Aviso

Este sitio usa cookies...
Las cookies son pequeños archivos de texto que nos ayudan a mejorar su experiencia en nuestro sitio Web. Al usar cualquier parte del sitio web, usted acepta el uso de cookies. Encontrará más información acerca de las cookies en las Condiciones de Uso.

Relaciones redimidas

El Papa Francisco hablómuchas veces de la necesidad de “crear más oportunidades para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”(por ejemplo, en la Evangelii gaudium, 103-104) y de encontrar modos para incluir a las mujeres en los papeles decisorios de los diferentes ámbitos de la vida de la Iglesia. Es claramente lo que estátratando de hacer. Pero, por otra parte, anunciórepetidamente que esto no supone la admisión de las mujeres al sacerdocio ministerial. Y desconfía de las propuestas que parecen inspiradas en lo que define “machismo femenino”. Para contrastar este último, desea una “teología de la mujer”más profunda. Espera de las mujeres una contribución específicamente femenina, concretamente algo materno, a la obra y al testimonio de la Iglesia en el mundo. Considera la colaboración entre hombres y mujeres un valor para la Iglesia, puesto que la complementariedad de los sexos es un valor. También muchas mujeres católicas que esperan mayores oportunidades y la admisión a papeles decisorios consideran un valor la colaboración entre hombres y mujeres en la Iglesia. ¡Pero no todas aspiran a dar una contribución específicamente femenina! Las feministas católicas y las teólogas feministas que esperan un “discipulado de iguales”ven con gran sospecha los llamamientos a la complementariedad de los sexos. 

Fernando Botero, “Hombre y mujer” (2001)

Desconfían de la perspectiva del Papa y de su interés en desarrollar una “teología de la mujer”. Se trata de una situación curiosa. El Papa expresa su intención de responder a la petición de las mujeres católicas, pero muchas de ellas están en desacuerdo con los motivos por los cuales él lo hace. Además, hay otras que piensan que la Iglesia ya tiene una “teología de la mujer”adecuada, pero que le sirve una “teología del hombre”, es decir, del ser humano masculino. ¿De quémodo debemos interpretar esta reserva? Aunque son pocas las mujeres que niegan la diferencia entre los sexos, en cambio son muchas las mujeres de tradición anglo-americana del feminismo liberal que rechazan la teoría de la complementariedad de los sexos. Contestan la idea de que el sexo físico determine los rasgos específicos de la personalidad masculina o femenina. En otras palabras, se preguntan si el sexo (un hecho biológico) da necesariamente origen al gender (es decir, a los aspectos psicosociales de la identidad sexual) masculino o femenino. Según ellas, reconocer la importancia de la diferencia sexual lleva a “estereotipar”, y esto, a su vez, lleva a una discriminación injusta de las mujeres, por ejemplo, excluyéndolas de los papeles sociales, especialmente en el liderazgo público. Estos papeles, por tradición, los desempeñan los hombres, y las mujeres quedan relegadas a las tareas hogareñas. La teoría que contestan supone que los rasgos de la personalidad están repartidos entre los sexos de manera recíprocamente exclusiva, más que compartidos, y asigna las características más apreciadas a los hombres y las menos deseables, pero “complementarias”, a las mujeres. Por tanto, justifica un ordenamiento jerárquico de los sexos. En fin, implica que las mujeres existen para “completar”a los hombres, como si los hombres representaran la norma del ser humano, mientras que las mujeres solo fueran un complemento de estos, o como si cada uno de los dos sexos solo poseyera la mitad (u otra fracción) de lo que es el ser humano. Basándose en este aspecto, las feministas consideran que es imposible reconciliar la teoría de la complementariedad de los sexos con la verdadera igualdad; por el contrario, dicha teoría parece justificar un orden “patriarcal”, en el que las mujeres están subordinadas a los hombres. Las feministas liberales insisten en el hecho de que las mujeres no deben ser consideradas miembros de una clase, sino más bien individuos, “personas autónomas”, que poseen, o son capaces de desarrollar los mismos rasgos y las mismas capacidades que los hombres.

Dado que la designación de los rasgos de la personalidad como “femeninos”o “masculinos”varía de una cultura a otra y de una época histórica a otra, concluyen que la identidad sexual (gender) se construye socialmente más bien que ser un don de Dios radicado objetivamente en la naturaleza humana. Algunas de ellas, llamadas “feministas del gender”, rechazan totalmente el “sistema del gender binario”. Estas feministas pretenden “liberar”a las mujeres de la discriminación basada en el género, negando que la complementariedad de los sexos tenga una base sólida en la naturaleza humana. Sueñan con una sociedad “multi-gender”en la que a los seres humanos no se les impongan límites a causa de su sexo biológico. Es probable que las feministas católicas no acepten las teorías radicales del “feminismo del gender”, pero tienden a favorecer las explicaciones que minimizan la importancia de la diferencia sexual para la identidad personal. Quieren acceder a los papeles decisorios que ahora están reservados al clero, pero no exactamente contribuir con “maternidad, afecto, ternura, intuición de madre”(como dijo el Papa Francisco a las participantes en la Asamblea plenaria de la Unión internacional de superioras generales, el 8 de mayo de 2013). Es verdad que hasta hace muy poco tiempo la teoría de la complementariedad servía para apoyar una visión de la mujer como “otra”, inferior al hombre, definida principalmente por su “justo”papel sexual y por las presuntas características de su personalidad, y concebida por Dios como subordinada al hombre. Sin embargo, en los últimos cuarenta años el Magisterio ha afrontado muchas veces esta cuestión. Juan Pablo II respondiódetalladamente a las críticas feministas en la carta apostólica Mulieris dignatem (1988). Con ocasión del Año internacional de las mujeres proclamado por las Naciones Unidas (1995), publicóuna Carta a las mujeres y pronuncióuna serie de catequesis, defendiendo la dignidad y la igualdad de derechos de las mujeres. La enseñanza del Papa aclaróy desarrollóla comprensión de la complementariedad de los sexos que se encuentra en la revelación cristiana. Se basa en el relato bíblico de la creación del hombre (varón y mujer) a imagen de Dios. No propone una teoría fundada en los rasgos de la personalidad masculina y femenina, y tampoco sostiene que tales rasgos pertenecen a los hombres y a las mujeres de modo recíprocamente exclusivo o que están ordenados jerárquicamente en favor del hombre. No sugiere en absoluto que solo los hombres desarrollan papeles sociales en la esfera pública; al contrario, también alienta a las mujeres a participar en ella. Y ni siquiera afirma que el hombre representa a la humanidad normativa o que, desde el punto de vista humano, el hombre y la mujer por sísolos sean incompletos. Sin embargo, la Iglesia enseña que la persona humana solo es completa entregándose a símisma (cf. Gaudium et spes, 245), una entrega expresada concretamente en el matrimonio y en la paternidad. Paternidad y maternidad, pues, jamás son simplemente “especializaciones reproductivas”o “papeles sociales”; son fruto o cumplimiento del designio de Dios. Esto incluye también la paternidad y la maternidad “espirituales”(puesto que la teoría feminista ignora la importancia personal de la sexualidad humana para la expresión del amor altruista en el matrimonio y en la procreación, elimina la posibilidad de basar la contribución específica de las mujeres en algo diferente de los rasgos de la personalidad relacionados con el gender). Y ya que estos dos modos de ser cuerpo son, de hecho, recíprocamente exclusivos, indican los parámetros fundamentales dentro de los cuales ejercemos nuestra libertad y poseemos nuestra identidad masculina o femenina. La complementariedad de los sexos, en el designio de Dios, no solo es física sino también psicológica, espiritual y ontológica (Carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo, 87). Según la visión bíblica, el hombre y la mujer fueron creados “el uno para el otro” y no solo están destinados a vivir “uno al lado del otro”, sino también a convertirse en “una sola carne” en una “comunión interpersonal”, en una “unidad de los dos” que refleja la Trinidad. Por tanto, la sexualidad es un “componente fundamental” de la personalidad humana; revela la capacidad de entablar relaciones interpersonales, la capacidad de amar. Esto, a su vez, revela la voluntad de Dios respecto a la humanidad, al matrimonio y a la familia. En otras palabras, la creación de dos sexos forma parte de la revelación de Dios. Es doctrina católica y no simplemente una teoría entre muchas otras (cf. Catecismo de la Iglesia católica, 369-372). Para superar el sexismo no es preciso erradicar la diferencia entre los sexos, sino que es suficiente terminar con la oposición que existe entre ellos y que nace del pecado. La relación entre los sexos está “herida y necesita ser sanada”, pero la gracia de Cristo invita a la conversión y ofrece la curación y la integridad en las relaciones redimidas. En consideración a esto, la Carta a los obispos sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y el mundo afirma la “colaboración activaentre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma entre ellos” (n. 4). La cartaexplica cómo los “valores femeninos” ayudan a la sociedad, pero se limita a sugerir que la Iglesia misma tiene una identidad femenina. Evidentemente este es el pensamiento del Papa Francisco. Según Juan Pablo II, la «femineidad y la masculinidad son complementarios entre sí no solo desde el punto de vista físico o psíquico, sino también ontológico. Gracias a la dualidad de lo ‘masculino’ y de lo ‘femenino’ se realiza plenamente”. En la Mulieris dignitatem identifica el “genio femenino” como la capacidad específica de la mujer de prestar atención a la persona. Sugiere que esta capacidad está radicada en la constitución física de la mujer y en su vocación de ser madre. Pero, ¿cuál es el “genio masculino”? El Papa Francisco espera que las mujeres den una contribución femenina específica, pero, ¿en qué consiste una contribución específicamente masculina? Si el Magisterio quiere afirmar que la complementariedad de los sexos es algo fundamentalmente positivo, es decir, que los hombres y las mujeres deben ofrecer alguna contribución particular, es necesario dar una respuesta a esta pregunta. Si se la ignora, la humanidad normativa parece identificarse con lo masculino, y lo femenino, una vez más, parece ser “otro” y expresión complementaria de la humanidad. Esta impresión solo se puede corregir identificando el “genio masculino”. Si los pensadores feministas ponen en contraste lo “positivo femenino” con lo “negativo masculino”, la solución está en una articulación de lo “positivo masculino”. Si la Iglesia es incapaz de dar una explicación positiva del ser hombre y de la masculinidad, no tenemos que maravillarnos de que sigamos siendo ambivalentes respecto a la paternidad de Dios, a la importancia teológica del ser hombre de Jesús y al hecho de que Dios haya reservado el sacerdocio a los hombres. ¿Cuál es el tipo específico de complementariedad existente entre el hombre y la mujer y por qué debería ser benéfico en la vida y en la misión de la Iglesia? Acerca de esto parece que hay consenso. El ejemplo de nuestro señor Jesucristo, hombre que se despoja a sí mismo por obediencia hasta la muerte en la cruz, y se entrega totalmente a la humanidad pecadora mediante un admirable servicio, altera radicalmente todos los esquemas patriarcales de dominio. En él contemplamos la realización de la vocación de toda persona, que debe llevarse a cabo a través de la entrega de sí al prójimo, pero, en última instancia, a Dios. Este ejemplo profundamente contracultural de Jesús servidor se refleja en la imagen de María, que aceptó libremente ser la esclava del Señor, dando a su hijo carne humana y acompañándolo hasta la cruz. Precisamente nuestra fe nos pone ante esta imagen de relaciones “redimidas” entre los sexos. Incluye tanto el cuerpo como la expresión de la persona, y afirma que la creación como hombre y mujer a imagen de Dios es “muy buena”.

Por Sara Butler

Sara Butler enseñó teología primero en el “Mundelein Seminary” (archidiócesis de Chiago, 1989-2002) y después, hasta 2010, en el seminario “St. Joseph” (archidiócesis de Nueva York). Ha vuelto al “Mundelein Seminary”, donde es profesora emérita de Teología sistemática. Antigua consultora teológica de la Conferencia episcopal estadounidense y miembro de la Comisión internacional anglicano-católica (1991-2004) y de la Conversación internacional entre católicos y baptistas (2008-2011), forma parte de la Comisión teológica internacional desde 2004.


EDICIÓN EN PAPEL

 

EN DIRECTO

Plaza De San Pedro

26 de Febrero de 2020

NOTICIAS RELACIONADAS