bellísima, retratada por Sebastiano del Piombo y Tiziano. Un volumen de Susanna Peyronel Rambaldi (Una gentildonna irrequieta. Giulia Gonzaga fra reti familiari e relazioni eterodosse, Viella, 2012) repasa su vida, ofreciendo una lectura histórica de las numerosas leyendas que la acompañaron.

Sebastiano del Piombo, «Retrato de Julia Gonzaga»

Por ejemplo, la leyenda de su relación con Hipólito de Médicis, sobrino de Clemente VII, muerto en circunstancias oscuras precisamente en las tierras gobernadas por la condesa, o la del intento de secuestrarla llevado a cabo por Jairedin, más conocido como Barbarroja, quien, habiendo desembarcado en Gaeta en agosto de 1534, trató de llevársela a su patria para ofrecerla al sultán turco Solimán. Un destino que la joven logró evitar, huyendo de su morada durante la noche.

En las páginas del libro va tomando lentamente cuerpo una historia diferente de la acreditada por la historiografía tradicional, que había presentado a Julia como la discípula predilecta del teólogo español Juan de Valdés, teórico de la fe basada en la pureza evangélica, quien le había dedicado el Alphabeto christiano.

La historia de Julia Gonzaga se reconstruye ahora a partir de su contexto, dejando inicialmente como trasfondo la biografía personal de la protagonista. Así, su vida cobra forma en el panorama de una península desgarrada por las guerras de Italia y atormentada por rivalidades entre familias nobles, mientras su itinerario espiritual se define a través de la reconstrucción atenta de las redes intelectuales que apoyarán el crecimiento de un mundo en el que el disenso era mucho más amplio y ramificado de lo que se solía creer.

Pero Julia también estuvo en la encrucijada del «sistema» Gonzaga, una familia que, gracias a la ampliación de su soberanía a través de la repartición del Estado de Mantua y de sus feudos menores, representó un unicum en el cuadro político del Renacimiento italiano.

Su breve matrimonio con Vespasiano Colonna convirtió a Julia adolescente en una «mujer noble y propietaria de todo el Estado», siempre que no volviera a casarse, y en madrastra de una hija casi coetánea. Por tanto, gracias a su lúcida elección, su historia se transformó en la historia de una mujer de poder.

Una potestad ejercida según las formas permitidas entonces a las mujeres, o sea, basada en la proyección política de los linajes, en la gestión del patrimonio y el gobierno de los feudos, potestad bien representada en la pequeña y refinada corte renacentista donde la soberanía de las mujeres podía asumir rasgos semejantes a los de los hombres.

Desde el momento que desempeñaba un papel político vital dentro de su linaje, Julia Gonzaga fue mujer profundamente unida a su clase y, como tal, vivió también la experiencia del disenso religioso, suscitado por su amistad con Pedro Carnesecchi y Juan de Valdés, así como por su frecuentación del círculo de los espirituales. Su separación de la disciplina impuesta por la Reforma católica se debió más a una cuestión intelectual y espiritual que a una elección teológica y religiosa, y encontró acogida dentro de una comunidad de hombres y mujeres que procuraban elaborar un pensamiento independiente a través de la libertad, percibida como aspecto irrenunciable del ser humano.

Por Vittoria Fiorelli

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17 de Febrero de 2020

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