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Regreso a casa

· Misa en Santa Marta ·

Con sus gestos de ternura Jesús no nos deja nunca solos y siempre nos hace regresar a casa, llamándonos a formar parte de su pueblo, de su familia: la Iglesia. Lo afirmó el Papa Francisco en la misa que celebró el lunes 24 de febrero, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su meditación, el Pontífice se inspiró en el pasaje evangélico de san Marcos (9, 14-29) que relata la curación de un joven poseído por el demonio. Y el Papa insistió en la presentación del marco donde tiene lugar este episodio. «Jesús —recordó— bajaba del monte donde se había transfigurado y se encontró con esta gente inquieta, en desorden: discutían, gritaban». Así, «Jesús preguntó qué sucedía, el alboroto disminuyó» y Él comenzó un diálogo con el papá del muchacho poseído, mientras «todos escuchaban en silencio». Cuando, al final, Jesús lo libera, «el muchacho parecía como muerto» se lee en el Evangelio, tanto que muchos lo creían como tal. Pero «Jesús lo tomó de la mano, lo hizo levantar y lo puso en pie». El muchacho estaba curado y podía volver a casa con su familia.

Así, destacó el Santo Padre, «todo ese desorden, esa discusión, acabó en un gesto: Jesús se abaja y toma al niño». Son precisamente «estos gestos de Jesús que nos hacen pensar». En efecto, «cuando Jesús cura, cuando va entre la gente y cura a una persona, jamás la deja sola». Porque «no es un mago, un brujo, un curandero que va y cura» pero luego sigue por su camino. Él, en cambio, «hace que cada uno vuelva a su sitio, no lo deja por el camino».

El Papa Francisco quiso volver a proponer algunos de estos «gestos bellísimos del Señor» narrados en las páginas del Evangelio. «Pensemos —dijo— en aquella muchacha, la hija de Jairo. Cuando hace que vuelva a la vida, mira a los padres y le dice: dadle de comer». Con ese gesto tranquiliza al padre, como diciéndole: «Tu hija vuelve a casa, vuelve a la familia». Lo mismo hace con «Lázaro cuando sale de la tumba», invitando a los presentes a liberarlo de las vendas y a ayudarle a caminar. Y el Pontífice recordó también «al muchacho muerto, con la madre viuda detrás del ataúd: el Señor lo resucitó y lo volvió a llevar con su madre».

Con todos estos gestos «Jesús siempre nos hace volver a casa, jamás nos deja solos por el camino». Es un estilo que se encuentra «también en la parábolas». Así, por ejemplo, «aquella moneda perdida terminó en la cartera de la mujer con las demás. Y la oveja perdida fue llevada nuevamente al corral con las demás».

Por lo demás, explicó el Papa, «Jesús es hijo de un pueblo. Jesús es la promesa hecha a un pueblo». Por su actitud se reconoce, entonces, «su identidad, también su pertenencia a ese pueblo que desde Abrahán camina hacia la promesa». Y precisamente «estos gestos de Jesús nos enseñan que cada curación, cada perdón, siempre nos hace volver a nuestro pueblo que es la Iglesia».

Para hacer aún más clara su reflexión, el Pontífice hizo referencia a otros dos ejemplos evangélicos. «Muchas veces —afirmó— a quienes se habían alejado, porque eran condenados vivos por sus conciudadanos, Jesús realizó gestos inexplicables, que no se entendían bien. Pero eran gestos revolucionarios». Entre otros, «pensemos en Zaqueo, que verdaderamente era un gran estafador y también traidor de la patria»; sin embargo Jesús «hizo fiesta en su casa». Y «pensemos en Mateo, otro traidor de la patria que daba el dinero a los romanos». Y de nuevo Jesús «hizo fiesta en su casa: una buena comida». La enseñanza práctica es que «cuando Jesús perdona, siempre hace volver a casa». Por ello «no se puede comprender a Jesús sin el pueblo de donde proviene, el pueblo elegido de Dios, el pueblo de Israel. Y sin el pueblo que Él llamó entorno a sí: la Iglesia».

El Papa Francisco repitió luego un pensamiento de Pablo VI muy querido por él: «Es absurdo amar a Cristo sin la Iglesia; escuchar a Cristo pero no a la Iglesia; seguir a Cristo al margen de la Iglesia». Porque «Cristo y la Iglesia están unidos. La teología más profunda, más grande, nos habla de bodas: Cristo el esposo, la Iglesia la esposa». Tanto es así que «cada vez que Cristo llama a una persona, la conduce a la Iglesia». Basta pensar en «el niño que es bautizado»: lo hace «en la Iglesia madre que acompaña a sus hijos y los entrega en manos de la otra madre del último momento de la vida, nuestra madre y la madre de Jesús».

«Estos gestos de tanta ternura de Jesús —continuó el Papa— nos hacen comprender que nuestra doctrina, digamos así, o nuestro seguimiento de Cristo, no es una idea. Es un continuo permanecer en casa. Y si cada uno de nosotros tiene la posibilidad, y la realidad, de marcharse de casa por un pecado o por un error, Dios lo sabe, la salvación es volver a casa: con Jesús en la Iglesia». Entonces, a través de los «gestos de ternura, uno por uno, el Señor nos llama así a su pueblo, dentro de su familia: nuestra madre, la santa Iglesia».

El Pontífice invitó a los presentes a pensar «en estos gestos de Jesús: imaginemos cómo hacía Jesús con tantos» que encontraba en su camino. Son «pequeños gestos», pero son «gestos de ternura que nos hablan de un pueblo, de una familia, de una madre». Y nos recuerdan «que la salvación que Él nos trae siempre termina en casa». A «nuestra madre, la Virgen», el Papa, como conclusión, pidió «la gracia de comprender este misterio».

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