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Un buen abogado

· Misa del Papa en Santa Marta ·

 Tenemos de nuestra parte el mejor abogado defensor, que «no habla mucho pero ama» y que «precisamente en este momento» está intercediendo por cada uno de nosotros mostrando «al Padre sus llagas» para recordarle «el precio pagado para salvarnos». Precisamente en la certeza de que «Jesús intercede por nosotros» el Papa Francisco centró la homilía de la misa que celebró el martes 3 de junio en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Te ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por estos que tú me diste, porque son tuyos», son las palabras de Jesús al Padre en su «discurso de despedida», tal como lo presenta el Evangelio de Juan (17, 1-11). Pero la liturgia, destacó el Pontífice, nos presenta en la primera lectura también otro «discurso de despedida»: desde Mileto san Pablo manda llamar a Éfeso a los ancianos de la Iglesia para despedirse, según lo relatado por los Hechos de los apóstoles (20, 17-27).

San Pablo les dice que no conoce su destino: «No sé lo que me pasará allí —afirma— salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones». El relato continúa con la noticia de que «todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban; lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave» (Hch 20, 22-23.37-38). Pablo los alentó a seguir adelante, a predicar el Evangelio, a no cansarse.

También el de Jesús —destacó el Papa— es «un discurso de despedida, antes de ir a Getsemaní y comenzar la pasión». Y «los discípulos estaban tristes» por esto. Pero «hay una pequeña frase de la despedida de Jesús que hace pensar», explicó. Jesús, en efecto «habla con el Padre, en este discurso, y dice: “Te ruego por ellos”». Por lo tanto, «Jesús ruega por nosotros». Un hecho que podría parecer «un poco extraño», porque «nosotros pensamos que es justo rezar a Jesús y Jesús nos da la gracia. Pero Jesús reza por nosotros. Jesús que ora, Jesús el hombre-Dios que reza. Y reza por nosotros: ruega por mí, ruega por ti y por cada uno de nosotros».

En realidad, continuó el obispo de Roma, Jesús ya «lo había dicho claramente a Pedro», asegurándole que rezaba «para que tu fe no decaiga». Además, recordó, Jesús «ruega por Lázaro ante la tumba». Y en este «mismo discurso de despedida ruega por todos los discípulos que vendrán y que creerán» en Él. «No ruega por el mundo, sino que ruega por ellos», diciendo al Padre que su oración es «por estos que tú me diste, porque son tuyos». Así, Jesús nos recuerda que «todos nosotros somos del Padre y Él ruega por nosotros ante el Padre».

Al respecto, san Pablo, explicó el Papa, «en el capítulo octavo de la Carta a los romanos nos dice que es una oración de intercesión». De este modo, «hoy, mientras nosotros rezamos aquí, Jesús ruega por nosotros, ruega por su Iglesia». Y «el apóstol Juan» nos tranquiliza diciendo que, cuando pecamos, sabemos que «tenemos un abogado ante el Padre: alguien que ruega por nosotros, nos defiende ante el Padre, nos justifica».

Es importante, subrayó el Pontífice, «pensar mucho en esta verdad, en esta realidad: en este momento Jesús está orando por mí. Yo puedo seguir adelante en la vida porque tengo un abogado que me defiende. Si soy culpable, si tengo muchos pecados», Jesús «es un buen abogado defensor y hablará al Padre de mí». Y precisamente «para destacar que Él es el primer abogado, nos dice: Os enviaré otro paráclito, otro abogado. Pero Él es el primero. Y ruega por mí, en la oración de intercesión que hoy después de la Ascensión al cielo Jesús hace por cada uno de nosotros». Del mismo modo como «cuando nosotros en la parroquia, en casa, en la familia tenemos algunas necesidades, algunos problemas, decimos “reza por mí”, lo mismo debemos decir a Jesús: “Señor Jesús, ruega por mí”».

¿Y cómo ruega hoy Jesús? «Yo creo que no habla demasiado con el Padre: ama», respondió el Pontífice. Y añadió: «Pero hay una cosa que Jesús hace hoy, estoy seguro que lo hace: muestra al Padre sus llagas. Y Jesús con sus llagas ruega por nosotros. Como si dijese: “Padre, este es el precio. Ayúdales, protégelos, son tus hijos a quienes yo he salvado”».

De lo contrario, advirtió el Papa Francisco, «no se comprende por qué Jesús después de la resurrección tuvo este cuerpo glorioso, hermosísimo: no estaban las señales de los golpes, no estaban las heridas de la flagelación, todo hermoso, pero estaban las cinco llagas». Y «Jesús quiso llevarlas al cielo para rogar por nosotros, para mostrarle al Padre el precio», como si dijese: «Este es el precio, ahora no los dejes solos, ayúdales».

«Nosotros —continuó— debemos tener esta fe de que Jesús, en este momento, intercede ante el Padre por nosotros, por cada uno de nosotros. Y al rezar pidamos: Jesús ayúdame, Jesús dame fuerza, resuelve este problema, perdóname». Rezar así, precisó, «está bien», pero al mismo tiempo no hay que olvidar decir también: «Jesús ruega por mí, muestra al Padre tus llagas que son también las mías; son las llagas de mi pecado, son las llagas de mi problema en este momento». Así Jesús es el «intercesor que sólo muestra al Padre las llagas: esto sucede hoy, en este momento».

El Pontífice concluyó proponiendo de nuevo las palabras de Jesús a Pedro, su oración «para que su fe no decaiga». Con la seguridad de que Él está rogando del mismo modo por «cada uno de nosotros: “Yo ruego por ti hermano, hermana, ruego por ti, para que tu fe no decaiga”». Por ello debemos tener «confianza en esta oración de Jesús, con sus llagas, ante el Padre».

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22 de Septiembre de 2019

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