Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

​Un bellísimo azar

La celebración del Sínodo sobre la familia es una oportunidad extraordinaria para profundizar la recepción de la revelación y enriquecer la transmisión de la doctrina. Pero no podremos hacerlo con el cuidado que se nos exige, si no formulamos una pregunta fundamental: nuestra comprensión de las transformaciones culturales que sucedieron en el campo de la cultura de la sexualidad y de la familia, ¿realmente está a la altura del discernimiento requerido por la sabiduría cristiana que la Iglesia puede y debe ofrecer? Muchos creyentes se quejan porque no se sienten comprendidos en las palabras y en el tono de la predicación cristiana. Muchos se quejan por un defecto de comprensión y, prácticamente, por una falta de amor por la condición humana común. La imagen evangélica de la enseñanza y de la acción del Señor, que conocieron incluso a través de la Iglesia, aparece oscurecida. Esta percepción de lejanía debe analizarse seriamente, con la inteligencia y el afecto del buen pastor, capaz de escuchar y comprender, para hacerse escuchar y seguir la indicación evangélica. Es necesario encontrar palabras y acciones que lleven la verdad del evangelio a la condición humana de este tiempo. Palabras y acciones que estén a la altura de las formas efectivas de la vida y de la experiencia, que impulsan a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo a hacer sus elecciones en el ámbito de los afectos, de los vínculos y de la familia. En efecto, esta separación tiene algo de paradójico. Está claro que la experiencia humana más común no es ajena a la realidad vivida y compartida por la Iglesia. Es más, podríamos decir que hoy su cercanía a la condición familiar de los afectos y de los vínculos es casi única entre las instituciones de referencia para las comunidades humanas. Por otra parte, se trata de una verdad reconocida, que se percibe aún más en este momento de crisis. Pero está claro que el lenguaje eclesiástico corriente parece todavía muy esquemático y, de todos modos, insuficiente para dar el sentido de su relación con la realidad. En otras palabras, en el plano de los fundamentos de la vida común, la Iglesia hace más y mejor de lo que sus mismas palabras y fórmulas logran comunicar actualmente. También tengamos en cuenta la deformación de los media y los prejuicios de la opinión secularizada, que no contribuyen a la transparencia de la recepción. Sin embargo, la necesidad de desarrollar una comprensión más amplia de la palabra de Dios sobre la vida del hombre no admite discusión. Y tenemos el deber de no sentirnos satisfechos con la repetición perezosa de fórmulas teológicas convencionales y abstractas, que después estimulan la decisión de soluciones pastorales improvisadas y arbitrarias. La elaboración de la doctrina y de la praxis debe llevarse a cabo según su límpida armonización. El kairós actual favorece la solución de esta separación, ya que existe la convicción de que en la Iglesia no faltan ni la sabiduría ni la generosidad necesarias para un nuevo impulso de evangelización y de acción pastoral. Las palabras del Señor son claras y nos sostienen: “Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo” (Mateo 13, 52).

Ben Crowder, “Family Art” (2012)

La urgencia es, pues, objetiva, no ideológica. Respecto a las épocas anteriores, el hecho nuevo es que la familia ya no se desarrolla, la cultura del mundo no la favorece. Al mismo tiempo, es evidente que el orden de la condición familiar parece ser el punto crucial de la organización futura de la misma sociedad humana. Evitando repetir los elementos fundamentales de la doctrina cristiana sobre el sacramento del matrimonio, solo expondré algunos puntos de elaboración de su originalidad antropológica estrechamente relacionados con la forma cristiana. Es obvio que después habrá que profundizar y explicitar todas las implicaciones necesarias, de hecho muy descuidadas, de esta relación –absolutamente tradicional en la doctrina– entre el aspecto humano del vínculo y el aspecto cristiano del sacramento. Cierta separación de los registros en los que la Iglesia misma ha realizado el discernimiento y la puntualización (teología, derecho canónico, pastoral) exige hoy, como mínimo, una aclaración y una reconstitución orgánicas. En cuanto destinatario y heredero de la alianza humana de Dios, el vínculo conyugal y generativo del hombre y de la mujer confirma su rigor y recupera su pureza gracias a las palabras explícitas del Señor: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6 y paralelos). En la transmisión de estas palabras a los discípulos, el vínculo de la alianza conyugal-generativa se integra, por esta misma razón, en la economía evangélico-cristológica definitiva de la alianza humana del hombre y la mujer con Dios. La explicitación realizada de esta fuerza de purificación y rescate aparece en la célebre fórmula de la carta a los Efesios (5, 32), que pone de relieve la importancia de este misterio de la criatura, hombre y mujer, “respecto a Cristo y a la Iglesia”. La tradición apostólica reconoció plenamente el alcance antiagnóstico –antropológico y teológico– de esta declaración, que abre el camino a su interpretación y actuación como verdadero sacramento eclesial de la gracia, y no como mera promesa natural o símbolo exterior de la nueva alianza. Este vínculo, pues, es sagrado desde el origen humano: es lo que Jesús reafirma con autoridad. Además, la doctrina de la creación es capaz de ilustrar, con toda la precisión y la amplitud requeridas, que la pareja humana del hombre y la mujer es el principio de todo humanismo de la historia y de toda humanización del mundo. Por ende, su reconocimiento y su protección, en cada pueblo y tribu, en cada nación y religión, es un deber sacrosanto. En esta alianza primordial (y fundamental), la fe cristiana debe sentirse comprometida en la rehabilitación inteligente de su humanismo y de su bendición. No es aún el sacramento del testimonio eclesial de la fe, pero es ciertamente un testimonio esencial del bien que en dicho sacramento se custodia. La historia del mundo, y la historia de su salvación, recorren esta alianza de Dios con el hombre y la mujer. Cuando esta alianza está activa y es fecunda, el humanismo crece y la promesa custodiada por la fe se sostiene y se honra; cuando se rompe, el humanismo se detiene y la promesa de la fe se daña. La entrega del amor humano del hombre y la mujer a la fe del Hijo redentor, en el Espíritu del ágape de Dios que renueva todas las cosas, testimonia el carácter irrevocable de la alianza humana. Y la hace capaz para irradiar la evidencia concreta de la gracia que nos salva, aun cuando nos descubrimos débiles y vulnerables, pecadores e incapaces, arrollados por nuestras debilidades y traicionados por nuestra misma infidelidad. La doctrina revelada de la creación no es, pues, una mera deducción racional que se refiere a la naturaleza humana, tal como la conciben las ciencias biológicas o la abstracción filosófica, en el marco de una separación prevenida de la verdad de la creación de la economía de la gracia (defecto que, por lo demás, ni siquiera la teología ha podido evitar siempre). A la luz de esto, una teología más profunda del matrimonio debería reconocer más claramente que la unión conyugal-generativa del hombre y la mujer entra de todos modos en la esfera de la bendición originaria de Dios. En otras palabras, esta bendición de la criatura no es en sí misma extraña, y mucho menos alternativa, respecto a la gracia de su radical redención cristológica y de su acabada integración eclesial. La seriedad de esta aproximación objetiva al sacramento debería reconocerse con mayor coherencia. Pero, al mismo tiempo, no debería inscribirse, ni siquiera abstractamente, en una especie de automatismo jurídico del sacramento. La alianza humana del hombre y la mujer, en la seriedad de su compromiso generativo y familiar, no tiene motivo de ser despreciada y rechazada desde el punto de vista cristiano, incluso allí donde siga estando de modo subjetivo y/o coyuntural en una condición de separación temporal, o en un estado de aproximación virtual respecto a la celebración cristiana del sacramento. Esta es la perspectiva de la relación final del Sínodo extraordinario sobre la familia. Se podría decir que Dios no hace “excepción” de familia: el Espíritu recoge los gemidos de la criatura, y la Iglesia debe ser generosa al confirmar la gracia recibida y la salvación destinada, aun anunciando la llamada a la fe, que debe dirigirla a su cumplimiento en la gratitud y en el testimonio de fe. Debería apreciarse la garantía institucional de una seria forma civil, o de una experimentada forma consuetudinaria, como objetivamente convergente en la bondad del sacramento primordial entregado con la creación (y también confirmado en la condición de la Caída). Además, hoy, en el momento en el que la pareja hombre-mujer plantea una verdadera cuestión antropológica, parece presentarse una oportunidad específica para reconocer y apoyar de todos modos la bondad de la forma conyugal-familiar del hombre y la mujer, siempre que esté orientada según el mandamiento de Dios. En el momento en que el hombre y la mujer quieran redescubrir su fe personal y estén preparados para hacerlo, la Iglesia tiene naturalmente la facultad y la obligación de valorar sus condiciones y apoyar su realización. No cabe duda de que una mayor transparencia en esta articulación entre alianza humana y sacramento eclesial podría superar muchos prejuicios y muchos obstáculos que obscurecen el llamamiento a la calidad de la fe cristiana, que exhorta al cumplimiento pleno y al testimonio generoso del sacramento eclesial. Hay que comprender que la decisión personal y de pareja, sobre el grado de implicación testimonial-eclesial en la fe cristiana, es un tema más profundo y más amplio que no puede resolverse con pocos encuentros prematrimoniales, quizá repletos de instrucciones sobre la regulación de los nacimientos y de comentarios poéticos sobre el Cantar de los Cantares. Por eso, tratemos de ensanchar el horizonte, y demos algún ejemplo. “Su linaje (de la mujer) te pisará la cabeza” (Génesis 3, 15). Pero pensemos qué belleza y qué fuerza podría adquirir, mientras tanto, una palabra cristiana de fe que relanzara el nexo entre la alianza humana de Dios y el misterio del linaje, de la mujer, de la generación, de la transmisión de lo humano y del sentido de lo divino, que están inscritos en la experiencia universal de ser hijo. Este tema fue muy explorado en la herencia del pecado, pero totalmente descuidado en la herencia de la salvación. Comenzando precisamente por ese “nacido de mujer”, reducido al nacimiento “en el pecado”, en lugar de anunciarlo como el modo como Dios decidió “dar vida” humana al Hijo, que vence el mal para “todo hombre que viene a este mundo”. Si tuviéramos que desarrollar estas implicaciones, deberíamos empezar justamente desde aquí: desde la revelación del maltratado capítulo 3 del Génesis. La gracia y la salvación pasan por allí, por el seno de la mujer. ¿Tenemos una teología y una antropología de la gracia que esté a la altura de esta revelación? Si la tuviéramos, tendríamos a disposición un grande y bellísimo capítulo de teología del matrimonio, en el que el nexo entre la salvación y el nacimiento de la mujer sería esencial. Pero, llegados a este punto, no solo sería una teología del matrimonio, sino también una cristología y una eclesiología, en la que el seno de la mujer –para empezar– sería un lugar teológico.

Y, una vez más, “lo que Dios unió, no lo separe el hombre”. Las palabras del Señor se refieren directamente al vínculo del hombre y la mujer, en el contexto de una discusión sobre la interpretación de la costumbre del repudio. Sin embargo, sobre todo si se tiene en cuenta el contexto de la revelación genesíaca evocada por Jesús (“desde el comienzo”), no parece en absoluto inapropiado extender y profundizar la conveniencia de estas palabras respecto a toda la trama de las relaciones implicadas en el acto creador de Dios. No solo no hay que separar hombre y mujer; tampoco hay que separar diferencia sexual y socialización humana, unión familiar y trabajo de la vida, gobierno del mundo y custodia de la creación. Dios concibió estos elementos en la belleza de su unión, y los confió a la alianza del hombre y la mujer. Cuando la íntima profundidad de estos nexos –que son biológicos y psíquicos, espirituales y sociales– se pierde, o se viola, toda la riqueza del acto de “dar vida”, en la armonía de sus numerosos componentes, está destinada a trivializarse en la conciencia colectiva. ¿Y cómo podremos sostener todo el orden de los afectos humanos, que precisamente de la potencia de esta alianza generativa toma forma y fuerza, lenguaje y conocimiento? La unión del hombre y la mujer es una gramática elemental de lo humano, cuyo descifre está al alcance de todos. Pero es también una sintaxis compleja, llena de encantos y enigmas que nos superan y que hay que explorar y reconocer con delicadeza y respeto. La llamada al rigor de la estructura personalista, que pide unicidad y fidelidad en la relación, juntamente con su irrevocabilidad de acontecimiento que cambia la vida para siempre, impresionó a los mismos discípulos de Jesús. “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra” (Génesis 1, 28). La alianza conyugal y generativa –física y espiritual– recuperará su elevada vocación, no sustituible con ninguna otra alianza de amor, y una nueva cultura desarrollará su potencialidad y su fecundidad. En efecto, no por nada nuestra cultura se ha vuelto estéril en dos esferas del vínculo social: la generativa y la simbólica. La complicidad del hombre y la mujer es caracterizadora para el éxito de toda la historia del vínculo humano con el mundo creado: el señorío de las cosas, el desarrollo del saber, la cultura del trabajo, la institución de la justicia, la salvaguardia de la tierra y la armonía del hábitat dependen de su complicidad. El hombre sabe muy poco de lo humano, sin la mujer. Y la mujer sabe muy poco de lo humano, sin el hombre. El misterio de lo humano solo se transmite dentro de la alianza de los dos. En este horizonte se desarrolla la nueva vocación y la nueva misión de la familia hoy en día: sea en la Iglesia, sea en el mundo. Como la fe, el sacramento no es algo que se puede imponer. En efecto, el mandamiento divino del amor es otra cosa: es la autorización de un azar del que nadie estaría a la altura, si solo confiara en sus fuerzas. La gracia del sacramento no es una bendición ornamental, sino una fuerza eficaz. Por ende, el hombre y la mujer que se disponen a aceptar los desafíos de una alianza conyugal y familiar duradera son dignos de admiración y de todo honor. Y tanto la misma Iglesia como toda la comunidad civil deberán devolverles mucho más de lo que todos los días, desde siempre, reciben de ellos.

Por Vincenzo Paglia

El autor

El arzobispo Vincenzo Paglia (1945) es presidente del Pontificio Consejo para la familia. Licenciado en teología y pedagogía, fue ordenado sacerdote el 15 de marzo de 1970. En 2002 la Santa Sede lo nombró presidente de la Federación bíblica católica internacional. Fue el primer sacerdote en obtener el permiso para entrar en Albania antes de las primeras elecciones políticas libres de marzo de 1991. Es el postulador de la causa de beatificación del arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero. Su libro más reciente se titula Storia della povertà.

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

20 de Enero de 2019

NOTICIAS RELACIONADAS