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Salvada por un simple pañuelo

· La presencia de las ermitañas en la historia de la Iglesia ortodoxa rusa ·

El “desierto”, la búsqueda de la lejanía absoluta de los hombres y de la cercanía continua con Dios, ha entrado a formar parte de la espiritualidad rusa desde el momento que, durante el siglo X, un país joven y poco civilizado como la Rus de Kiev abrazó el Evangelio, y junto con él recibió de Bizancio una cultura espiritual y teológica rica y profunda: solo treinta y tres años después del bautismo del pueblo, el sacerdote Hilarión buscó el desierto fuera de las murallas de la ciudad, en una gruta en las laderas de la colina a orillas del Dniéper. Allí nacería el gran monasterio de las Grutas de Kiev, que aún hoy sigue siendo un foco de la espiritualidad ortodoxa.

Después de Hilarión, la vida monástica ha constituido uno de los centros de gravedad de la historia rusa, testimoniada por muchas vidas de santos y por el esplendor de los monasterios que todavía permanecen (eran 1025 antes de la revolución), pero en su interior la vida eremítica, sobre todo femenina, ha seguido siendo una vida expresamente escondida, como un corazón profundo que mantiene vivo el cuerpo pero que no quiere revelarse. En efecto, a menudo ni siquiera disponemos de un testimonio de su existencia. Por lo demás, el deseo del ermitaño era precisamente el de esconderse totalmente del mundo para ser conocido solo por Dios. Y así fue. En casos aislados nos ha llegado el nombre de una santa ermitaña, como Dosifeja, que en el siglo XVIII vivió con ropas de hombre y que, como “padre” espiritual, bendijo, entre muchos otros, al joven monje Serafín, que luego se convertiría en el gran santo de Sarov.

Pero la vida de oración y la entrega total de sí de estas ermitañas desconocidas, aun sin dejar grandes testimonios históricos, han edificado profundamente la vida de la Iglesia, consolidando su fuerza espiritual y garantizando su continuidad en el momento de la gran prueba, la revolución de 1917. En aquella circunstancia histórica, el papel de esas mujeres fue tan esencial que un obispo ortodoxo ruso pudo afirmar que la salvación de la Iglesia rusa no se debía al klobuk, es decir, al sombrero alto de los monjes, sino más bien al simple pañuelo que las mujeres fieles usaban para cubrirse la cabeza. Cuando la revolución de octubre arrasó con todas las formas eclesiásticas institucionales, alteró los ordenamientos. Se cerraron los monasterios, se dispersaron los creyentes, y fue el momento de las ermitañas, que ya estaban preparadas para vivir en cualquier lugar, escondidas, sin apoyarse en ninguna estructura, bien dispuestas a afrontar el riesgo de la pobreza absoluta y capaces de camuflarse en el nuevo y tremendo desierto de la sociedad soviética atea, que rechazaba con violencia toda manifestación religiosa.

En los archivos de los fusilados por el régimen del terror estalinista en la década del treinta del siglo XX, se encuentran a menudo mujeres de aspecto sencillo, registradas por lo general como “semianalfabetas” y “amas de casa”, “camareras”, “mujeres de la limpieza”. Solo hoy, tras largas y precisas reconstrucciones históricas, podemos reconocerlas como monjas que seguían viviendo su vocación esparcidas por el mundo.

El padre Alexander Men, grande y luminoso evangelizador asesinado en 1990, quizá el último mártir del régimen moribundo, contaba que su bautismo y su crecimiento espiritual habían tenido lugar a la sombra de san Sergio de Radonez, en la ciudad entonces rebautizada Zagorsk en honor de un líder bolchevique, en la que vivían escondidos algunos sacerdotes y monjes. Pero durante la guerra, cuando la muerte por enfermedad o por detención había acabado literalmente con todos los monjes y sacerdotes, el único punto de referencia que quedaba era la madre María, monja clandestina. “Me alojé con frecuencia en la casa de la madre María, que dejó una huella indeleble en mi destino y en mi vida espiritual. Mujer de gran ascesis y de oración, no tenía la moralina, el apego a la tradición y la limitación mental que a menudo manifestaban quienes vestían el hábito. Siempre irradiaba alegría pascual y estaba totalmente entregada a la voluntad de Dios, inmersa en el mundo del espíritu: recordaba en cierto modo las figuras de san Serafín y san Francisco de Asís. La madre María tenía el don de la apertura: a las personas, a sus problemas, a su búsqueda, y estaba abierta al mundo”.

De sus manos el padre Men recibió la misión de anunciar a Cristo al hombre soviético, al hombre de hoy que, encadenado al mundo horizontal, ya casi no siente nostalgia del Otro.

Marta Dell’Asta

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23 de Febrero de 2020

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