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Si la pastoral no tiene valentía

· Misa en Santa Marta ·

Los cristianos ¿«creen realmente» en la «fuerza del Espíritu Santo» que está en ellos? ¿Y tienen la valentía de «echar la semilla», de entrar en el juego, o se refugian en una «pastoral de conservación» que no deja que «el Reino de Dios crezca»? Son las preguntas planteadas por el Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el martes 31 de octubre, en la que trazó un horizonte de «esperanza», para cada hombre y para la Iglesia como comunidad: el de la plena realización del Reino de Dios, que tiene dos pilares: la «fuerza» detonante del Espíritu y la «valentía» de dejar soltar esta fuerza.

La inspiración llegó al Pontífice por la lectura del pasaje evangélico (Lucas, 13, 18-21) en el que «parece que a Jesús le cueste un poco: “¿Pero cómo puedo explicar el Reino de Dios? ¿Con qué lo puedo comparar?”» y utiliza «dos ejemplos sencillos de la vida cotidiana»: el del grano de mostaza y la levadura. Ambos son pequeños, explicó Francisco, parecen inofensivos, «pero cuando entran en ese movimiento, tienen dentro un poder que sale de sí mismos y crece, va más allá, también más allá de lo que se pueda imaginar». Precisamente «este es el misterio del Reino».

La realidad, de hecho, es que «el grano tiene el poder dentro, la levadura tiene el poder dentro» y también «el poder del Reino de Dios viene desde dentro; la fuerza viene de dentro, el crecer viene de dentro». No es, añadió el Papa con una comparación que remite a la actualidad, «un crecer como por ejemplo se verifica en el caso de un equipo de fútbol cuando aumenta el número de los seguidores y el equipo se hace más grade», sino «viene de dentro». Un concepto que, añadió, es retomado por Pablo en la Carta a los Romanos (8, 18-25) en un pasaje «que está lleno de tensiones» porque «este crecimiento del Reino de Dios desde dentro, es un crecimiento en tensión».

Por eso explica el apóstol: «Cuántas tensiones hay en nuestra vida y dónde nos conducen», y dice que «los sufrimientos de esta vida no son comparables a la gloria que nos espera». Pero también el mismo «esperar», dijo el Pontífice releyendo la epístola, no es un esperar «tranquilo»: Pablo habla «de ardiente expectativa. Hay una ardiente expectativa en estas tensiones». Además esta última no es solo del hombre, sino «también de la creación» que se «postra hacia la revelación de los hijos de Dios». De hecho, «también la creación, como nosotros, ha estado sometida a la caducidad» y procede en la «esperanza de que será liberada de la esclavitud de la corrupción». Por tanto, «es toda la creación que, desde la caducidad existencial que percibe, va precisamente a la gloria, a la libertad de la esclavitud; nos lleva a la libertad. Y esta creación —y nosotros con ella, con la creación— gime y sufre los dolores de parto hasta hoy».

La conclusión de este razonamiento llevó al Papa a relanzar el concepto de «esperanza»: el hombre y la creación entera poseen «las primicias del Espíritu», es decir «la fuerza entera que nos lleva adelante y nos da la esperanza» de la «plenitud del Reino de Dios». Por eso el apóstol Pablo escribe «esa frase que nos enseña tanto: “En la esperanza, de hecho, hemos sido salvados”».

Esta esperanza, continuó el Pontífice, es un «camino», es «la que nos lleva a la plenitud, la esperanza de salir de esta cárcel, de esta limitación, de esta esclavitud, de esta corrupción y llegar a la gloria». Y es, añadió, «un don del Espíritu Santo» que «está dentro de nosotros y lleva a esto: a algo grandioso, a una liberación, a una gran gloria. Y por eso Jesús dice: “Dentro de la semilla de mostaza, de ese pequeño grano, hay una fuerza que desencadena un crecimiento inimaginable”».

Esta es la realidad prefigurada de la parábola: «Dentro de nosotros y en la creación —porque vamos juntos hacia la gloria— hay una fuerza que se desencadena: está el Espíritu Santo. Que nos da la esperanza». Y, añadió Francisco, «vivir en esperanza es dejar que estas fuerzas del Espíritu vayan adelante y nos ayuden a crecer hacia esta plenitud que nos espera en la gloria».

Sucesivamente, la reflexión del Pontífice analizó otro aspecto, porque en la parábola se añade que «el grano de mostaza es tomado y lanzado. Un hombre lo tomó y lo lanzó en el jardín» y que tampoco la levadura no es dejada inerme: «una mujer lo toma y lo mezcla». Se entiende que «si el grano no es tomado y lanzado, si la levadura no es tomada por la mujer y mezclada, permanecen allí y esa fuerza interior que tienen permanece allí». De la misma forma, explicó Francisco, «si nosotros queremos conservar para nosotros el grano, será un grano solo. Si nosotros no lo mezclamos con la vida, con la harina de la vida, la levadura, permanecerá solo la levadura». Por eso es necesario «lanzar, mezclar, esa valentía de la esperanza». Que «crece, porque el Reino de Dios crece desde dentro, no por proselitismo». Crece «con la fuerza del Espíritu Santo».

A tal respecto el Papa recordó que «siempre la Iglesia ha tenido tanto la valentía de tomar y tirar, de tomar y mezclar» como también «el miedo de hacerlo». Y señaló: «tantas veces nosotros vemos que se prefiere una pastoral de conservación» más que «dejar que el Reino crezca». Cuando sucede así «nos quedamos como somos, pequeños, allí», tal vez «estamos seguros», pero «el Reino no crece». Mientras que «para que el Reino crezca hace falta valentía: de tirar el grano, de mezclar la levadura».

Alguno podría objetar: «Si yo tiro el grano, lo pierdo». Pero esta, explicó el Papa, es la realidad de siempre: «Siempre hay alguna pérdida al sembrar el Reino de Dios. Si yo mezclo la levadura, me mancho las manos: ¡gracias a Dios! ¡Ay de aquellos que predican el Reino de Dios con la ilusión de no mancharse las manos! Estos son guardianes de museos: prefieren las cosas hermosas» al «gesto de tirar para que la fuerza se desencadene, de mezclar para que la fuerza haga crecer».

Todo esto se encierra en las palabras de Jesús y de Pablo propuestas por la liturgia: «la tensión que va de la esclavitud del pecado» a la «plenitud de la gloria». Y la esperanza que «no desilusiona» incluso si es «pequeña como el grano y como la levadura». Alguno, recordó el Pontífice, «decía que es la virtud más humilde, es la sierva. Pero allí está el Espíritu y donde hay esperanza, está el Espíritu Santo. Y es precisamente el Espíritu Santo el que lleva adelante el Reino de Dios». Y concluyó sugiriendo a los presentes repensar «en el grano de mostaza y en la levadura, al tirar y al mezclar» y preguntarse: ¿Cómo va mi esperanza? ¿Es una ilusión? ¿Un “tal vez”? O, ¿creo que allí dentro está el Espíritu Santo? ¿Hablo con el Espíritu Santo?».

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