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Siempre en camino

· Misa en Santa Marta ·

Un «pueblo en camino» que, «entre gracia y pecado», sigue adelante en la historia hacia la «plenitud de los tiempos». Y en este pueblo está cada cristiano que recorre su itinerario personal hacia el día en el cual se encontrará «cara a cara» con ese Dios que mientras tanto «nunca nos deja solos». Es un cuadro que abraza toda la historia de la salvación, el perfilado por el Papa Francisco en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el jueves 11 de mayo.

Una meditación sugerida por el pasaje de los Hechos de los Apóstoles (13, 13-25) en el cual se lee una predicación de san Pablo en Antioquía en Pisidia. En este pasaje, hizo notar el Pontífice, «llama la atención» el hecho de que «Pablo, para hablar de Jesús, parte de lejos: comienza desde que el pueblo salió de Egipto». La misma cosa, añadió el Papa, hizo Esteban que «antes de ser lapidado, anuncia a Jesucristo pero comienza desde Abraham, más lejano». Y así hace Jesús con los discípulos de Emaús, cuando «comenzando por Moisés, explicaba los profetas».

Un detalle que ha despertado la curiosidad del Pontífice: «¿por qué no iban enseguida al centro de la predicación, que es Jesucristo, como por ejemplo hizo Marcos, al inicio del Evangelio?». En cambio, dijo, «la predicación de casi todos comienza desde el inicio, desde la historia». Ello es debido al hecho de que «Dios se hizo conocer en la historia: la salvación de Dios, esa maravilla de su misericordia que hemos mencionado en la oración, hoy, al inicio, tiene una gran historia, una larga historia; una historia de gracia y de pecado».

A continuación Francisco profundizo precisamente sobre este aspecto sugiriendo, por ejemplo leer la genealogía de Jesús escritas por Mateo y Lucas, donde se encuentran «muchos hombres y mujeres buenos, muchos santos y muchos pecadores». En esta secuencia «seguía adelante la promesa de Dios y cuando se dio la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo». El Señor, explicó el Papa, «guía a su pueblo, con momentos buenos y momentos feos, con libertad y esclavitud; pero guía al pueblo hacia la plenitud», es decir cuando «apareció Jesús».

Continuó el Pontífice: «la cosa no terminó ahí: Jesús se fue, pero no nos ha dejado solos: nos ha dejado al Espíritu». Ese Espíritu que «nos hace entender el mensaje de Jesús». Comienza así «un segundo camino, el del Pueblo de Dios después de Jesús», en espera de «otra plenitud de los tiempos, cuando Jesús vendrá por segunda vez». Es el camino de la Iglesia que «sigue adelante», con «muchos santos y muchos pecadores; entre gracia y pecado» con la actitud de quien se encuentra en el Apocalipsis: «Ven, Señor Jesús; ven. Te esperamos».

Este segundo camino, explicó el Papa, sirve «para entender, para profundizar la persona de Jesús, para profundizar la fe», gracias al «Espíritu que Jesús nos ha dejado». Y sirve también, añadió «para entender la moral, los mandamientos». Efectivamente, hizo notar, «una cosa que un tiempo parecía normal, que no era pecado», hoy es considerada «pecado mortal»: en realidad «era pecado, pero el momento histórico no permitía que se percibiese como tal».

El mismo proceso sucedió respecto a la «pena de muerte que era normal, en una época. Y hoy decimos que es inadmisible». O incluso pensemos en las «guerras de religión»: hoy, dijo el Pontífice, «sabemos que esto no es solo pecado moral, es un sacrilegio, así, una idolatría». Este camino está salpicado también por santos que ayudan a «aclarar» la fe y la moral. Los santos «que todos conocemos y los santos escondidos: ¡la Iglesia está llena de santos escondido!». Precisamente esta santidad, especificó el Papa, «es la que nos lleva adelante, hacia la segunda plenitud de los tiempos, cuando el Señor vendrá, al final, para ser todo en todos».

Es esta la manera en la que, explicó, el Señor «ha querido hacerse conocer por su pueblo: en camino». Y el mismo «pueblo de Dios está en camino, siempre». Es más: «cuando el pueblo de Dios se detiene, se convierte en prisionero, como un asno en un establo», está allí y «no entiende, no va adelante, no profundiza la fe, el amor, no purifica el alma».

Prosiguiendo en la meditación, el Pontífice finalmente evidenció «otra plenitud de los tiempos, la tercera», es decir, «la nuestra». O sea: «cada uno de nosotros está en camino hacia la plenitud del propio tiempo. Cada uno de nosotros llegará al momento del tiempo pleno y la vida terminará y deberá encontrar al Señor. Y este es nuestro momento, personal». Los apóstoles y los primeros predicadores, explicó, «necesitaban hacer entender que Dios ha amado, ha elegido, ha amado a su pueblo en camino, siempre. Jesús ha enviado al Espíritu Santo para que nosotros podamos ir en camino». Y todavía hoy «es el Espíritu que nos empuja a caminar». Esta, dijo el Papa, «es la gran obra de misericordia de Dios. Y cada uno de nosotros está en camino hacia la plenitud de los tiempos personales».

En la conclusión, Francisco, invitó a todos a plantearse preguntas: «¿Yo creo que la promesa de Dios estaba en camino? ¿Yo creo que el pueblo de Dios, la Iglesia, está en camino? ¿Yo creo que yo estoy en camino?». Y añadió: «Cuando voy a confesarme digo, sí, tres o cuatro cosas en las que me he equivocado», o «¿pienso que ese paso que yo hago es un paso en el camino hacia la plenitud de los tiempos?». Muchos santos en el Antiguo Testamento (como David) y también después de la venida del Espíritu Santo (como Saulo) «han pedido perdón», pero es necesario comprender que «pedir perdón a Dios no es algo automático». Es, sin embargo, «entender que estoy en camino, en un pueblo en camino y que un día — quizá hoy, mañana, o dentro de treinta años — me encontraré cara a cara con ese Señor que nunca nos deja solos, sino que nos acompaña en el camino». Es necesario comprender, por tanto, que este camino «es la gran obra de misericordia de Dios».

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13 de Noviembre de 2019

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