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Sé que no caeré

· Historia de una conversión entre Sinuiju y Roma ·

A fines de los años treinta una niña de apenas 4 años corre por las calles de Sinuiju, en el confín norte de Corea, en aquellos años todavía bajo dominio japonés. Es Ángela Park, primogénita de una familia que hace poco se trasladó allí.

Cristina Chiara, llamada Chicchi

Su madre, que tiene otra hija y espera a su tercer hijo, la manda a hacer las compras. A pesar de las reprimendas, Ángela, cuando lleva la comida a casa, corre: “No corras, puedes hacerte mal”, le dice su madre. Pero la niña se siente segura: “No caeré”. “Viéndote correr –le dice su madre–, la gente pensará que has robado la compra”. Al escuchar estas palabras, Ángela se detiene un instante. Por primera vez, con tan solo 4 años, oye resonar la voz de su conciencia. “Sé que no he robado, sé que me he comportado bien. ¿Cuánto me puede importar lo que crean los demás?”.

Desde entonces y durante toda su vida, siempre corriendo, Ángela ha seguido esa voz. La voz por la que conoció a la Iglesia católica, que la guio a la audiencia privada con Juan XXIII. Es el año 1961: habiendo escuchado su historia, el Papa le sonríe: “Camina lentamente”.

Pasan más de veinte años entre los dos episodios. En el medio, grandes cambios en el mundo, en Corea, en la Iglesia y en la vida de esa niña, que se ha convertido en adulta. A través de nuevos encuentros y nuevos descubrimientos, Ángela ha llegado a ser una mujer cuya mirada apasionada habla de una fe capaz de derribar barreras y hacer cambios: “La vida cristiana es vivir a Cristo resucitado”. Pero más allá de la fuerza de Dios, esta mujer menuda testimonia la valentía de dejarse transformar por la fe, encomendándole lo más importante que tenemos.

Volviendo a los años cincuenta, los eventos políticos trastornan la vida de Ángela y de su ya numerosa familia. Algunos años después de la independencia, Corea se divide en dos: el 15 de agosto de 1948 se proclama la República de Corea del Sur bajo influencia americana, mientras que el 9 de septiembre nace la República Democrática Popular de Corea, afín a la Unión Soviética.

Así, Ángela crece en un país difícil: la adolescente curiosa y reflexiva que ha llegado a ser soporta un enorme sufrimiento. En efecto, a lo largo del tiempo la voz de la verdad sigue acompañándola, mientras la rectitud de los padres, que no conocen el cristianismo, es para ella una guía constante. La madre, budista, está siempre dispuesta a compartir su arroz con los monjes que pasan: un gesto que quedará grabado en su hija mayor.

Mientras tanto, entre las dos Corea estalla un conflicto que durará tres años (1950-1953), con fases alternadas. Cuando parece que Corea del Sur está a punto de ganar, China acude en ayuda de los comunistas. Aunque solo tiene 16 años, Ángela comprende que tiene que escaparse aprovechando la retirada del ejército de Corea del Sur. Bajo el paralelo 38 vive un tío lejano, y Ángela quiere reunirse con él. Al principio, sus padres se oponen: no es fácil abandonar la propia tierra. Pero también es difícil no escuchar las palabras de Ángela, tan decidida, inteligente y sabia.

El viaje rocambolesco a través del país desgarrado por la guerra marca el comienzo de una nueva fase en la vida de la muchacha y de toda su familia.

En Corea del Sur Ángela estudia y trabaja. Entabla amistad con una misionera metodista americana, que le enseña el inglés con una Biblia que le regala. No obstante el afecto que siente por la misionera, Ángela, que atesora lo que escucha, no se siente atraída por ese mensaje.

Mientras tanto, tiene lugar otro encuentro decisivo para ella. En Seúl conoce, por razones de trabajo, al embajador italiano Spalanzini, que un día le da una noticia: Roma estableció dos becas para jóvenes coreanos. Ángela no puede creerlo. Para ella, que siempre se sintió atraída por Europa (no por Estados Unidos, como la mayor parte de los sudcoreanos), es una ocasión única. Aprende los rudimentos del italiano con la esposa del cónsul Mattei, gana la beca y sigue haciendo ejercicio en el barco que, habiendo zarpado de Hong Kong, la lleva a Nápoles. Destino final: Roma.

Ángela tiene 25 años cuando llega a Italia. Es el 20 de octubre de 1959. No dispone de mucho tiempo para ambientarse: el 5 de noviembre comienzan las lecciones en la Sapienza. Precisamente en la Facultad de Letras Ángela conoce a “uno de los dos sacerdotes que han dejado una huella indeleble en mi vida”. Es el padre Ilarino, de Milán (predicador apostólico del Papa Juan), que enseña Historia del Cristianismo. Escuchando al profesor, la joven comprende que es la Iglesia católica lo que está buscando.

Ángela, que en aquel tiempo vive en un instituto de consagradas laicas, comunica con entusiasmo su decisión de recibir el bautismo. La respuesta –“¡Muy bien! Así irás al Paraíso” – tiene el efecto de un latigazo. El comentario no le agrada en absoluto: “¿Qué será de mis familiares que, aunque no estén bautizados, viven según conciencia y con profunda honradez? ¿A dónde irán una vez que mueran? Si esto es lo único que cuenta para este Dios, entonces no es este el Dios a quien estoy buscando. No me bautizaré. Seguiré a Jesús, conocido y amado a través de la lectura del Evangelio”.

Así pues, aunque la voz de la conciencia ha guiado a la joven hasta el umbral del catolicismo, las palabras de la comunidad la alejan. En efecto, Ángela considera la esencia de las cosas. El padre Ilarino, aun sufriendo, no dice nada. El momento de Ángela todavía no ha llegado.

Entretanto conoce en Roma a la presidenta de la asociación Italia-Corea, Antonietta Satta-Medici: es el comienzo de una profunda amistad, también en la fe (la mujer será luego su madrina). En efecto, el bautismo solamente se ha aplazado.

El episodio decisivo tiene lugar en Siena, en agosto de 1960. Recorriendo la ciudad, Ángela entra casualmente en una iglesia: es el momento de la comunión. De repente, siente un viento que la empuja hacia el altar: “Él es a quien buscas”, le dice una voz. Y así, en Roma, en la nueva iglesia de la calle Tagliamento, la mañana del 25 de marzo de 1961 Ángela recibe el bautismo y la comunión, mientras que por la tarde el cardenal Cento le administra la confirmación. El padre Ilarino está presente, pero no se deja ver. Ángela solo lo sabrá más tarde.

El 25 de marzo es una fecha que se repetirá en la historia de su familia: cuatro familiares reciben el bautismo precisamente el 25 de marzo (la última, en 2001, Inés, su sobrina nieta, que vive en Tokio).

Para Ángela comienza una fase de alegría profunda, que comparte con sus seres queridos: escribe largas cartas a su familia en Corea, en las que le cuenta la felicidad y la bendición que vive por pertenecer a la Iglesia. A pesar de la distancia, sus palabras producen un eco: semillas vitales que en 1962 llevan a la conversión de una hermana suya y, después, año tras año, de toda su familia. Solamente el padre morirá sin haber recibido el bautismo, aunque muchas veces expresó su deseo de ser bautizado. Pero en la hora de su muerte, derramó una lágrima: la Iglesia lo define bautismo de deseo.

Y precisamente su fe, fuerte aunque en constante camino, ayuda a Ángela a vivir el momento más duro de su vida, pero también el más intenso, el de mayor abandono al Señor: el 12 de agosto de 1986 muere Cristina Chiara, llamada Chicchi, su única y amadísima hija (nacida de su matrimonio con un italiano compañero de estudio), que en esta tierra no llega a cumplir los 17 años.

Animada por un cristianismo maduro y fecundo, Chicchi sabe bien que únicamente con la ayuda de Dios tendrá la fuerza para afrontar su prueba, manteniéndose “fiel a su vocación cristiana”. Y esta fuerza Chicchi la desea también para las personas a las que ama: “Ten mucha valentía, mamá”, le dice a Ángela. Durante su enfermedad, es precisamente Chicchi quien la guía. Cuando la hija cierra los ojos, su madre toca “el fondo del dolor”, pero, sintiendo que el alma de Chicchi se ha acercado al cielo, Ángela experimenta una profunda serenidad: el Señor vence la muerte precisamente en el momento en que ella parece arrebatarnos a los seres queridos.

Tiempo después, leyendo las palabras del salmo 117, comprenderá que el amor de Dios ha prevalecido sobre su amor de madre. “También comprendí –dice con dulzura– el rostro de María en la Piedad de Miguel Ángel”.

Hace quince años, en 1999, comienza a estudiar hebreo: sabe que la palabra de Dios es la cosa más importante: “Jesús dice tres veces a satanás: ‘está escrito’. Pero, ¿dónde está escrito?, me he preguntado”. Teniendo claro que comenzar sola es muy difícil, Ángela se encamina a un encuentro más profundo con la Escritura con la ayuda de un biblista, el padre Giovanni Odasso, profesor de Exégesis y Teología Bíblica en la Universidad lateranense (“el segundo sacerdote que ha marcado mi vida”).

Su sed es verdaderamente ardiente: Ángela cita las palabras de Jerónimo, según el cual “la ignorancia de la Escritura es ignorancia de Jesús”. Grande fue el estupor de esta increíble mujer cuando descubrió que no todos los sacerdotes son biblistas.

Y así, fortalecida por las palabras de Isaías: “Si no os afirmáis en mí no seréis firmes” (Isaías 7, 9), Ángela vive diariamente la liturgia de la Palabra. En su búsqueda de la verdad, del Reino y de su justicia, dando gracias al Señor, con su mirada luminosa, Ángela nos invita “a vivir como resucitados en la tierra”.

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17 de Febrero de 2020

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