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​Un líder inesperado

Más allá de un planteo apocalíptico, hay dos maneras de caracterizar lo connotado por la idea del fin del mundo. Una subraya la propensión a la conducta aislacionista. La otra concibe el fin del mundo como proveniencia, como referencia de origen; como margen o periferia desde el que se tiende hacia el centro, que busca alcanzar el centro, y sobre el que se trata de atraer la atención del centro.

Hoy la periferia, encarnada en la figura de Francisco, toma la palabra, convoca al mundo. Con Francisco, el mundo quiere hablar desde su periferia. Haberlo elegido Papa también implica disposición a oír a esa periferia, disposición a recurrir a ella, a hacerle lugar, a desplazarla hacia el centro.

Ahora bien, esa periferia no solo remite a un límite geográfico. No connota solo y ante todo latitud planetaria extrema, borde. Implica, principalmente, presencia de los problemas postergados, renegados, marginados. Reacción contra el silencio que envuelve habitualmente a la periferia, voz de lo marginal que se hace oír. Francisco se muestra decidido a devolver la palabra a lo acallado, a lo relegado, a lo excluido. A todo lo que para él connotan los términos “pobre”, “pobreza”, “empobrecido”. De modo que, con Francisco, se subraya otra acepción del fin del mundo. El fin del mundo pasa a significar ahora aquello que llega al centro para hacerse escuchar y aun para replantear la idea de centralidad.

La de Francisco es, entonces, una palabra que viene a proponer una tarea: trasladar al centro, la periferia. La vieja cruz de hierro al lugar de la cruz de oro. Los viejos zapatos al lugar del calzado papal. La humildad del compromiso con la pobreza al núcleo de la práctica sacerdotal. La austera sencillez de la fraternidad con el carenciado a la médula de la vocación religiosa. Hay más: la Argentina pasa, de esta manera y a través del nuevo Papa, a cumplir un papel inesperado en la reconsideración crítica del porvenir de Occidente. En la promoción de cambios indispensables, tanto en la Iglesia como fuera de ella.

Francisco aspira a que nuestra civilización se interrogue sobre su futuro, sobre aquello que oscurece ese futuro, tanto como sobre aquello que podría devolverle consistencia y claridad. ¿Está llamado Occidente a dejar de ser, para siempre, vanguardia espiritual en el mundo? ¿Pueden sus contradicciones actuales provocar una disolución irreparable de su significado cultural? ¿El eficientismo ha devorado en Occidente definitivamente a la ética? ¿Podrán sus valores decisivos y básicos ir más allá de lo financiero, del consumismo desenfrenado, del auge del armamentismo? ¿Hasta qué punto podrá la Iglesia independizar su suerte de la que le toca correr al mundo secular? ¿Se recuperará la Iglesia y, con ello, alentará el renacimiento espiritual de nuestra civilización?

Argentina encuentra, desde ya, estímulo y orientación en la voz de Francisco. En el caso de nuestro país, el alcance de esa voz no solo es decodificado en clave pastoral. Lo es también en clave política.

Francisco es escuchado por nuestra gente como aquel que, diga lo que diga, le habla siempre al país. Al país necesitado de rectitud; al país disconforme con el curso perverso de la administración pública. Al país que aspira a afianzar la organización republicana como base de todos los cambios indispensables que cabe realizar en pos del desarrollo y la justicia social.

Se lo proponga o no, ese es el alcance de la palabra de Francisco en el presente argentino.

¿Cómo olvidar que Francisco es Jorge Bergoglio? Acaso porque, en última instancia, la política es el escenario donde la espiritualidad pone a prueba su consistencia cívica.

El catolicismo americano tiene ahora la palabra. La tiene porque se ha hecho oír ya como valedera en el corazón de la Iglesia católica en tiempos previos a los actuales. Hay confianza, en lo más íntimo de ese corazón, en lo que América pueda aportar, mediante categorías renovadoras, planteos originales y un ahondamiento crítico y autocrítico, a la resolución de los males que vulneran el catolicismo del presente.

Se espera de Francisco, el Papa americano, la sana complementación entre tradición y vanguardia. Se la espera como algo indispensable. La Iglesia puede contribuir de manera decisiva, mediante los cambios que ella debe afrontar y que promueva, a que sepamos si Occidente tiene aún porvenir o solo tiene pasado. Dijo el cardenal Carlo María Martini, en días todavía recientes: “Nuestra Iglesia tiene doscientos años de atraso, nuestra cultura envejeció, nuestros conventos están vacíos, nuestro aparato burocrático crece”. Francisco no le sacará el cuerpo a este diagnóstico. Intentará reintroducir el aliento de la vida donde ese aliento languidece. Conoce las causas del mal. Conoce el empeño en la búsqueda del bien. Buscará devolverle actualidad, transparencia y firmeza a la Iglesia. Con ello estará dándole a Occidente la posibilidad de volver a encontrar, en el catolicismo, que es uno de los fundamentos de su civilización, una fuente revitalizada de energía.

Vale la pena, por último, recordar que en el centro de los desvelos de quien hoy es Francisco, palpitan desde hace años los interrogantes en torno a la globalización, la bioética, los desafíos ecológicos, la educación y la justicia social. No menos cabe decir de su inquietud frente al papel de la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el problema de las vocaciones religiosas, el debate en torno al matrimonio sacerdotal. Muy suya es, asimismo, la reflexión constante sobre el vínculo apasionante e intenso entre fe y conocimiento, entre ética y política. En suma: el Papa Francisco es, sin duda, un líder inesperado. Tan inesperado como imprescindible en un mundo acosado por la incredulidad.

Santiago Kovadloff, Filósofo, ensayista y poeta

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