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​También me conquistaste a mí

· Sandra Isetta habla de Marcela, santa del mes ·

De la célebre correspondencia entre Jerónimo y Marcela se conservan importantes cartas del primero a su autorizada discípula, presentada a veces como maestra e insólitamente sumisa. Aquí se imagina un texto del padre de la Iglesia con ocasión de la muerte de su interlocutora.

Yo, que me sentía cohibido, evitaba las miradas de aquellas mujeres nobles, pero tú fuiste tan inteligente –opportune et importune, como dice el Apóstol– que venciste, con tu habilidad, mi discreción. Sí, justamente yo, el altanero Jerónimo, me encontraba en una situación difícil cuando te conocí, Marcela.

 Francisco de Zurbarán, “Santa Paula y santa Eustaquia escuchan a san Jerónimo” (siglo XVII)

Como recordarás, apenas llegué a Roma, en el año 382, fui a tu suntuosa domus, en el Aventino. Allí, tiempo atrás, habías acogido a los obispos de Alejandría, al gran Atanasio y a Pedro, que se habían refugiado en Roma para escapar de la persecución de la herejía arriana. Gracias al relato de estos dos obispos supiste de la vida del beato Antonio, que aún estaba vivo, de la existencia de los monasterios de Pacomio en la región de Tebaida, y de la Regla de las vírgenes y las viudas. El monaquismo era un fenómeno totalmente nuevo. No te avergonzabas de profesarlo, porque sabías que a Cristo le agradaba. Aquel día me sorprendió descubrir cómo tu casa se había transformado en una especie de comunidad de vírgenes y viudas que seguían libremente a Dios. Habías dado vida a un círculo de mujeres, frecuentado por algunas nobles romanas, pero también por hombres, sacerdotes y monjes, que se reunían para leer y comentar la Biblia. Podría haber esperado cualquier cosa, pero no que alrededor de una mujer se moviera semejante círculo de santidad. Al final, con tu estilo inteligente y discreto, también me conquistaste a mí.

Me convencieron la seriedad de tu preparación –conocías perfectamente el griego y el hebreo– y la agudeza de tus interpretaciones bíblicas. Por aquel entonces gozaba de cierta reputación como exégeta de la Escritura, y siempre me buscabas para preguntarme algo sobre algún pasaje bíblico, me planteabas siempre nuevos interrogantes, no por el gusto de discutir, sino para aprender exactamente a través de las preguntas. Más tarde, cuando comenzó nuestra correspondencia, después de mi traslado a Belén, me di cuenta de que era tu modo de estimularme: eras tú la que me enseñaba a mí.

Cuando te conocí, eras viuda desde hacía mucho tiempo. Descendías de la insigne familia de los Marcelli, pero no quiero recordarte por tu noble linaje, sino más bien por tus dotes mucho más grandes, por la pobreza y la humildad con que manifestaste al mundo el valor de la viudez cristiana. Eras muy joven, de una belleza fuera de lo común, y, además, con modales puros. Como era de esperar, tuviste muchos pretendientes, pero los rechazaste a todos.

Es cierto, tenías un carácter decidido. Jamás escondías tu contrariedad, que, por otra parte, se reflejaba en tu rostro, en tu delicada costumbre de fruncir el entrecejo. También en Belén te imaginaba con el entrecejo fruncido, el ademán de la cabeza mientras leías mis polémicas, tal vez un poco vehementes contra quien me acusaba de haber modificado los evangelios. Te escribía: “Estoy seguro de que, mientras estás leyendo estas cosas, frunces el entrecejo en señal de desaprobación. ¿Temes que esta franqueza sea motivo de nuevas disputas? ¿Es verdad? Y sé que, si estuvieras aquí, apoyarías los dedos sobre mis labios para taparme la boca y no permitirme decir estas cosas”. ¡Y sí, Marcela, solías cohibirme!

Como estaba muy atareado con la lectura de las obras hebreas, una vez sentí la necesidad de justificarme contigo por mi latín algo oxidado. Justamente yo, que lo conocía tan bien, que había traducido la Escritura. Por lo demás, después de que me marché de Roma, si surgía alguna disputa sobre un pasaje bíblico se recurría a tu juicio, porque sobresalías tanto y estabas imbuida de todo el saber que yo había podido acumular y que casi había transformado en una segunda naturaleza, gracias a una meditación incesante.

Elegiste la castidad. Después, muchas otras mujeres imitaron tu estilo de vida. De tu amistad se benefició la venerable Paula, y en tu casa se educó Eustoquia, gema de las vírgenes. Es fácil juzgar las cualidades de la maestra con semejantes discípulas. Practicabas la ascesis, pero con equilibrio, una de tus dotes que más me gustaban. Raramente estabas en medio de la gente, y siempre evitabas ir a la casa de las nobles romanas para no volver a tener contacto con la vida a la que había renunciado. Tus metas preferidas eran las basílicas de los Apóstoles y de los mártires, en las que rezabas en secreto, lo sé, lejos de la gente. Habrías querido dar todos tus bienes a los pobres, a quienes amabas, pero para no contradecir a tu madre Albina, permitiste que los heredaran los hijos de tu hermano.

Eras muy prudente, atenta a lo que los filósofos llaman tó prépon, es decir, la conveniencia de las acciones. Aún estás delante de mis ojos: cuando te preguntaban, respondías de modo que tu opinión no pareciera tuya, sino mía o de algún otro, para demostrar que eras discípula incluso mientras enseñabas. Conocías bien las palabras del Apóstol: “A las mujeres no les permito enseñar”, y no querías dar la impresión de humillar a los hombres –a veces incluso sacerdotes–, que te preguntaban sobre puntos oscuros y ambiguos.

Pasaste los últimos años en tu finca, en la periferia de Roma, donde vivías como en un monasterio, o en un desierto, con la joven virgen Principia. Hasta que el vencedor sediento de sangre invadió tu palacio. No te abatiste frente a la agresión, no temblaste. Te golpearon, Marcela, te fustigaron. Querías proteger a Principia, y el Señor escuchó a su sierva, suscitando piedad en el corazón de los bárbaros. Os habíais salvado en la basílica del apóstol Pablo. Pocos meses después, te dormiste en el Señor.

Sandra Isetta enseña literatura cristiana antigua en la Universidad de Génova. Es autora de muchos estudios, entre los cuales Il mito delle origini in La grande meretrice. Un decalogo di luoghi comuni sulla storia della Chiesa (2013). Coordinó la edición de L’eleganza delle donne (2010), de Tertuliano, y escribió sobre santa Clotile en “Mujeres Iglesia Mundo” (junio de 2013).

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