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Solidaridad contra miseria

· Los comedores populares de las mujeres de Villa El Salvador, en la periferia de Lima ·

La historia de los comedores de Villa El Salvador –periferia del sur de Lima– es una historia de resistencia y fraternidad, de emancipación y lucha contra el hambre, de valentía e inventiva. Sus rasgos distintivos son completamente femeninos, o casi, porque esta historia nos la cuenta un hombre, un sacerdote que en 1985, “con un gran salto”, pasa de una parroquia de la periferia de Roma a una barraca en la costa peruana, donde vive personalmente una revolución que no olvidará jamás.

Una foto reciente de don Gaspare Margottini, que hoy vive en Huancayo (Perú)

Hoy don Gaspare Margottini vive y trabaja en medio de los pobres de los Andes, a 3500 metros de altura, pero recuerda todos los detalles de sus comienzos.

La Villa El Salvador, adonde llegó hace treinta años, era y siguió siendo hasta 1997 un círculo infernal a orillas del océano. Fue proyectada sobre el papel para liberar algunos terrenos ocupados abusivamente por los más pobres entre los pobres, en beneficio de un grupo de ricos. Después de una fuerte y dolorosa oposición, a causa de la cual también es detenido monseñor Luis Bambarén, símbolo de la Iglesia que en América Latina ha tomado decididamente partido por los últimos, el desalojo es inevitable. Miles de personas, divididas por sectores de trescientas ochenta y cuatro familias, son obligadas a mudarse al desierto, al sur de Lima, a un cúmulo de barracas que sobre el papel parecen un barrio moderno, pero que, de hecho, se convierten en un gigantesco entramado de chabolas. Las viviendas son precarias, el agua solo llega una vez por semana, en muchos puntos faltan las cloacas y las escuelas son barracas desnudas (quien tiene una silla en su casa se la lleva al aula para poder sentarse).

Pocas semanas después del traslado de don Margottini se produce la providencial visita de Juan Pablo II. La exclamación del Papa a la vista desde lo alto de Villa El Salvador revela a todo el mundo el escándalo de ese enésimo gueto: “¡Cómo hace para vivir toda esta gente!”. Más de dos millones de personas acogen al Pontífice el 5 de febrero de 1985, y, cuando este deja su discurso escrito para mirarlas a los ojos e improvisar, el silencio de la multitud rompe en llanto y le tributa nutridos aplausos. Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no, afirma con fuerza el Papa. Hambre de Dios, sí; hambre de pan, no. No se puede aceptar.

Una nueva linfa vital comienza a fluir bajo aquella arena. La solidaridad se convierte en la primera arma de la lucha contra la miseria, y su expresión más elevada son los comedores populares. Cada sector dispone de un local. Gracias a la ayuda de Cáritas y de su responsable, sor Rosa Ballón, el comedor se convierte en un punto de reunión y de conquista de las mujeres de Villa El Salvador. Con una eficiencia sorprendente, madres, hijas y hermanas se dividen en comités, eligen a sus propias representantes y administradoras, se organizan por turnos y gestionan las ayudas de Cáritas, esencialmente harina, aceite y lentejas. Además, al procurarse lo que falta con pequeñas contribuciones familiares, iniciativas de beneficencia y mucho ingenio, logran preparar todos los días el desayuno para los niños y una comida para todos. En las frías mañanas de niebla que se suceden en Lima entre mayo y diciembre, los más pequeños, camino a la escuela, se detienen en los comedores. Allí cada uno de ellos recibe –es una novedad absoluta– dos sándwiches, avena y leche caliente. Y lo mismo sucede a la vuelta, cuando, junto con sus familiares, comen arroz, legumbres o sopa de verduras (enriquecida con trozos de pollo solamente en las grandes ocasiones). Don Gaspare recuerda de buen grado una excursión con los pequeños de su parroquia –los del sector seis–, y la felicidad de una niña al descubrir durante el almuerzo que su sopa tenía trozos de carne. “Tío –le dijo según la costumbre–, aquí el pollo está verdaderamente. ¡Prepárala así todos los días!”.

El eje de los comedores eran las reuniones de los miércoles, que comenzaron para organizar tareas y turnos de la cocina y prosiguieron para afrontar los problemas siempre nuevos de la comunidad. El espacio hogareño de cada mujer se ensanchaba hasta abarcar un único y gran espacio donde penas y desgracias se distribuían sobre los hombros de todas. Juntas decidían cada vez los casos sociales, o sea, los problemas de las personas que ni siquiera podían permitirse la pequeña contribución requerida para el comedor y que, por esa misma razón, recibían ayuda de las parroquias. Y juntas también encontraban las soluciones: “Las mujeres sabían todo”, dice don Gaspare. Si algún padre perdía el trabajo, su familia tenía derecho a la comida gratis. Las personas enfermas de tuberculosis, muy desnutridas, y las embarazadas, podían tomar una sopa más suculenta y una ración más de lentejas. A las cinco de la tarde, terminada la reunión, “todas se escapaban para esperar el regreso del marido como si fuera un rey”, recuerda el misionero, pero, mientras tanto, en las dos horas anteriores habían tirado por la borda el machisimo que las oprimía. Compartiendo injusticias y humillaciones –en el 85 por ciento de los casos la violencia era familiar–, muchas de ellas empezaban a reivindicar sus propios derechos y aprendían a defenderse a sí mismas y a sus compañeras delante del juez de paz.

De este modo, los comedores se transforman en el punto de partida de un profundo recorrido de emancipación, en una máquina de guerra para construir la paz que da lo mejor de sí en la circunstancia más crítica de la historia del Perú. A partir de 1987, mientras se precipita la economía y la inflación y el hambre alcanzan niveles nunca antes imaginados, los atentados de Sendero Luminoso ensangrientan el país y las desapariciones se suceden, los comedores de Villa El Salvador se multiplican y se refuerzan. De los diamantes no nace nada, cantaba el músico italiano De Andrè. En la arena de Villa El Salvador nacen flores. Aunque no siempre todo sale bien, explica don Margottini: “Había algunas mujeres que robaban o se aprovechaban de su turno de cocina. Es importante decirlo, porque en realidades tan extremas, las contradicciones son inevitables, y no hay que escandalizarse”.

Lo que cuenta es la totalidad, el espíritu de comunión que logra empresas imposibles en otros lugares. En 1991, cuando llega la epidemia de cólera, los muertos de Villa El Salvador son mucho menos que los de la media nacional. “Venían los médicos a explicarnos las precauciones necesarias. ‘Lavaos continuamente las manos’, nos decían. Y nosotros, que veíamos el agua una vez a la semana, sonreíamos. Y, sin embargo, gracias a una amplia red y a una colaboración organizada entre las mujeres de los comités, los médicos, los enfermeros y los voluntarios, se evitó la hecatombe”. Está claro que se agravó la deshidratación, un problema que durante el verano afligía sobre todo a los niños. “A veces –relata el sacerdote– me llamaban para dar la extremaunción, y me daba cuenta de que no había llegado la hora de la persona, sino que necesitaba tomar agua. ¡Cuántas vidas salvadas con un litro de agua y un poco de sal y azúcar!”.

Cuando la pobreza llegó al ápice, entre 1990 y 1992, Villa El Salvador, gracias a sus mujeres, se distinguió una vez más. El Gobierno decide conceder queroseno gratuito a todos los comedores del Perú, y Cáritas afronta el gran problema de cómo distribuirlo para evitar robos y despilfarros. Don Gaspare Margottini prosigue su relato: “Recuerdo una reunión muy tensa con Cáritas nacional. A mi lado se hallaba, además de sor Rosa, un representante del pueblo, tan robusto como su actitud defensiva. Tenía en la mano las llaves de cuatro distribuidores de queroseno de Villa El Salvador y, cuando notó que desconfiaban de él, las tiró sobre la mesa, precisamente delante del presidente de Cáritas, como diciendo: ‘Si no os fiais de mí, hacedlo vosotros’. Y, al final, lo hicimos nosotros todos juntos, con un imponente trabajo de equipo. En una semana nos habíamos organizado, mientras que el resto del país todavía discutía sobre el mismo problema. Al amanecer, filas interminables de mujeres esperaban la ración de queroseno para su comedor. Yo pasaba a distribuir las cartulinas para el retiro, y al mediodía el almuerzo estaba listo”.

Así Villa El Salvador, con tenacidad y dignidad, va adelante hasta 1992, cuando la economía comienza muy lentamente a recuperarse y disminuye la emergencia del hambre. No obstante, la miseria perdura, y aún hoy, que la periferia en el desierto cuenta con cuatrocientos mil habitantes, sigue afligiendo a gran parte de la población. Los comedores disminuyen y, poco a poco, se cierran, aunque algunos se convierten en restaurantes con menú fijo en los que, por un sol y medio, su propietaria ofrece una comida completa y un alegre recibimiento. Mientras tanto las mujeres, artífices del destino de la comunidad durante más de un decenio, han cambiado profundamente. Muchas de ellas entran en la política o siguen luchando por un mundo más justo. Se inspiran en el ejemplo de María Elena Moyano, que desde los 12 años de edad vivió en medio del humo y los aromas de los comedores. Llegó a ser vicealcaldesa de Villa El Salvador y murió delante de sus hijos, víctima de un atentado con bomba de Sendero Luminoso. El día anterior,organizando una marcha por la paz, había respondido a la huelga armada convocada por los guerrilleros contra la autonomía de los comedores. Al día siguiente, miles de personas participaron en su funeral. “Nosotras, las mujeres –escribió–, tenemos mucha fuerza. Creemos en lo que estamos construyendo. No hay que tener miedo. Las cosas no son fáciles, pero tampoco imposibles”.

Silvia Gusmano

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