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Si la guía es femenina

· Entrevista a Maria Voce, presidenta del movimiento de los Focolares ·

Queríamos que el nuevo suplemento de «L’Osservatore Romano» dedicado a las mujeres saliera con una entrevista suya: usted es la única mujer al frente de un movimiento tan importante. ¿Le pesa esta condición en los contactos con la jerarquía eclesiástica?

No sólo no me pesa, sino que además es una peculiaridad cada vez más reconocida por el Papa, por cardenales y obispos, según su significado originario que expresó Juan Pablo II: ser signo y garantía del perfil mariano, que significa primado del amor sobrenatural, de la santidad, tan esencial como el perfil apostólico y petrino. Son dimensiones que concurren –dijo Wojtyla– «para manifestar el misterio de Cristo y su obra salvífica en el mundo». No fue así en los primeros veinte años de nuestra historia: ¡era una gran novedad! Detrás hay un largo camino no exento de sufrimientos.

También su elección como sucesora de Chiara Lubich fue diversa de la praxis: ninguna designación, sino voto democrático. También en las decisiones el movimiento parece seguir este método. ¿Sucedía también cuando vivía Chiara?

La sucesión tuvo lugar mediante una elección, pero no se puede decir que siguió un método democrático. Si hubiera sido así, después habríamos debido aceptar un compromiso para componer la polarización, lo cual habría estado en contraste con nuestro carisma, que requiere la unidad. A partir de ese momento hemos comprendido mejor el sentido de la herencia de Chiara: Jesús se hace presente cuando están «dos o tres reunidos en mi nombre». En esa hora crucial experimentamos su fuerza que transforma y su luz que es guía. Se nos pide el amor recíproco que no mide, sino que tiende a la medida misma de Jesús: dar la vida. Hoy no conocemos otro modo de tomar decisiones: esto significa escuchar, compartir dificultades, conquistas, experiencias, puntos de vista, dispuestos a perder todo en el otro. Sobre todo, fidelidad a la unión esponsal con Jesús crucificado para transformar dolores, dudas, divisiones y reconstruir la unidad. Cuando Cristo está presente, resplandecen los dones del Espíritu: paz, nueva fuerza, luz; resplandece la igualdad, sin banalizar el «don de la autoridad».

Me parece que entre los movimientos sois los más reacios a la publicidad: «humildad y reticencia, jamás ostentar», decía Chiara. Por tanto, las personas os conocen cuando entran en contacto con algunos de vosotros, a través de una relación personal. Pero esta modestia hace que seáis poco conocidos fuera: ¿tiene que ver con la guía femenina?

Somos reacios a la publicidad, no a la comunicación. Significativamente, Chiara quiso que la gran parabólica para las conexiones intercontinentales se colocara en su jardín: para ella era el «monumento a la unidad». Es verdad, hubo un largo período de silencio, cuando la Iglesia examinaba al movimiento. Pero en los años sucesivos no han faltado grandes manifestaciones internacionales transmitidas al mundo vía satélite, se han multiplicado las revistas y los portales en Internet, y funciona una oficina de prensa. Lo que nos impulsa no es la búsqueda de notoriedad, sino el dicho evangélico que exige no poner la lámpara debajo del celemín, sino sobre el candelero para alumbrar toda la casa.

En el espíritu focolarino se percibe la matriz femenina. ¿Qué otras características femeninas se pueden encontrar en vuestro carisma?

El movimiento de Los Focolares tiene una matriz femenina porque es «obra de María». María, la expresión más alta de la humanidad redimida, modelo del cristiano y de toda la Iglesia, como afirmó el Vaticano II. Es ella quien ha impreso su sello a todo el movimiento: interioridad que deja espacio a Dios y a los hermanos, fortaleza, fe, Palabra vivida, canto del Magníficat que anuncia la más grande revolución social, la maternidad que hoy hace posible generar por doquier la presencia misteriosa, pero real, del Resucitado, que renueva todas las cosas.

En el movimiento hay, como miembros o simpatizantes, exponentes de la jerarquía eclesiástica. ¿Cómo resolvéis la confrontación entre la autoridad de la guía del movimiento y la autoridad de la jerarquía, que ellos representan?

En las relaciones con los obispos jamás ha habido conflicto de autoridad, sino intercambio de dones: del carisma de la unidad los obispos toman la espiritualidad, tan fomentada por los Papas, para dar a la Iglesia el rostro delineado por el Vaticano II, la Iglesia comunión. En el carisma propio de la jerarquía eclesiástica, reconocemos el dicho evangélico «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha».

Además de los escritos de la fundadora, en los que obviamente os inspiráis, ¿qué relación tenéis con las santas y con los textos que escribieron?

Dos ejemplos: Chiara tomó el nombre de la santa de Asís porque estaba fascinada por su radicalismo evangélico. Durante años, en la fiesta de la santa, hemos profundizado aspectos paralelos de las dos espiritualidades. Teresa de Ávila nos ha iluminado para leer, en el nuevo carisma dado a la Iglesia, un camino auténtico de santidad, que tiene por meta no sólo edificar el «castillo interior» sino también el «castillo exterior», cuyo centro es la presencia de Jesús en la comunidad.

«Nuestro hábito es la sonrisa» es una de vuestras máximas inspiradoras. Parece ser que el modelo de referencia, Chiara, lo encarnan mejor las mujeres, que se le asemejan todas, no sólo por su estilo de vestir y su peinado, sino también por la luminosidad afectuosa de su rostro. ¿Es más difícil para los hombres?

No es cuestión de dificultad, sino de diversidad: «Los creó varón y mujer». Llamados a ser don el uno para el otro, para que se realice la «plenitud de lo humano», que sólo es posible en la «complementariedad entre la feminidad y la masculinidad». El movimiento mismo se puede considerar como un gimnasio de esta unidad: si la presidenta es mujer, aun habiendo una específica función para toda la Obra de María, tiene a su lado un copresidente. Cualquier otro nivel de responsabilidad es compartido con plena igualdad. Sólo en la unidad entre dos se expresa el carisma en su autenticidad. Es una dimensión de unidad que tiene sus raíces en Jesús crucificado y exige una medida de amor que contenga las diferencias sin anularlas. Consecuencia de esto es también la luz que se refleja en los rostros.

Mantenéis relaciones fraternas con creyentes de otras religiones en las que las mujeres a menudo están oprimidas o privadas de libertad: ¿Alguna vez habéis afrontado con ellas esta cuestión?

La cuestión es muy complicada, porque está arraigada en culturas milenarias. Y no siempre valen nuestras categorías occidentales. Más que las palabras, vale la vida. Es significativo un episodio. En Fontem, en el corazón de la selva camerunesa, aún está en vigor la poligamia. Una de las mujeres del jefe de una aldea no había obedecido a una orden suya. La reacción fue violenta y pública. Inmediatamente después el hombre participó en un encuentro donde se habló del evangélico «cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis». En contraste con la tradición, el jefe reunió a la familia ampliada: en presencia de todos, se arrodilló ante la mujer para disculparse. Un hecho asombroso, que tendrá mucha repercusión fuera de la aldea e influirá en el cambio.

Chiara le ha dado este bellísimo nombre: Emaús. El nombre de un lugar, de un encuentro. ¿De qué modo siente que lo encarna?

Emaús es el nombre de un lugar, de un encuentro que coincide con el corazón del carisma: mi tarea específica es mantenerlo vivo. Mi primer compromiso es tratar de vivir yo, en primer lugar, las exigencias del amor que lo hacen operante. Con admiración renovada, palpo una gracia que me supera ampliamente.

La Iglesia, en estos últimos años, ha debido superar momentos de gran dificultad. ¿Cree que un papel y una presencia diversa de las mujeres habría facilitado superarlos?

Es difícil decirlo. Diría que hay que mirar al hoy, en que una profunda crisis atraviesa no sólo la Iglesia sino también toda la humanidad. Si en la raíz de la crisis hay una crisis de fe –como repite el Papa–, la mujer, dondequiera que viva, tiene la específica vocación de ser portadora de Dios, del amor sobrenatural que es el valor más grande y más eficaz para renovar a la Iglesia y a la sociedad.


Desde el 7 de julio de 2008 Maria Voce es la presidenta del movimiento de los Focolares, cuyo nombre oficial es Obra de María. Lo fundó Chiara Lubich en 1943, con el fin de realizar la unidad entre las personas querida por Jesús. En 1962 Juan XXIII dio la primera aprobación del movimiento, cuyos Estatutos fueron aprobados por Juan Pablo II en 1990. En particular, la Obra de María obtuvo del Papa el raro privilegio de ser dirigida siempre por una mujer. Difundido en todos los continentes, el movimiento cuenta hoy con más de dos millones de personas.

Lucetta Scaraffia

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20 de Julio de 2019

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