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Una constelación de santos

Son siete, mujeres y hombres, los cristianos proclamados santos por el Papa durante una gran celebración que se llevó a cabo en la anteiglesia de la basílica vaticana. Bajo el sol de octubre, con más de la mitad del colegio de cardenales y con doscientos obispos de todas las partes del mundo, eran decenas de miles los fieles presentes, venidos incluso desde lejos, como los de El Salvador y de Bolivia, muy numerosos y festivos, de Campania y de Lombardía.

Una imagen visible de la variedad y de la universalidad de la Iglesia, precisamente como la que ofrece la constelación de los nuevos santos. Que son un joven obrero víctima del trabajo y de la crueldad de los hombres, dos mujeres de valor, dos sacerdotes cercanos al pueblo, un arzobispo mártir y un papa: Nunzio Sulprizio, Nazaria Ignacia March Mesa, Katharina Kasper, Vincenzo Romano, Francesco Spinelli, Óscar Arnulfo Romero Galdámez, Pablo vi. Canonizaciones que subrayaron así un dato esencial en la tradición cristiana, es decir, que la santidad es para todos. Como el Pontífice explicó comentando el pasaje evangélico sobre el joven rico, porque «Jesús cambia la perspectiva: de los preceptos observados para obtener recompensas al amor gratuito y total», mientras que «el problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado, ahoga, ahoga nuestro corazón y nos hace incapaces de amar». Por eso, es necesario pedir «la gracia de saber dejar por amor del Señor: dejar riquezas, dejar nostalgias de puestos y poder, dejar estructuras que ya no son adecuadas para el anuncio del Evangelio, los lastres que entorpecen la misión, los lazos que nos atan al mundo», insistió Francisco. El ejemplo de los cristianos ahora canonizados muestra que se trata de una elección valiente pero posible. Y «es hermoso» que junto a Pablo vi «y los demás santos y santas de hoy, se encuentre Monseñor Romero, quien dejó la seguridad del mundo, incluso su propia incolumidad, para entregar su vida según el Evangelio, cercano a los pobres y a su gente, con el corazón magnetizado por Jesús y sus hermanos», dijo el Papa que improvisó algunas palabras sobre «el gran muchacho abrucense-napolitano, Nuncio Sulprizio: el joven santo, valiente, humilde, que supo encontrar a Jesús en el sufrimiento, el silencio y en la entrega de sí mismo». Sin esta elección de valor «nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman», repitió el Pontífice, que en pocas palabras sintetizó después el ejemplo de su predecesor Montini. Inspirándose en san Pablo, «al igual que él, gastó su vida por el Evangelio de Cristo, atravesando nuevas fronteras y convirtiéndose en su testigo con el anuncio y el diálogo, profeta de una Iglesia extrovertida que mira a los lejanos y cuida de los pobres.

Pablo vi, aun en medio de dificultades e incomprensiones, testimonió de una manera apasionada la belleza y la alegría de seguir totalmente a Jesús. También hoy nos exhorta, junto con el Concilio del que fue sabio timonel, a vivir nuestra vocación común: la vocación universal a la santidad. No a medias, sino a la santidad».

g.m.v.

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19 de Noviembre de 2018

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