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Teología total

· La novela eremítica de Adriana Zarri ·

“Un día, entre estas páginas, cayó el inesperado relato de un milagro: eso está muy bien, porque con él quiero celebrar la fantasía de Dios. Pero es la normalidad mi verdadera pasión: lo obvio de la vida diaria en la que ‘no sucede nada’, pero sucede todo: sucede la vida”. Aunque quien habla es Benedetto, el escritor protagonista de Dodici lune (1989), se trata de una frase capaz de retratar –¡tan bien la refleja!– a la increíble autora de esta novela, Adriana Zarri.

Andando el tiempo hemos aprendido a conocer a esta ermitaña católica, nacida en 1919 en San Lazzaro de Savena (cerca de Bolonia). Era hija de un molinero (exjornalero) y nieta de un capataz. Directiva de la Acción católica primero y periodista después, tras haber vivido en diferentes ciudades italianas (entre las cuales, sobre todo, Roma), desde septiembre de 1975 Adriana Zarri elige la vida eremítica, primero en Albiano, luego en Fiorano Canavese y, por último, promediando la década del noventa, en Strambino, en la provincia de Turín. En sus ermitas Adriana reza, cultiva, se dedica a los animales, acoge a cuantos pasan, y escribe.

Teóloga conciliar antes del concilio Vaticano II, autora prolífica, voz profundamente católica y profundamente disidente, primera laica admitida en la dirección de la Asociación teológica italiana en el lejano 1969, ermitaña durante treinta y cinco años, Adriana Zarri fue una mujer libre, quizá ligada únicamente a un sentido de lo sagrado constituido por una urdimbre de fe desnuda, justicia social, feminismo y amor a los indefensos, los débiles y los perseguidos. Así era esta teóloga que a lo largo del tiempo, como católica, sostuvo posiciones controvertidas, incómodas, clamorosas, y siempre salió al encuentro de la Palabra, transmitida desde su ermita a una humanidad libre de creer o de no creer.

Pero entre las numerosas palabras que nos dejó en sus ensayos, en sus memorias y en sus artículos (en L’Osservatore Romano, Il Manifesto,Il Regno,Concilium,Rocca y en otras muchas publicaciones más), las páginas del diario de Bruno son verdaderamente una maravillosa perla impregnada de vida (“un tiempo –escribirá Adriana años más tarde– era una intelectual pura; hoy soy una intelectual encarnada, contaminada, manchada de vida material”).

Era, pues, ermitaña desde hacía al menos quince años cuando Zarri firma la que será su única novela teológica. Estaba muy convencida de que “una teología impura, contaminada, comprometida con la vida, es una teología llena de pasiones, de acontecimientos, de todo; es una teología total, porque el discurso sobre Dios es el discurso sobre todo”. En Dodici lune narra el año de fuga sabática del escritor Bruno, que se encierra en un pueblito de montaña en compañía de su gobernanta y su gatito Mimmo. Reflexionando sobre amor y felicidad, pérdida, muerte y resurrección, Dios, sexo y diferencia entre mujer y hombre, paternidad y soledad, sentido de la vida, teología y significado de la escritura, Concilio (no escuchado) y misoginia (al contrario, muy escuchada, sobre todo en la Iglesia), el tiempo de Bruno está como suspendido. Él, literalmente destruido por la muerte de su mujer Lía –¿recordáis a Lía en la Biblia o a Lía en Dante? – y por la pérdida de su hijo no nacido (dos muertes que se desvelarán con calma a lo largo del relato), rodeado por una naturaleza fortísima (unas veces amiga y otras inclemente), está imbuido de dolor.

“La experiencia de escribir es, también ella, en cierto modo, eremítica, porque tiene lugar –escribió Adriana– en una soledad total, en la que el autor está solo consigo mismo y con Dios, si cree; y la página blanca es una especie de desierto tácito que va floreciendo en palabras”. La mujer que encontró en la vida eremítica su camino existencial, crea la figura de un hombre que, aunque es ermitaño a corto plazo, logrará encontrar precisamente en esta dimensión el camino para renacer.

“Llegado a un editor –se lee en el prólogo de las Dodici lune–, el diario parece testimoniar una singular historia sin historias, aunque intercalada por relatos que se desplazan paralelamente al mismo diario, como si revelaran, por contraste, su desnudez”. Estos relatos que alternan el diario –como regalos que Bruno hace a Lía acá y allá– son parábolas modernas. Está la parábola del preso y del gesto de oración que, a pesar suyo, escapa literalmente a su control (“miró su brazo como si fuera el de otro, al hacer ese gesto antiguo que le había quedado casi grabado en los músculos, desde los siglos, sin que lo supiera”); la parábola del vagabundo, muerto con los ojos abiertos para mirar enseguida a Dios; la de la tercera edad, y la del sentido auténtico de la fe y de la oración; y otras como la de la infertilidad, la fantasía de Dios y la maternidad, con los terribles ecos de la ausencia del hijo.

Encanta la trama fluida de este diario teológico y, por tanto, humano –desde la perspectiva de Adriana–, en el que Bruno da un paso adelante y dos atrás. Dios está en el umbral, se calla, responde. Bruno vuelve una y otra vez a los mismos detalles, leídos y vividos siempre de manera diversa. Argumenta de un modo y después, al día siguiente, sostiene lo contrario. Su interlocutora es Lía; unas veces habla con Dios y otras con ser indistinguible. Solamente se distingue el itinerario de un hombre que aprende a leer la soledad que, entre los meses de octubre y julio, se convierte en “un vacío pleno”.

Parecen páginas de las grandes místicas del pasado. Pero en algunos párrafos también se tiene la impresión de leer Niente e così sia, de Oriana Fallaci. Porque, por muchos aspectos, también el diario de Bruno es un diario de guerra, pero de una guerra ganada.

“Ha purificado mi dolor, ha purificado mi amor, ha purificado mi vida; y ahora –escribe Bruno, pero en contraluz está la sonrisa radiosa de Adriana– me deslizo hacia el inmenso mar: tu seno, el seno materno de Dios: el seno de Abraham, como decían los judíos”.

Giulia Galeotti

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23 de Febrero de 2020

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