Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

Tiempo de alegría

· Misa en Santa Marta ·

«Hoy los cristianos son perseguidos, degollados, ahorcados en África y en Oriente Medio, todavía más que en los primeros siglos», porque su «testimonio molesta» a un mundo que «resuelve todo con el dinero»: por otro lado «el soborno» llegó hace dos mil años incluso «al sepulcro» para corromper a las guardias y negar así la resurrección. Es un aliento a no tener miedo de «confesar a Jesús» el que el Papa Francisco relanzó en la misa celebrada el jueves 12 de abril en Santa Marta. Sugiriendo vivir la misma valiente experiencia que los apóstoles y esto es «una vida de obediencia, testimonio y concreción», sin buscar «compromisos mundanos» con una «fe al agua de rosas».

«Este tiempo pascual – afirmó el Papa – es tiempo de alegría, la Iglesia quiere que sea así: tiempo de alegría, la alegría delante de la victoria del Cristo resucitado». Y para los mismos apóstoles «fue un tiempo de alegría» aunque «no era igual la alegría que ellos vivieron los primeros cincuenta días que esa que vivieron después de la venida del Espíritu Santo».

De hecho, explicó Francisco, «la alegría de los primeros cincuenta días era una alegría verdadera pero “dudosa”, no entendían bien: sí, habían visto al Señor, estaban contentos, pero después no lograban entender». Y se preguntaban: «¿Cómo terminará esta historia?». Tanto que, después, precisamente «en el momento de la ascensión preguntan al Señor: ¿ahora cómo irá, ahora se hará la revolución?». En resumen, los apóstoles «entendían por qué veían al Señor, pero no entendían todo: fue así el Espíritu Santo quien hizo entender todo y dio esa valentía, esa forma de actuar totalmente diferente». Así, confirmó el Papa, «podemos decir que esa de los primeros cincuenta días era una alegría temerosa; sin embargo después de la venida del Espíritu Santo está la alegría valentía que es segura: segura por la garantía del Espíritu».

Precisamente «en el marco de esta alegría valiente – afirmó el Pontífice haciendo referencia a lo narrado en los Hechos de los apóstoles – sucede lo que hemos escuchado en la primera lectura: Pedro y Juan van al templo. Delante de la puerta llamada «Hermosa» había siempre un paralítico que pedía limosna y Pedro y Juan curan al paralítico», que «feliz, salta, baila, va, da testimonio». Pero, prosiguió Francisco, «los sacerdotes se inquietan, llaman a los apóstoles y les prohíben predicar a Jesús. Después les meten en la cárcel. El ángel de Dios les hace salir de la cárcel» y estos enseguida «vuelven a enseñar al templo».

Retomando directamente el pasaje de los Hechos propuesto por la liturgia (5, 27-33), el Papa además recordó que «el jefe de la guardia y los alguaciles van donde los apóstoles estaban predicando y les llevaron al sanedrín». Por tanto «el sumo sacerdote les dijo: “os prohibimos severamente enseñar en ese nombre”». Ahí esta: «la prohibición: esto está prohibido, el nombre de Jesús está prohibido, predicar el nombre de Jesús está prohibido». Pero frente al sumo sacerdote, «Pedro, que temeroso había negado al Señor», tiene la valentía de responder simplemente: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándole de un madero. A éste le ha exaltado Dios con su diestra como Jefe y Salvador, para conceder a Israel la conversión y el perdón de los pecados. Nosotros somos testigos de estas cosas, y también el Espíritu Santo que ha dado Dios a los que le obedecen».

La primera que destaca es «la palabra “obediencia”», hizo notar el Pontífice recordando que «también en el Evangelio de hoy — Juan 3, 31-36 — Jesús habla de la obediencia». Por tanto, afirmó el Papa, «la vida de estos cristianos, de estos apóstoles que han recibido el Espíritu Santo, es una vida de obediencia, una vida de testimonio y una vida de concreción».

Una «vida de obediencia», prosiguió Francisco, «para que sigan el camino de Jesús que obedeció al Padre hasta el último momento: “Padre, si es posible — pensemos en el huerto de los Olivos — pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya». Esta es la «obediencia hasta el final» y nos hace recordar cuánto el Señor rechaza a Saul: “No quiero sacrificios ni holocaustos, sino obediencia”».

«Obediencia – insistió Francisco – es los que hizo el Hijo, el camino que él nos ha abierto; obediencia es apego a Dios y hacer su voluntad y decir: “Yo soy tu hijo, yo estoy contigo que eres mi padre y haré de todo para seguir lo que tú quieres”».

«Es verdad, nosotros somos débiles y caemos en los pecados, en nuestras debilidades» reconoció el Pontífice. Pero «la buena voluntad nos hace levantarnos, la gracia de Dios» y así «vas adelante, vas adelante: “Yo quiero obedecer”». Por eso la «primera característica del comportamiento, de la forma de actuar de estos apóstoles es la obediencia». Conscientes de que, como declara Pedro, «es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». Es necesario, por tanto, «una actitud “de obediencia”: el cristiano es un siervo, como Jesús, que obedece a Dios». Y también es «verdad que es una forma un poco diferente de resolver los problemas, esto de la obediencia: delante del hecho de la resurrección los apóstoles han resuelto, con la gracia del Espíritu Santo, con la obediencia».

Sin embargo, se preguntó el Papa, «¿cómo han regulado el todo los sacerdotes que querían mandar?» Lo han hecho «con una mancha: también el soborno llegó al sepulcro». Porque «cuando los soldados asustados fueron donde ellos a decir la verdad, les interrogaron» para después decir: «“estad tranquilos”. Metieron las manos en el bolsillo y les dijeron: “tomado, decid que vosotros estabais dormidos”». Y es precisamente con este sistema que «resuelve el mundo».

Y entonces es necesaria la «obediencia a Dios, no al mundo, porque el mundo resuelve las cosas con cosas mundanas; y la primera cosa mundana, que es precisamente del “señor”, del diablo, es el dinero». Jesús «mismo le da la categoría de “señor” cuando dice: “no podemos servir dos señores, Dios y el diablo».

La «segunda característica» de los primeros cristianos es el «testimonio: yo doy testimonio de Jesús». Y los apóstoles realmente «dan testimonio porque no tienen miedo de predicar a Jesús en el templo, pero también después, cuando salieron de la cárcel: son valientes, pero con la valentía del Espíritu». Por otro lado, «el verdadero testimonio cristiano es una gracia del Espíritu y esto molesta. El testimonio cristiano molesta, es más cómodo decir: “Sí, Jesús ha resucitado, ha subido al cielo, nos ha enviado el Espíritu, creo en todo esto”, pero buscamos un camino de compromiso entre el mundo y nosotros».

Sin embargo «el testimonio cristiano no conoce los caminos de compromiso» recordó Francisco. Más bien «conoce la paciencia de acompañar a las personas que no comparten nuestra forma de pensar, nuestra fe, de tolerar, de acompañar, pero nunca de vender la verdad».

Con la fuerza de la «obediencia» he ahí el «testimonio, que molesta tanto»: basta pensar en «todas las persecuciones que hoy, desde ese momento hasta hoy: pensad — invitó el Pontífice — en los cristianos perseguidos en África, en Oriente Medio, hay más hoy que en los primeros tiempos, en cárceles, degollados, ahorcados por confesar a Jesús». Es el «testimonio hasta el final».

Finalmente, la tercera característica de los discípulos son las «concreciones». Los apóstoles «molestaban con el testimonio porque tenía la valentía de hablar de las cosas concretas, no decían fábulas». Tenían la «concreción» que les llevaba a decir: «nosotros no podemos negar lo que nosotros hemos visto y tocado». Esto es «lo concreto – aclaró el Papa – y cada uno de nosotros, hermanos y hermanas, ha visto a Jesús y ha tocado a Jesús en la propia vida».

Sucede que muchas veces los pecados, los compromisos, el miedo nos hacen olvidar este primer encuentro que nos ha cambiado la vida» explicó Francisco. Quizá permanece «un recuerdo aguado» que «nos hace convertirnos en cristianos pero “al agua de rosas”, aguados, superficiales». Por esta razón, añadió, debemos «pedir siempre al Espíritu Santo la gracia de la concreción: Jesús ha pasado en mi vida, por mi corazón, el Espíritu ha entrado en mí, después quizá he olvidado; pero» esta es la importancia de tener «la gracia de la memoria del primer encuentro». Y «por esto el testimonio de esta gente era concreto: “No podemos negar los que nosotros hemos visto y tocado”».

«El tiempo pascual es un tiempo para pedir alegría» concluyó el Pontífice, sugiriendo pedirla «los unos por los otros: pero esa alegría que viene del Espíritu Santo, que da el Espíritu Santo; la alegría de la obediencia pascual, la alegría del testimonio pascual y la alegría de la concreción pascual».

EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

26 de Septiembre de 2018

NOTICIAS RELACIONADAS