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Salir del silencio

· Entrevista a Pauline Aweto, quien desde hace años estudia y denuncia el estupro usado como arma de guerra en el continente africano ·

Este año se celebra el cincuentenario de la creación de la Unión africana –máxima institución panafricana y única plataforma intergubernamental–, fundada el 25 de mayo de 1963 con el nombre de Organización para la unidad africana. Notables progresos se han hecho en África, pero por lo que respecta a la condición femenina, todavía queda mucho por hacer. Aún hoy las mujeres africanas están llamadas a combatir contra un destino aparentemente ineluctable, que se obstina en considerarlas como partes débiles de una sociedad de la que, al contrario, son pilares fundamentales. Sobre todo, no se puede hablar de un posible renacimiento africano sin afrontar el flagelo de la violencia contra las mujeres, ya sea durante los conflictos, ya sea en tiempo de paz, que a menudo equivale al intervalo entre una guerra y otra. La más innoble entre las violencias contra las mujeres africanas es el estupro como instrumento de guerra, al que se recurre cada vez más a menudo puesto que a los responsables se les garantiza la impunidad. En efecto, la violencia sexual se está legitimando, se está difundiendo como una nueva arma, y si no es mediante una revolución de las conciencias, ningún tipo de prescripción podrá impedir jamás que se recurra a ella. Este es el tema que ha estudiado una mujer africana de la diáspora, Pauline Aweto, en el libro Wartime Rape. African Values at Crossroads (The Ambassador Publications, 2010), cuya edición italiana fue publicada por Harmattan en 2012 con el título Lo stupro come arma di guerra in Africa .

¿Qué ha motivado su investigación, llevándola a definir el estupro en una perspectiva específicamente africana, como arma en tiempo de paz y de guerra?

Dos razones principales: la primera tiene que ver con mi historia personal, porque mi familia no me esperaba (esperaba a un varón). A esto se añade la experiencia profesional que realicé en la Organización internacional para las migraciones (Oim), que me ha marcado profundamente, impulsándome a reflexionar sobre la condición femenina en los países en vías de desarrollo y a comprometerme en favor de la causa de las mujeres en las áreas de crisis. Pero fue el dramático episodio del estupro de masa contra numerosas mujeres guineanas en el estadio de Conakry –manifestación de la irracionalidad y la maldad de la mente humana–, al que siguió la petición de la ONU de comenzar una investigación sobre el estupro como arma de guerra en África, lo que me ha llevado a afrontar la cuestión más amplia del estupro como arma también en tiempo de paz.  [El 28 de septiembre de 2009, en el estadio de Conakry, la junta militar guineana golpista causó la muerte de ciento cincuenta opositores, y entre las decenas de mujeres que fueron brutalmente violadas de manera premeditada, muchas murieron por las infecciones provocadas por las heridas, a causa de la gran crueldad con que las atacaron]. Por tanto, el estupro como arma en tiempo de paz es una expresión que uso para indicar cualquier forma de violencia perpetrada contra las mujeres en la vida diaria, a menudo a través de la instrumentalización de la cultura, que determina por tanto el alejamiento de las mujeres de los procesos de autorrealización.  En efecto, las mujeres sufren varias formas de discriminación también en el ámbito educativo, así como violencia psicológica, violencia hogareña en todas sus formas, y el estupro, incluso el estupro marital, al que normalmente siguen el estigma y la culpa atribuida a la víctima. Y está claro que allí donde la vida es particularmente difícil para las mujeres, como sucede a menudo en África, la violencia se agrava en tiempo de guerra.

Aunque la violencia contra las mujeres es un fenómeno universal, ¿en qué se diferencia la realidad africana?

Para mí, hay seis elementos clave específicos de la experiencia africana: la naturaleza pública del estupro, el nivel de brutalidad, el símbolo del machete como forma de primitivismo moderno, la transmisión intencional del sida, el estupro de mujeres embarazadas y el homicidio, que sigue a la violencia carnal.

¿Cuáles son los casos en los que se tolera la violencia y cuándo hay impunidad para estos crímenes en África?

La violencia hogareña contra las mujeres se tolera, y queda sin castigo, porque esos hechos se justifican recurriendo a la propia herencia histórica y cultural. Un ejemplo evidente de esto es el así llamado estupro marital, es decir, el estupro que tiene lugar en el matrimonio. En algunos países de África occidental no se lo reconoce como un crimen, porque el consentimiento de la mujer se considera irrelevante. Tampoco se puede descuidar la institución de la dote, obligatoria en algunas sociedades, cuyo pago legitima el concepto de propiedad del varón respecto a la mujer y el abuso que hace de esta.  Los esfuerzos para poner fin a la impunidad de los culpables por el momento parecen concentrarse en los criminales famosos, como algunos jefes de Estado africanos, olvidando al enemigo que está entre las cuatro paredes del hogar. Entonces, me pregunto: ¿cómo es posible que el crimen se castigue exclusivamente cuando se comete en tiempo de guerra, mientras que se lo tolera en la vida de todos los días?

¿Cuáles son sus consideraciones a propósito de la práctica perjudicial de la mutilación genital femenina (mgf)?

Bien considerado, a pesar de las aparentes razones religiosas, sociales y, sobre todo, culturales, que favorecen dicha costumbre, su fundamento es una fuerte contradicción, porque se pretende dar una identidad, pero a costa de anular la dignidad. A pesar de que la mgf es reconocida internacionalmente como una violación de los derechos humanos, a mi parecer aún no se la ha podido erradicar, incluso por la implicación de ciertos médicos que, lucrando, modernizan esta costumbre, reduciendo el riesgo de infecciones y complicaciones. Según la Organización Mundial de la Salud, su rápida eliminación dependería de las comunidades que la practican de manera clandestina, lo cual, por ironía del destino, están administradas en gran parte precisamente por mujeres.

¿Cuál es el verdadero enemigo de las mujeres africanas?

Es paradójico, pero son precisamente las mujeres, en la medida en que son las guardianas de las tradiciones. Inconscientemente, son ellas las primeras víctimas. Por ejemplo, la práctica de la mgf está completamente en manos de mujeres, y en el mundo de la trata no faltan tampoco figuras femeninas que, por desgracia, desempeñan un papel importante humillando a otras mujeres. Es una guerra de mujeres contra sí mismas.

¿No se corre el riesgo de culpar por enésima vez a las mujeres?

La mía es una autocrítica, por mi condición de mujer africana. Sin duda alguna, el problema fundamental sigue siendo el machismo, muy generalizado tanto en África como en otras partes. El desarrollo económico del continente africano tendría que ir acompañado por la emancipación de una larga cadena de tradiciones antifemeninas. La educación es el único instrumento eficaz e indispensable para la emancipación, la autodeterminación y el empowerment de las mujeres. No basta que las mujeres sepan leer, escribir y contar; es preciso apuntar a la formación superior, abriéndoles las puertas de la universidad. Se trata de redescubrir las potencialidades hasta ahora sofocadas, reconquistando con dignidad un papel en la sociedad.

Usted destaca la característica de violencia permanente contra las mujeres, tolerada por muchas tradiciones: ¿existe una relación entre cultura y violencia?

En mi opinión, no hay diferencia entre la costumbre de la mgf y la mutilación verdadera que sucede en situación de guerra. Solo en casos circunstanciales se puede hablar de violencia fundada culturalmente, o sea, cuando la cultura constituye la base en la que se construye la superestructura de la violencia contra las mujeres, proporcionando coartadas y justificaciones y convirtiéndola en algo legítimo.

¿Qué contribución pueden dar los medios de comunicación?

Los medios de comunicación internacional jamás han sido leales con África, porque se mueven impulsados por el sensacionalismo, descuidando la profundización, que requiere continuidad. Por desgracia, las guerras de todos los días que afrontan las mujeres ya no son noticia. Los medios de comunicación podrían hacer un trabajo responsable si apuntaran permanentemente sus reflectores hacia esta realidad, la del grito del silencio de los inocentes.

«A María, Madre de Dios, para la gloria de Dios y la salvación de las almas»: ¿por qué esta dedicatoria en su libro?

Comencé a escribirlo el 1 de enero, precisamente el día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Madre de Dios, y un año después presenté el libro en Warri, Nigeria, precisamente en una iglesia dedicada a la Madre del Redentor. Con gran satisfacción pude constatar que esa iniciativa llevó a la parroquia local a organizar un grupo de apoyo en favor de las mujeres víctimas de la violencia, para animarlas a salir del silencio y no sentirse solas.

Pauline Aweto, nigeriana, es licenciada en filosofía por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma. Realizó investigaciones en el ámbito filosófico sobre políticas de desarrollo. Trabajó como consultora en la Organización internacional para las migraciones. Se ocupó de la repatriación voluntaria de las víctimas de la trata de blancas. En Italia colaboró con la Universidad de Roma Tre, desarrollando actividades didácticas y de investigación sobre temas relacionados con las culturas y las religiones africanas. Enseña en el Bexley College de Londres.

Alicia Lopes Araujo

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23 de Febrero de 2020

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