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Un amigo con quien rezar

· Misa en Santa Marta ·

Rezar es como hablar con un amigo: por ello «la oración debe ser libre, valiente, insistente», incluso a costa de llegar a “reñir” al Señor. Con la consciencia de que el Espíritu Santo está siempre y nos enseña cómo proceder. Es el estilo de la oración de Moisés lo que el Papa Francisco volvió a proponer en la misa que celebró el jueves 3 de abril, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Este pequeño «manual» de oración fue sugerido al Pontífice por la lectura del pasaje del libro del Éxodo (32, 7-14), que narra «la oración de Moisés por su pueblo que había caído en el gravísimo pecado de la idolatría». El Señor —explicó el Papa— «reprende precisamente a Moisés» y le dice: «Anda, baja de la montaña, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto».

Es como si en este diálogo Dios quisiera tomar distancias, diciendo a Moisés: «Yo no tengo nada que ver con este pueblo; es el tuyo, ya no es el mío». Pero Moisés responde: «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra el pueblo, que tú sacaste de Egipto, con gran poder y mano robusta?». Y así, afirmó el Santo Padre, «el pueblo está como en medio de dos señores, de dos padres: el pueblo de Dios y el pueblo de Moisés».

He aquí, entonces, que Moisés inicia su oración, «una verdadera lucha con Dios». Es «la lucha del jefe del pueblo para salvar a su pueblo, que es el pueblo de Dios». Moisés «habla libremente ante el Señor». Y actuando así «nos enseña cómo rezar: sin miedo, libremente, incluso con insistencia». Moisés «insiste, es valiente: la oración debe ser así».

Decir palabras y nada más, en efecto, no quiere decir rezar. Se debe saber también «“negociar” con Dios». Precisamente «como hacía Moisés, recordando a Dios, con argumentaciones, la relación que tiene con el pueblo». Así, «trata de “convencer” a Dios» de que si desencadenaba su ira contra el pueblo haría «un mal papel ante todos los egipcios». En el libro del Éxodo se leen, en efecto, estas palabras de Moisés a Dios: «¿Por qué han de decir los egipcios: “Con mala intención los sacó para hacerlos morir en las montañas y exterminarlos de la superficie de la tierra”? Aleja el incendio de tu ira, arrepiéntete de la amenaza contra tu pueblo».

En resumen, Moisés «trataba de “convencer” a Dios de cambiar de actitud con muchas argumentaciones. Y estas argumentaciones las busca en la memoria». Así, «dice a Dios: tú has hecho esto, esto y esto por tu pueblo, pero si ahora lo dejas morir en el desierto, ¿qué dirán nuestros enemigos ?». Dirán — continúa— «que tú eres malo, que tú no eres fiel». De este modo Moisés «trata de “convencer” al Señor», emprendiendo una «lucha» en la que pone en el centro dos elementos: «tu pueblo y mi pueblo».

La oración tiene éxito, porque «al final Moisés logra “convencer” al Señor». El Papa puso de relieve que «es hermoso el modo en que termina este pasaje» de la Escritura: «Entonces se arrepintió el Señor de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo». Cierto, explicó, «el Señor estaba un poco cansado de este pueblo infiel». Pero «cuando uno lee, en la última palabra del pasaje, que el Señor se arrepintió» y «cambió de actitud» se debe hacer una pregunta: ¿Quién cambió verdaderamente aquí? ¿Cambió el Señor? «Yo creo que no», fue la respuesta del obispo de Roma: quien cambió fue Moisés. Porque él —afirmó el Pontífice— creía que el Señor habría destruido al pueblo. Y «busca en su memoria cómo había sido bueno el Señor con su pueblo, cómo lo había sacado de la esclavitud de Egipto para llevarlo adelante con una promesa».

Es justamente «con estas argumentaciones que trata de “convencer” a Dios. En este proceso encuentra la memoria de su pueblo y encuentra la misericordia de Dios». Realmente, continuó el Papa, «Moisés tenía miedo de que Dios hiciese esta cosa» terrible. Pero «al final baja del monte» con una gran certeza en el corazón: «nuestro Dios es misericordioso, sabe perdonar, vuelve atrás con sus decisiones, es un padre».

Son todas cosas que Moisés ya «sabía, pero las sabía más o menos oscuramente. Es en la oración donde las vuelve a encontrar». Y es también «esto lo que hace la oración en nosotros: nos cambia el corazón, nos hace comprender mejor cómo es nuestro Dios». Pero para esto, añadió el Pontífice, «es importante hablar al Señor no con palabras vacías como hacen los paganos». Es necesario, en cambio, «hablar con la realidad: pero, mira, Señor, tengo este problema en la familia, con mi hijo, con este o con el otro... ¿Qué se puede hacer? Pero mira que tú no me puedes dejar así».

La oración necesita y requiere tiempo. En efecto, «rezar es también “negociar” con Dios para obtener lo que pido al Señor» pero sobre todo para conocerlo mejor. De ello brota una oración «como de un amigo a otro amigo». Por lo demás, «la Biblia dice que Moisés hablaba al Señor cara a cara, como un amigo». Y «así debe ser la oración: libre, insistente, con argumentaciones». Incluso «“reprendiendo” un poco al Señor: pero tú me has prometido esto y no lo has hecho». Es como cuando «se habla con un amigo: abrir el corazón a esta oración».

El Papa Francisco recordó también que, después del cara a cara con Dios, «Moisés bajó del monte radiante. Había conocido aún más al Señor. Y con esa fuerza que le había dado retoma su trabajo de guiar al pueblo hacia la tierra prometida». Así, pues, «la oración robustece».

El Pontífice concluyó pidiendo al Señor que «nos dé a todos nosotros la gracia, porque rezar es una gracia». E invitó a recordar siempre que «cuando rezamos a Dios, no es un diálogo entre dos», porque «siempre en toda oración está el Espíritu Santo». Por lo tanto, «no se puede rezar sin el Espíritu Santo: es Él quien reza en nosotros, es Él quien nos cambia el corazón, es Él quien nos enseña a decir a Dios “padre”».

Es al Espíritu Santo, añadió el Papa, a quien debemos pedir que nos enseñe a orar «como oró Moisés, a “negociar” con Dios con libertad de espíritu, con valentía». Y que «el Espíritu Santo, que siempre está presente en nuestra oración, nos guíe por este camino».

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23 de Mayo de 2019

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