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Un futuro posible

Una fuerte iniciativa de fe y de paz en el centro de un viaje sorprendente y valiente, siguiendo los pasos inolvidables de la peregrinación fundadora de Pablo VI, hace medio siglo. He aquí en pocas palabras el itinerario de Francisco en Tierra Santa, acontecimiento de primera importancia que está suscitando muchísimos comentarios incluso antes de su conclusión. Como lo había previsto el Papa mismo, será necesario reflexionar mucho acerca de estos días, llenos de compromisos pero esenciales, en que religión y política se entrelazaron, como, por lo demás, era previsible.

No se trató de un entrecruzarse indebido, como a menudo se ha verificado en la historia sino, precisamente al contrario, de un encuentro entre las dos dimensiones que parece abrirse a desarrollos imprevisibles. Sobre la base de la exigencia de purificar la religión de toda instrumentalización, sobre todo del uso de la violencia que se remite a la fe pero que en realidad ofende el nombre de Dios, y luego de las tentaciones fundamentalistas presentes, con efectos devastadores en las minorías, en regiones donde la libertad religiosa —derecho humano fundamental— es pisoteada o limitada.

Los temas de la violencia, sobre todo la que se pretende en nombre de Dios, y de la libertad religiosa fueron evocados desde los encuentros en Jordania, hasta los de Belén y Jerusalén, cada uno cargado de símbolos antiguos y vivos. Con la preocupación, por parte del obispo de Roma, sobre todo, de mirar al futuro. «La violencia se vence con la paz» recomendó con claridad a los jóvenes palestinos víctimas de situaciones insoportables, pidiéndoles que no permanezcan prisioneros del pasado sino que construyan un futuro distinto con valentía y con dignidad.

La impresión es que verdaderamente se haya comprendido la preocupación de Francisco, que elogió con las mismas palabras el compromiso personal del rey Abdalá II y de los presidentes Mahmud Abbas y Shimon Peres. Y una primera comprometedora confirmación surge del próximo encuentro de oración en el Vaticano, en la casa del Papa, entre los presidentes de dos pueblos —el palestino y el israelí— que deben encontrar una vía de paz. En esto las religiones deben inspirar la política, como repitieron con acentos diversos el rey, Mahmud Abbas y Peres, que reconocieron al Pontífice como un auténtico «constructor de puentes» entre hombres y religiones, una autoridad que puede transformar la realidad.

Así el Papa —durante el importante encuentro con el presidente israelí, a quien definió «hombre sabio y bueno»— habló de la necesidad de una paciencia creativa que sepa superar los conflictos, sangrientos y preocupantes, en Tierra Santa y en otras regiones del mundo. Por ello, para rechazar toda violencia y mostrar visible cercanía a quien sufre, Francisco rezó ante el muro de Belén, recordando en Israel a las víctimas del terrorismo y rindiendo un conmovedor homenaje a esa indescriptible tragedia de la Shoah. Y ante el Muro occidental dejó el Padrenuestro, que con el patriarca Bartolomé había recitado ante el Santo Sepulcro, auténtico corazón de este viaje en busca de la paz.

g.m.v.

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15 de Septiembre de 2019

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