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Signo de unidad y reconciliación

· En el Ángelus del 10 de octubre el Papa subraya la vocación de la Iglesia en Oriente Medio y encomienda a María el Sínodo ·

Queridos hermanos y hermanas:

Llego ahora mismo de la basílica de San Pedro donde he presidido la misa de apertura de la Asamblea especial para Oriente Medio del Sínodo de los obispos. En esta Asamblea sinodal extraordinaria, que durará dos semanas, se han reunido en el Vaticano los pastores de la Iglesia que vive en la región de Oriente Medio, una realidad muy variada: en efecto, en aquellas tierras la única Iglesia de Cristo se manifiesta en toda la riqueza de sus antiguas tradiciones. El tema sobre el que reflexionaremos es el siguiente: «La Iglesia católica en Oriente Medio: comunión y testimonio». En esos países, lamentablemente marcados por profundas divisiones y desgarrados por añosos conflictos, la Iglesia está llamada a ser signo e instrumento de unidad y de reconciliación, siguiendo el modelo de la primera comunidad de Jerusalén, en la cual «la multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma», como dice san Lucas ( Hch 4, 32). Es una tarea ardua, puesto que los cristianos de Oriente Medio deben soportar a menudo condiciones de vida difíciles, tanto a nivel personal como familiar y de comunidad. Esto, sin embargo, no debe desalentar: precisamente en ese contexto resuena todavía más necesario y urgente el mensaje perenne de Cristo: «Convertíos y creed en el Evangelio» ( Mc 1, 15). En mi reciente visita a Chipre entregué el Instrumentum laboris de esta Asamblea sinodal; ahora que ya ha comenzado, invito a todos a rezar invocando de Dios una abundante efusión de los dones del Espíritu Santo.

El mes de octubre es el mes del rosario. Se trata, por decirlo así, de una «entonación espiritual» debida a la memoria litúrgica de Nuestra Señora la Virgen del Rosario, que se celebra el día 7 de octubre. Por tanto, se nos invita a dejarnos guiar por María en esta oración antigua y siempre nueva, especialmente querida para ella porque nos lleva directamente a Jesús, contemplado en sus misterios de salvación: gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Siguiendo los pasos del venerable Juan Pablo II (cf. Rosarium Virginis Mariae ), quiero recordar que el rosario es oración bíblica, entretejida de Sagrada Escritura. Es oración del corazón, en la que la repetición del avemaría orienta el pensamiento y el afecto hacia Cristo y, por tanto, se convierte en súplica confiada a su Madre, que es también nuestra Madre. Es oración que ayuda a meditar la Palabra de Dios y a asimilar la Comunión eucarística, según el modelo de María que guardaba en su corazón todo lo que Jesús hacía y decía, y su misma presencia.

Queridos amigos, sabemos cuán amada y venerada es la Virgen María entre nuestros hermanos y hermanas de Oriente Medio. Todos la miran como a una Madre solícita, cercana a todo sufrimiento, y como Estrella de esperanza. A su intercesión encomendamos la Asamblea sinodal que se inicia hoy, a fin de que los cristianos de esa región se fortalezcan en la comunión y den a todos testimonio del Evangelio del amor y de la paz.

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26 de Junio de 2019

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