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Un terreno muy ocupado solo por algunos

· El papel de hombres y mujeres en la Iglesia de hoy ·

Para una biblista como yo, decir y hacer son cosas inseparables. En el relato bíblico, Dios es el primero que no se permite decir sin hacer: “Dios dijo: ‘Haya luz’, y hubo luz” (Génesis 1, 3). Sin embargo, nosotros, lectoras y lectores, a veces un poco distraídos, en nuestra vida de hombres y mujeres reconocemos que la Palabra –que es luz– se hizo carne, y esto es precisamente un “hacer” que no excluye nada de lo que llamamos ser humano.

Como otros, yo también soy una apasionada lectora de la Biblia. Esta lectura me ha convencido de que, hablando solamente del ser humano, la Biblia también puede hablarme de Dios. Dicha convicción ha armonizado mi experiencia de vida de mujer, de esposa y de madre, iluminada por las ciencias humanas, con una lectura siempre renovada de los textos bíblicos. Todo esto siguiendo la estela dejada por ese lector eminente que fue el jesuita Paul Beauchamp.

Bernardo Carvalho, “Andirivieni” (2013)

Paisana y coetánea de Elisabeth Schüssler-Fiorenza, tomé de ella la idea de la Iglesia como “comunidad de discípulos iguales”, basándome al mismo tiempo en la tradición de Mateo, a quien el Papa Francisco recordó en su mensaje con ocasión de la celebración de la Jornada mundial de la paz del 1 de enero de 2014: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ‘Rabbí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo” (Mateo 23, 8-9).

Observamos aquí las dos formas diferentes del verbo “llamar”, en pasivo y en activo. Me parece cada vez más evidente que solo el abandono de cualquier jerarquización puede llevar a la fraternidad querida por nuestro Maestro. También pienso que el feminismo ha contribuido a la realización de esta fraternidad, indicando un obstáculo inevitable a lo largo del camino: el sexismo, que vive del miedo de aceptar la diferencia sexual y los constantes interrogantes que ella plantea. Pues bien, este miedo ha llegado a ser casi independiente, hasta tal punto que condiciona la más pequeña separación de los esquemas de poder establecidos sólidamente. Pero digámoslo claramente: ser mujer ni siquiera protege del deseo de ver a otros más abajo en la escala.

Considerando lo que está haciendo nuestro Papa, no tengo dudas de que el decir y el hacer se acercarán lo más posible durante su pontificado. Y para ello me baso en el testimonio de su exhortación apostólica Evangelii gaudium (n. 11), en la que explica este desafío: “[Cristo], en su venida, ha traído consigo toda novedad. Él siempre puede, con su novedad, renovar nuestra vida y nuestra comunidad y, aunque atraviese épocas oscuras y debilidades eclesiales, la propuesta cristiana nunca envejece. Jesucristo también puede romper los esquemas aburridos en los cuales pretendemos encerrarlo y nos sorprende con su constante creatividad divina. Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual. En realidad, toda auténtica acción evangelizadora es siempre ‘nueva’”.

Desde que era joven me une una profunda amistad con una señora italiana, Luisa Muraro, que dedicó su vida de filósofa a reflexionar sobre la diferencia sexual, acompañando la lucha de las mujeres por llegar a ser libremente lo que son. Me enseñó que no hay que dar nada por descontado en nuestra toma de conciencia, porque somos mujeres prisioneras de representaciones del mundo y de la fe que, en la medida en que falsean el “dos” humano, están radicalmente en desacuerdo con el proyecto de Dios, el único “Uno”. Mucho más que las mujeres camerunesas, cuya vida compartí durante algunos años, nosotras, las mujeres europeas, tenemos necesidad de una verdadera revolución cultural para extirpar la zarza del terreno, a fin de apoyar el pie sin pisar el de los demás. En la Iglesia, como en la sociedad, esta revolución cultural exige de los hombres y de las mujeres un humilde reconocimiento del terreno, muy ocupado por aquellos o dejado libre por estas. Durante años fui miembro de una comunidad de base. El sacerdote debía pedirles a las mujeres que tomaran la palabra, porque a menudo no estaban convencidas de ser portadoras de una palabra libre y atendible. Ahora todas nosotras sabemos que la sociedad ha cambiado en este campo, más allá del recurso a las cuotas en la representación política y social. Pero justamente la Iglesia con su “hacer”, cuya referencia es Cristo, Palabra y Luz, debería preceder e iluminar este camino tan arduo hacia la fraternidad. Como mujer y como biblista, espero que el Espíritu Santo inspire un día en la Iglesia el deseo de escuchar y debatir sobre el tema de la vida y del lugar de las mujeres en su seno. En todos los tiempos, las inspiraciones del Espíritu encontraron dudas en la Iglesia. Muchas mujeres (y también muchos hombres) sienten gran desconfianza por una comunidad de fe –la suya– que nos las escucha. Pero sigo estando convencida de que la puesta en juego no consiste en la reivindicación, sino que más bien depende de cómo la fraternidad bautismal relanza el desafío aún más lejos, o sea, la ruptura con todas las formas de dominación y de privilegio, instituidas en nombre de las diferencias, ya sean religiosas, sociales o sexuales (cf. Gálatas 3, 26-28).

Mientras los hombres y las mujeres sigan considerando más la condición clerical que el servicio fraterno, la Iglesia correrá el riesgo de no realizar la conversión de todo el pueblo de Dios en consideración de su responsabilidad pastoral. Son muy raros los hombres ordenados que hacen a la Iglesia este llamamiento, y mucho más raras aún son las mujeres que aceptan los signos de la cercanía de Dios de parte de otra mujer. Un paso en la dirección justa sería comunicarles la cualidad de discípulos iguales en el servicio de la Palabra. Una revolución cultural (y cultual) requiere tiempo, y es preciso comenzar a concedérselo. Desde hace mucho tiempo algo es seguro: el rechazo de avanzar en la dirección de un pueblo fraterno no puede fundarse en razones teológicas.

Por Dorothée Bauschke

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17 de Febrero de 2020

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