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Si se pierde la sacralidad del Mundo


· La codicia humana y la crisis cultural en el origen de la cuestión ecológica ·

Cada acción ofrece seguridad, si su cualidad es sostenible en el medioambiente. De aquí se desprende que la atención renovada a nuestra «casa común» no es solo renta de algunos, sino que es la absoluta capacidad de cada ser humano para ser promotor de la vida y de la vida de los tiempos que vendrán. La Iglesia ortodoxa, con las iniciativas del patriarcado ecuménico, desde 1989 ha intentado comprender la dimensión espiritual de la crisis ecológica, individuando el vínculo teológico entre la naturaleza de las cosas y su pertenencia a Dios. Un largo recorrido de análisis y de superación de los conceptos filosóficos antiguos que oponían la materia al espíritu, desarrollándose sobre todo en occidente en la edad media, pero que habían influenciado al cristianismo al completo, indujo a nuestra Iglesia a reencontrar las raíces estructurales más profundas de la patrística, expresándose en los términos de creación – increado. Se trataba, en definitiva, no solo de curar los síntomas de la crisis medioambiental, sino de comprender las causas, de superar el mito de la civilización fundada solo en el progreso continuo, en la soberanía de las razón y en el crecimiento ilimitado y en expresar la crisis ecológica como «la crisis de una cultura que ha perdido el sentido de la sacralidad del mundo, puesto que ha perdido su relación con Dios» (Ioannis Zizioulas).

Se ha formado, por tanto, en tal perspectiva la conciencia de que esta crisis tiene raíces profundamente espirituales, el redescubrimiento de que la sacralidad del coscos y su dimensión sacra en relación al hombre. Para la identidad cristiana, el Dios-hombre asume la naturaleza en Cristo y la transfigura. Salvaguardar el medioambiente significa, por tanto, salvaguardar la vida. Hay responsabilidades y respuestas que deben ser compartidas porque «todos somos colectivamente responsables del modo en el que nuestra codicia ha devastado la diversidad y disminuido los recursos de nuestro planeta» (Ioannes Chrissavgis). De ello se desprende que, como dice también nuestro hermano el Papa Francisco en la encíclica Laudato si', preservar la naturaleza y el servicio al prójimo son insalvables. Existe vínculo profundo entre la justicia medioambiental y la justicia social. La abominación del egoismo humano hacia la cración ha llevado a las más grandes crisis humanitarias, donde los pobres se han vuelto más pobres a expensas de una pequeña élite mundial. Como subrayó el santo y gran concilio de la Iglesia ortodoxa en junio de 2016 en Creta, «la diferencia entre ricos y pobres se ha agravado dramáticamente a causa de la crisis económica, que normalmente es el resultado de la especulación desenfrenada por parte de los factores financieros, de la concentración de la riqueza en las manos de pocos y de actividades económicas perversas que, privadas de justicia y sensibilidad humana, al final no sirven a las necesidades reales de la humanidad. Una economía sostenible es aquella que combina la eficiencia con la justicia y la solidaridad social» (La misión de la Iglesia ortodoxa en el mundo contemporáneo, cap. f, 4)

De Bartolomeo

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13 de Diciembre de 2017

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