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El tema de la presencia de la mujer en la Iglesia se está volviendo cada vez más interesante. En años pasados no faltó el debate, pero a menudo se limitaba a plantear la cuestión, sin ir más lejos. No hay que remontarse a los siglos pasados, porque en la Pace in terris Juan XXIII ya consideraba la mayor presencia femenina en la vida pública un signo de los tiempos. Era obvio que esa exigencia iba a tener eco en la vida de la Iglesia. Con Juan Pablo II, especialmente con la exhortación apostólica Mulieris dignitatem, el tema se planteó desde lo más alto del Magisterio. Muchas veces Benedicto XVI lo abordó con emoción, pero le faltó tiempo para traducir sus propósitos en acciones concretas, en estructuras y mecanismos. Fue uno de los puntos que, con el gesto revolucionario de su renuncia, dejó en herencia a su sucesor. El Papa Francisco, con su habitual franqueza y espontaneidad, retomó en varias oportunidades el tema, y muchos esperan que también en este campo proceda a realizar gestos significativos que dejen una huella.

Vidriera realizada en el Estudio Moretti Caselli, de Maddalena Forenzaper, para la iglesia del Espíritu Santo (Perusa, 2010; foto de Michele Panduri-Metalli)

En la exhortación apostólica Evangelii gaudium, primero y largo documento oficial totalmente del nuevo Pontífice, se afirma con decisión: “Todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque ‘el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello, se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral’ (Compendio de la doctrina social de la Iglesia, 295),y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (n. 103). El concepto se reafirma de igual modo en el número siguiente, subrayando que en la Iglesia, “de hecho, una mujer, María, es más importante que los obispos” (n. 104). Llegados a este punto, se plantea un gran desafío para la Iglesia, que debe esforzarse para expresar una fantasía –de la que el Espíritu Santo ha sido siempre un gran protagonista en la historia– que hasta ahora le ha faltado para encontrar las soluciones más convenientes. No se trata de clericalizar a las mujeres, como ciertas soluciones proponen a veces, sino de encontrar los espacios adecuados en los que el carisma femenino pueda expresarse y ser valorado incluso en términos de capacidad decisoria y de autoridad, o, como sería más armonioso para la vida de la Iglesia, de servicio autorizado en el seno del pueblo de Dios. Si las mujeres quieren conquistar poder en la Iglesia, simplemente quitándoselo a los hombres y reivindicando las mismas funciones, es probable que pierdan. Pero es difícil identificar posiciones autorizadas, alternativas a las que ocupan los hombres, y adecuadas para valorar la complementariedad que la mujer puede y debe poner al servicio de la comunidad eclesial y de su feminidad. También en este campo las mujeres deben expresar lo que los hombres no pueden ofrecer, o no pueden ofrecer por sí solos. 

Dios creó a hombres y mujeres, dos géneros distintos entre sí, pero complementarios e igualmente necesarios también para la vida de la Iglesia. En el pasado jamás faltaron grandes figuras de mujeres en la Iglesia que impulsaron a Papas e instituciones, del mismo modo que en la Biblia hubo mujeres que salvaron a su pueblo, interviniendo en los momentos cruciales de la historia de la salvación: Judit, Ester, María de Magdala, que “despertó” a los apóstoles anunciándoles antes que nadie la resurrección de Cristo. Se trata de intervenciones consideradas a menudo extraordinarias, pero que, en realidad, forman parte del entramado bíblico y, en particular, de la relación entre Jesús y las mujeres, tal como aparece en los evangelios. La mujer no tenía tareas institucionales ni muchos derechos en el seno de la sociedad antigua, incluso judía. Pero la sociedad, desde los tiempos de Jesús y desde la fundación de la Iglesia, se ha ido transformando profundamente. La legislación y la cultura han dado cada vez más cabida a la mujer y sus carismas en los sectores de la instrucción y de la cultura, con mayor protagonismo en la vida política y sindical, pero no siempre han sabido predisponer los mecanismos adecuados para que en todos los sectores las mujeres hagan valer efectivamente sus derechos. El resultado es que en muchos ámbitos, por ejemplo en la vida pública y empresarial, las mujeres no ocupan prácticamente puestos directivos. En efecto, después del diploma, mientras los hombres hacen prácticas, experiencias, se dan a conocer y así preparan su acceso a los puestos de responsabilidad entre los 35 y 40 años, las mujeres se encargan de formar una familia y de cuidar a sus hijos pequeños. Cuando estos son grandes y autónomos, las mujeres que vuelven a trabajar en empresas o en administraciones encuentran todos los puestos ya ocupados por los hombres. Por tanto, no bastan disposiciones legislativas para garantizar a las mujeres igualdad de derechos, si no existen mecanismos aptos que las defiendan con medidas oportunas. En la Iglesia esto es más complejo todavía, porque el poder, o como prefiere decir el Papa, la potestad de jurisdicción –que debería ser de servicio, para evitar confundirlo con el dominio– está reservada a quien está ordenado, y hasta ahora el orden está reservado solo a los hombres. Ciertamente, en la historia de la Iglesia hubo mujeres con funciones de diaconado que ejercieron actos de jurisdicción, pero se discute todavía sobre si eran mujeres que habían recibido una ordenación verdadera o tan solo una bendición. En cualquier caso, la Iglesia ha concedido siempre amplia autonomía y autoridad de gestión a las comunidades monásticas femeninas, y a sus abadesas, prioras y superioras, incluso cuando la sociedad civil no concedía a las mujeres el mismo poder decisorio en sus propias instituciones. Pero no quiero adentrarme en complejas cuestiones canónicas y teológicas. Solo quiero recordar que la Iglesia, a lo largo de su historia, siempre ha demostrado tener más fantasía que la que queremos controlar en cánones o en rígidas normas intocables. Concretamente, para hablar de la cúpula, en la Curia romana y en muchas curias diocesanas ya hay una presencia femenina importante, que antes era impensable. En particular, en los Consejos pontificios (veintidós), instituidos después del concilio Vaticano II –más ágiles y menos rígidos que las nueve Congregaciones que se remontan a la reforma de Sixto V–, las mujeres están muy bien representadas, así como en otros órganos de la administración vaticana. En el campo del arte, como en los Museos vaticanos, la presencia femenina ya llega al 50 por ciento del personal, y no solo ejecutivo. En el campo económico, administrativo, universitario y de las comunicaciones ya son numerosas las mujeres preparadas y cualificadas, que podrían desempeñar papeles directivos. Lo mismo sucede en muchas curias episcopales de grandes diócesis, y en las universidades católicas. Pero no es solo un problema de estructuras, sino también de mentalidad. Recuerdo que hace años el arzobispo (por lo demás notoriamente abierto y reformador) de una gran ciudad, que tenía dificultades para que Roma le autorizara el nombramiento de un teólogo de confianza como rector de la universidad católica de su ciudad, me comentaba con amargura: “Piense que en Roma le pidieron a una religiosa que lea sus escritos para valorar su ortodoxia”. Sus palabras eran un evidente signo de la incompetencia y de la mala gestión de la autoridad. Pero, por lo que yo sabía, se trataba de una religiosa licenciada en teología y profesora en una universidad eclesiástica de Roma. Desde siempre, en gran parte el trabajo básico en la Iglesia lo realizan las mujeres, a quienes se debe la iniciación cristiana de los niños y las niñas, algo que hacen (o hacían) las madres y las abuelas en el hogar. No es exagerado afirmar que sin la aportación de las mujeres la vida de la Iglesia se detendría y sufriría un empobrecimiento global determinante. Por otra parte, hasta hace muy poco tiempo las religiosas eran el doble de los sacerdotes. Pero a este dato concreto no corresponden estructuras que reconozcan de modo adecuado el papel que desempeñan las mujeres, estructuras que les hagan sentir que ocupan un lugar digno en la Iglesia, a nivel local, diocesano y romano. La Iglesia tiene características propias que no se pueden equiparar con las de la sociedad civil, pero es obvio que la organización y el estilo de vida de la comunidad eclesial han experimentado profundamente la influencia de lo que sucedía a su alrededor. Basta pensar en la parte consistente del derecho romano que se ha integrado en el derecho canónico. Si el gobierno civil da cada vez mayor cabida a la consultación popular y a los mecanismos colectivos de decisión, es evidente que esto también influye en la Iglesia, que, no por casualidad, desde el concilio Vaticano II en adelante habla de mayor colegialidad (a pesar de la tenaz resistencia dentro de ella). Y esto es nada más que un retorno al estilo de los primeros siglos de la Iglesia. Es impensable que en este estilo más colegial y de comunión no participen las mujeres, capaces de contribuir con características peculiares que por alguna razón Dios quiso que fueran complementarias de las características de los hombres. En particular, quiero recordar el aspecto de la maternidad, que tiene infinitos matices de ternura y de don, y que la Iglesia necesita, por ejemplo, durante la formación de los sacerdotes. Se trata de recrear sus modalidades, sin limitarse a enunciar su necesidad, como se ha hecho a menudo hasta ahora. La Evangelii gaudium comprueba “con agrado” que muchas mujeres ya comparten responsabilidades pastorales con los sacerdotes, ofreciendo su contribución al acompañamiento de personas, de familias o de grupos, y dando nuevas sugerencias a la reflexión teológica. Muchas son licenciadas en teología y expertas en Sagrada Escritura, con competencia y publicaciones no inferiores a las de sus colegas varones. No son pocas las mujeres activas en el ámbito de los ejercicios espirituales y en la animación de encuentros de espiritualidad. En realidad, las mujeres encuentran una doble dificultad para hacer oír su voz y ocuparse de tareas significativas. En primer lugar, la dificultad que encuentra todo el laicado que, como recordó el Papa Francisco, constituye “la inmensa mayoría del pueblo de Dios” (Evangelii gaudium, 102) y es todavía “un gigante adormecido”, porque, a pesar de sus esfuerzos, aún no logra dar todo lo que podría dar. En segundo lugar, la dificultad de ser mujeres, porque aún cuesta reconocer que pueden cumplir funciones reservadas tradicionalmente a los hombres. Trabajé durante algunos años en una escuela secundaria administrada por religiosos, que entonces frecuentaban exclusivamente varones. Las primeras propuestas de incorporación de profesoras no encontraron la oposición de los religiosos, sino más bien de los mismos profesores laicos, todos varones, que temían evidentemente la competencia femenina o, más simplemente, perder el puesto de trabajo. Así, en muchos ambientes el papel de servicio de las mujeres –como observó el Papa– corre el riesgo de deslizarse hacia un papel de servidumbre, a veces incluso con el pleno consenso de las respectivas superioras, cuando se trata de mujeres consagradas. Es un honor que las mujeres busquen evangélicamente los últimos puestos, pero le corresponde a la Iglesia, o a las comunidades, también de modo evangélico, invitarlas a subir más arriba. Las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal atraviesan, como se sabe, una profunda crisis, especialmente en los países de antigua tradición católica. El problema es muy complejo y también las causas son múltiples, pero, en el caso de las religiosas de vida activa, podemos preguntarnos si este fenómeno no se debe, al menos en parte, a los papeles subalternos realizados sistemáticamente por las religiosas. Papeles que hoy pueden desempeñar también las laicas, asistentes sociales, profesoras, mujeres que no renuncian tampoco a formar una familia. En efecto, la identidad de la religiosa ya no es específica como una vez, y sus tareas se confunden con las de las laicas, aunque estas no estén consagradas mediante los votos. Es una paradoja, pero lo demuestra la estabilidad de la vida claustral, que ha experimentado más o menos la misma crisis, pero que, como vida verdaderamente alternativa, sigue siendo claramente definida. El éxito de los movimientos, aunque sean minoritarios respecto a la estructura de las parroquias, en los que las mujeres ocupan a menudo puestos directivos y decisivos, parece confirmar este dato. Como se puede ver, se trata de un ámbito sumamente delicado que implica a toda la Iglesia, pero que no se puede eludir y en el que habrá que ejercer valerosamente el discernimiento asistido por el Espíritu Santo –al que el Papa como buen jesuita nombra a menudo–, para que el rostro de la Iglesia del Señor sea más amable y creíble.

GianPaolo Salvini (Milán, 1936) entró en la Compañía de Jesús el 8 de diciembre de 1954. Fue ordenado sacerdote en 1967. Estudió filosofía, economía y teología. En 1969 entró en la redacción de “Aggiornamenti Sociali”–publicación de la que después será director–, ocupándose en particular de problemas de subdesarrollo y de América Latina. Vivió algunos años en Salvador de Bahía, Brasil. En 1984 pasó a la redacción de “La Civiltà Cattolica”, revista que dirigió durante veintiséis años (1985-2011). El padre Salvini es hoy consultor del Consejo pontificio Justicia y paz.

Por GianPaolo Salvini

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16 de Junio de 2019

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