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Sueño de niño

El cardenal –prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, el antiguo y temible Santo Oficio, considerado un conservador ratzingeriano en una Curia romana que se está abriendo a una visión menos rígida de la tradición católica– me asombra inmediatamente al recibirme en su casa, a pocos pasos del Vaticano, vestido con una camisa negra y en sandalias.

Cordial y alegre, se disculpa por la informalidad de su ropa aludiendo al calor, y me conduce a su hermosísimo estudio, donde los libros están colocados en perfecto orden. Enseguida me dice que era el apartamento del cardenal Ratzinger, y entonces lo contemplo con una mirada diversa, tratando de imaginar la presencia mansa y la pasión por el estudio del Papa emérito. Gerhard Müller, un gigante renano, es diferente de su ilustre predecesor, de cuya opera omnia se está ocupando. Es muy extrovertido y casi bromista cuando alude al hecho de que no quiere hablarme de mujeres, sino más bien de la Virgen. Sin embargo, dirijo la conversación a nuestro tema, es decir, su relación con las mujeres, y me habla con extraordinario afecto de su madre.

“Pienso que para cualquiera constituye un vínculo especial, porque está relacionado con su venida al mundo. Hoy la vuelvo a ver con la perspectiva del hombre maduro, y me doy cuenta de que fue el primero y más importante punto de referencia de todas mis experiencias, comenzando por la oración. La recuerdo aún a la noche, sentada a mi lado, enseñándome a rezar y a reconocer la presencia de Jesús, un rostro verdadero, una referencia segura. De ella heredé el sentido de confianza auténtica, que es base de toda fe y también de la relación de un niño con Dios. Gracias a ella comprendí que Dios se interesaba verdaderamente por mí, que no era un concepto filosófico abstracto. En el cuarto había imágenes de María, y desde pequeños se nos acostumbró a considerar a la Iglesia como un aspecto del rostro de Dios”.

El vínculo entre la familia y la parroquia era vivo y constante: le pregunto cuál fue la reacción de sus padres cuando supieron que quería ser sacerdote, tras haber frecuentado la escuela católica local, en la que había tenido buenos profesores y también muy buenas profesoras, en particular la profesora de matemática y la de inglés.

“Por lo que recuerdo, siempre tuve el deseo de emprender el camino sacerdotal, como testimonia una anécdota de familia: mi madre me contaba que un día –yo tenía 4 años– encontramos al obispo de Maguncia, Albert Stohr, óptimo teólogo. Me impresionó hasta tal punto que exclamé: ‘¡cuando sea grande me gustaría ser obispo!’. Mi madre era ama de casa, muy atenta a la educación de sus cuatro hijos, dos varones y dos mujeres, a los que siguió siempre con solicitud y, cuando era necesario, también con severidad. Mi padre era obrero en Opel, pero también trabajaba como campesino para mantener a su numerosa familia. Mis dos hermanas mayores fueron mujeres emancipadas, dedicadas a su profesión: una era maestra en la escuela primaria; la otra, empleada en una aseguradora. Tengo veintitrés sobrinos y sobrinos nietos, y si alguien me dice que nosotros, los sacerdotes, estamos alejados de la realidad, pienso en ellos, que me tienen muy al corriente de los cambios, de los problemas actuales”.

Le pregunto si, además de estas figuras femeninas, ha cultivado relaciones de amistad con mujeres. Se queda en silencio un instante. Luego, me habla de la bondad de las monjas de la guardería de su infancia, a las que siguió frecuentando y en años sucesivos incluso ayudando. Evoca a las jóvenes estudiantes que encontró cuando enseñaba, pero no parece que haya habido una relación de amistad más estrecha con alguna de ellas.

Está claro que habla con afecto de las religiosas bávaras que viven con él desde hace muchos años y han compartido su experiencia pastoral. “Recuerdo, en particular, que una de ellas se ocupó durante cuarenta años de niños abandonados, sobre todo de hijos de familias rotas, que sufren soledad y abandono. Para mí ha sido importante escucharla y compartir esta misión. Siempre he pensado que su trabajo con los niños era tan importante como el mío de obispo”. Y ni siquiera ha cambiado de idea desde que es prefecto: en la visita al Papa Francisco, cuando le presentó a quienes trabajan en la Congregación, también quiso que estuvieran presentes los encargados de la limpieza.

En la formación de un católico culto siempre hay cabida para los libros escritos por mujeres, no es fácil excluirlas de una formación teológico-espiritual. Así sucedió con el cardenal. “Naturalmente, ha sido importante para mí la lectura de santa Teresa de Ávila, así como la de la otra Teresa, la de Lisieux. Pero estudié particularmente a Hildegarda de Bingen, a la que dediqué tres ensayos. Me interesó en especial su teología por imágenes, teología que revaloriza los símbolos y su poder como instrumento de comprensión de realidades complejas. La idea de llegar a descifrar los misterios de la teología a través de las imágenes, por tanto revalorizando la función de la intuición, equilibra la teología racional de Tomás y la primera escolástica. Tras los pasos de Hildegarda, me fascinó mucho la mística medieval femenina, desde la idea de Iglesia de Catalina hasta las visiones de Brígida de Suecia. Por supuesto que me impresionó mucho Edith Stein, no solo su biografía sino también sus obras, escritas en un bellísimo alemán. De igual modo tuvo gran importancia para mí, así como para todos los creyentes alemanes, Isabel de Turingia, contemporánea de san Francisco de Asís, que sigue el mismo camino de este dedicándose totalmente a los pobres. Ella misma, aun gobernando después de la muerte de su esposo, se hace pobre y se dedica intensamente a los pobres y a los leprosos. Es un gran ejemplo de entrega de sí y de admirable ejercicio del poder”.

Pero aquí pasamos a los problemas de las mujeres de hoy, que el cardenal ha conocido no sólo en Alemania sino también en sus frecuentes viajes a América Latina. Allí Müller denuncia la condición desgraciada de las mujeres, que nace de la inestabilidad de la vida familiar –circunstancia que obliga cada vez más a las mujeres a llevar solas el peso de los hijos, a los que tienen que mantener y educar– y de una mentalidad que no duda en definir machista. Además, recuerda que, cuando era obispo de Ratisbona, colaboró estrechamente con las diócesis de los países del Este contra los traficantes de mujeres inmigrantes, a las que con engaño trasladaban a los países occidentales para hacerlas trabajar como prostitutas. Al respecto, se acuerda de haber encontrado muchas dificultades en los ambientes políticos.

Es obvio que su historia personal determina su actitud acerca de la colaboración de las mujeres. “Hoy las mujeres son colaboradoras bienvenidas a las oficinas diocesanas, en las que realizan numerosísimas tareas, a menudo directivas, y hoy por hoy colaboran intensamente en la vida de la Iglesia”.

Cuando le hago notar que las mujeres ayudan, pero se quejan de que las escuchan poco, se maravilla. Su experiencia alemana es muy diferente: las mujeres cuentan realmente y su papel se reconoce oficialmente –reciben un sueldo–, y no es asimilable al voluntariado. Asimismo, en la Congregación para la doctrina de la fe Müller encontró un buen número de colaboradoras, que desempeñan papeles no secundarios. No disimula su estima por su secretaría, Clothilde Mason, y por las demás colaboradoras, casi todas mujeres casadas y con hijos. Y hace presente que suele haber dificultades cuando se llama a colaborar a alguna teóloga con la Congregación, porque si tiene familia, no está dispuesta a trasladarse a Roma. Me anticipa, además, que la nueva Comisión teológica internacional, que está a punto de ser nombrada por el Papa, contará con un número de mujeres mayor que la saliente. Parece ser que pasará de dos a cinco o seis mujeres.

Con respecto a la presencia femenina en la vida de la Iglesia –que considera muy diferente de la masculina incluso por lo que concierne a la investigación teológica–, el cardenal recuerda un escrito de Bergoglio sobre los jesuitas, en el que el futuro Papa destaca cómo la diferencia entre católicos y calvinistas estriba precisamente en la capacidad de los católicos de tener en cuenta también las emociones, y no solo el intelecto, en el camino que lleva a Dios.

Es una reflexión que impresiona, sobre todo hoy que las confesiones protestantes han abierto las puertas al ministerio femenino y, por tanto, aparentemente son más “feministas” que la católica. Müller destaca de este modo cómo la presencia femenina debe reconocerse en su especificidad, no en su imitación del modelo masculino. Por eso insiste en que es necesario recordar que la Iglesia debe ser madre, no institución, porque a una institución no se la puede amar y, en cambio, a una madre sí. El modelo de la Iglesia es precisamente la familia, primera iglesia doméstica, en la que las mujeres desempeñan un papel decisivo pero distinto.

La última pregunta es la más candente: sobre la situación conflictiva de las religiosas americanas de la Leadership Conference of Women Religious, con las que el cardenal mantuvo recientemente una compleja negociación. “En tanto, debemos tener presente que no son todas las religiosas americanas, sino un grupo de religiosas de Estados Unidos reunidas en una asociación. Recibimos muchas cartas con quejas de otras religiosas, pertenecientes a las mismas congregaciones, que sufren mucho por la orientación que aquellas dan a su misión. Por lo demás, las congregaciones ya no tienen vocaciones, corren el riesgo de extinguirse. Ante todo, tratamos de establecer una relación menos conflictiva, de reducir la tensión, gracias al obispo Sartain, a quien mandamos a tratar con ellas; es un hombre muy manso. En primer lugar, hay que aclarar que no somos misóginos, no queremos ‘comernos’ todos los días a una mujer. Sin duda alguna tenemos un concepto diferente de la vida religiosa, pero esperamos poder ayudarlas a reencontrar su identidad”.

No cabe duda de que el cardenal Müller, el alemán que después del norteamericano Levada sucedió a Ratzinger en el cargo quizá más difícil en el gobierno de la Iglesia, quiere establecer una relación cordial y abierta con las mujeres, una relación de auténtica colaboración, sin pensar en grandes revoluciones internas.

Nacido en Finthen, en 1947, el cardenal Gerhard Ludwig Müller es prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe. Teólogo, en 1977 obtuvo el doctorado en teología bajo la guía de Karl Lehmann con una tesis sobre Dietrich Bonhoeffer.

Lucetta Scaraffia

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15 de Noviembre de 2019

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