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​Una mujer estéril

· Sylvie Barnay habla de santa Cunegunda ·

Una pareja real del año mil: Cunegunda y Enrico II. Su encuentro se debió, quizá, al impulso del corazón y del amor. Pero antes que nada es el resultado de la estrategia matrimonial de los grandes linajes aristocráticos de Alemania. El joven, aunque está destinado a ocupar importantes cargos, no está predestinado a reinar. En efecto, es heredero de un ramo inferior e indócil de la casa de Sajonia. Su matrimonio con Cunegunda, hija de Sigfrido de Luxemburgo, miembro de la familia de Ardenne, celebrado entre los años 996 y 1000, no parece ser un matrimonio importante. Pero la muerte repentina del joven Otón III, en enero de 1002, cambia el destino de los esposos. En ausencia de herederos directos, la elección del nuevo soberano les corresponde a los príncipes del reino. Con el apoyo del episcopado, Enrico es elegido el 7 de junio de 1002 y consagrado. Es el jefe de la Iglesia –caput ecclesiae–, gobernador de las Iglesias de Dios –rector ecclesiarum Dei–, según la teología de la soberanía carolingia. Enrico es el jefe de la cristiandad, encargado de guiar al pueblo hacia la salvación. El 14 de enero de 1014, en Roma, el Papa lo corona emperador. A su lado, Cunegunda, consagrada reina el 10 de agosto de 1002 en Paderborn, es coronada emperatriz. Los dos supieron llevar una política eclesiástica decisiva, que testimonia la voluntad de acompañar a la Iglesia en su deseo de reforma y renovación.

Cunegunda, detalle de la tumba de Enrico II, de Tilman Riemenschneider (1460-1531), en la catedral de Bamberg

Según las fuentes medievales, los esposos se amaban, pero su unión era infecunda. Esta situación en la Edad Media implicaba el repudio de la mujer desventurada e infeliz. Enrico II no quiso repudiar a su esposa y casarse con otra mujer. Al no tener hijos, consideró solemnemente a Cristo su único heredero directo con ocasión de la erección de la diócesis de Bamberg, en el año 1007. En contraste con las actitudes más comunes, su comportamiento, desde todo punto de vista conforme a las prescripciones eclesiásticas, le valió la admiración del mundo cristiano. Enrico II murió en 1024, y Cunegunda, que ya se había retirado al monasterio femenino de Kaufungen, cerca de Kassel, en 1033.

La santificación de la pareja imperial fue obra de la Iglesia de Bamberg, para la cual en vida Enrico II había fundado iglesias colegiales y abadías. La creación de su imagen hagiográfica, destinada a convertirse en un modelo de vida para imitar, se realiza en el momento en que la Reforma –llamada gregoriana– rechaza la noción de monarquía sagrada y contesta la intervención real en los nombramientos episcopales y en la administración de los beneficios eclesiásticos. Por tanto, la cuestión era puramente política: tanto los promotores de su causa de canonización como sus adversarios se baten a golpes de chismes.

La leyenda negra, apadrinada, por ejemplo, por el cardenal Umberto de Silva Candida, no duda en acusar a Enrico II de robar los bienes de la Iglesia y ve en sus pecados el motivo de la esterilidad de la pareja imperial. La leyenda blanca, al contrario, defiende la legitimidad de la santificación del soberano: “Vivió no como un emperador, sino como un ser espiritual”. En el siglo XIX se definirá esa unión espiritual “matrimonio de san José”, retomando la tradición de la castidad de los esposos nacida a fines del siglo XI. Fueron los monjes de la abadía de Montecassino, ambiente proimperial, quienes dieron cuerpo al relato que retomarán en Bamberg para testimoniar la castidad de los esposos en el matrimonio, tal como lo documenta el cronista Frutolf de Michelsberg poco después del año 1100. El proceso de canonización ratifica la leyenda blanca recogida por la Vita sanctii Heinrici: “No tuvo ni esperó hijos según la carne, puesto que se sabe con absoluta certeza que no conoció jamás a Cunegunda, que era su esposa, pero a la que amó como una hermana”. Pronto un milagro dio prueba de ello, según el principio de las ordalías que regulaban la justicia en el siglo XI: acusada de adulterio, la reina Cunegunda soportó el suplicio de caminar sobre la reja incandescente de un arado, y superó la prueba sin quemarse. La Vita sanctae Cunegondis presenta la castidad como uno de los fundamentos principales de su elevación a la santidad. En el siglo XVII la erudición crítica transforma pronto la paradoja literaria, cuyo origen se encuentra en el texto bíblico de la zarza que arde sin consumirse, para indicar la santidad divina con un estupor que la separa de cualquier significado espiritual. En 1786 el filósofo y matemático Leibniz escribirá: “Me ha sorprendido notar estas palabras: ‘Para la salvación de la reina y de la estirpe real’, lo cual me ha parecido muy contrario a la opinión vulgar, que nos hace creer que conservó la virginidad con su mujer santa Cunegunda”.

Así, por último, la canonización del emperador Enrico II y de su mujer Cunegunda forma parte del cambio de mentalidad que aparece después de la reforma gregoriana. Seguramente era propio de un emperador del año mil perpetuar la estirpe. Más que la idea de un matrimonio no consumado, la hipótesis más verosímil es la de la esterilidad de Cunegunda. Pero Enrico II conmovió a sus contemporáneos por su increíble rechazo a repudiar a su esposa estéril y hacer de Cristo su único heredero. Así, daba vida a una actitud dinástica de respeto de las normas matrimoniales eclesiásticas. Mientras la teoría de la monarquía cristiana cambiaba radicalmente su naturaleza, en particular reduciendo la función del monarca a la de un servidor de la esfera espiritual –habiendo reconquistado la Sede romana su independencia después del año 1050–, el modelo matrimonial de Enrico II y de su mujer favorecerá la terminación de su causa.

Ante una monarquía laica a la que los clérigos gregorianos acusaban de vivir en el pecado, él se convirtió, al contrario, en un modelo de rey virtuoso capaz de seguir proclamando una forma de santidad más fuerte que cualquier teoría.

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Profesora en la Universidad de Lorena (Francia), Sylvie Barnay es autora de diversas monografías, entre las que se pueden citar: Le Ciel sur la Terre. Les apparitions de la Vierge au Moyen Âge (Cerf, 1999), La Vierge, femme au visage divin (Gallimard, 2000), Les saints, des êtres de chair et de ciel (Gallimard, 2004), y La parole habitée. Les grandes voix du prophétisme (Points Sagesse, 2012). Para nosotras escribió Santa Juana de Arco (mayo de 2012).

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