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Quien tiene miedo de los pobres

· Estudio sobre las motivaciones profundas de una molestia cada vez más difusa ·

No es fácil explicar cómo se forman los miedos en nuestra mente. En general se piensa que todo parte de los sentidos, pero, a diferencia de los miedos antiguos, los contemporáneos tienden a ser difíciles de identificar, es decir, de ponerles nombre, comprender su proveniencia, la connotación. Son imprecisos y evasivos, se nutren de un sentido de precariedad difuso que crea contagio y que induce visiones apocalípticas en una angustia sin fin. Los sociólogos lo llaman «síndrome de la inseguridad de vivir», que se ha convertido en un elemento difuso y casi normal de nuestra sociedad, de nuestra vida cotidiana.

Las palabras se encargan de desenredar la maraña de sensaciones heterogéneas y de dar una fisionomía concreta a la incomodidad, incluso legitimando palabras que la historia creía haber tragado para siempre (raza, fronteras, muros). Palabras que encarnan una versión actualizada de todo lo que de forma colectiva tememos más: la crisis planetaria, la imposibilidad de realizar proyectos, la alarma económica, el riesgo terrorista, el futuro de nuestro hijos y sobre todo, el miedo al otro.

Y así, en la búsqueda de conceptos que permitan una correspondencia entre lenguaje y realidad cotidiana, la palabra del año 2017 en España es aporofobia, que no es otra cosa que el miedo, la repugnancia o la aversión a los pobres. Es un neologismo acuñado en el libro Aporofobia, el rechazo al pobre (Madrid, Paidós Iberica, 2017, 200 páginas, 19,90 euros) de la filósofa española Adela Cortina; proviene del griego áporos (sin recursos) y phobos (temor, miedo) para identificar una actitud negativa muy difundida de hostilidad hacia los migrantes, pero que es distinto al racismo y a la xenofobia. El término ha sido incorporado al célebre diccionario de la Real Academia, organismo responsable de elaborar las reglas lingüísticas de la lengua española para los 414 millones de hispanohablantes en el mundo y la prestigiosa fundación Fundéu la ha coronado.

Para Adela Cortina, lo que crea rechazo no es la proveniencia de los migrantes, es decir, su condición de extranjeros, sino que es la pobreza, entendida no solo como indigencia sino también como una definición fallida de un papel social, es decir, el vacío socio-económico en el que viven. Su condición existencial encarna la incertidumbre humana, son personas que no saben qué les sucederá y de qué modo su condición temporal, provisional o suspendida pueda dar muestras de ser definitiva.

Cortina no cae presa de los estereotipos mediáticos de los miedos actuales sobre los migrantes, sino que busca la relación entre realidad y conceptos y entre estos está el lenguaje, prefiere inventar los aspectos, preguntarse sobre su sentido. Con un lenguaje técnico pero agudo no elude los problemas, sino que los afronta de manera directa: ¿De dónde derivan realmente los miedos que afligen a las sociedades contemporáneas? ¿Qué tienen de diferente respecto al pasado?, se pregunta. Cada día en Europa, en todas las partes de América tienen lugar infinitas incomprensiones verbales porque una referencia demasiado vaga puede malinterpretarse: «no soy racista, pero...», «primero nosotros, después los demás», «¿por qué tienen tantos hijos si son pobres?», son frases que a menudo revelan un rechazo a la presencia de refugiados, migrantes, pero también de desocupados, de jóvenes precarios. Sustancialmente, del creciente ejército de individuos «no necesarios». Según la estudiosa, el extranjero no da miedo y no es marginado si es rico, famoso, como por ejemplo los jugadores de fútbol, las modelos y así sucesivamente; de hecho, goza de prestigio y se le imita como triunfador, se le atribuyen variadas cualidades; solo quien es pobre no tiene nada que ofrecer y por lo tanto, no tiene ningún valor, ninguna «capacidad contractual», fundamental, sin embargo, para la definición en nuestra sociedad. Es precisamente en esta capacidad donde Adela Cortina ve el verdadero aglutinante en las sociedades del mundo contemporáneo y es precisamente en este modo de concebir la relación entre las personas donde encuentra terreno fertil la actitud «aporofóbica», favorecida por vínculos inspirados en el modelo consumista y hedonista. El mejor antídoto contra la aporofobia, según la autora, es «evitar el riesgo de que las diferencias se conviertan en distancias» porque la falta de confianza y las distancias aumentan el miedo y se transforman en preocupantes fracturas que favorecen las patologías sociales. Vínculos deshilachados y pulverizados. Personas «normales» que se precipitan en un momento dado (por la pérdida del trabajo u otro), cayendo en situaciones de marginalidad y sufrimiento. Personas paranoicas y complotistas. Es el retrato extremo que la palabra aporofobia tiene el mérito de describir de modo eficaz.

La única manera de hacer que la vida sea digna de ser vivida es reconstruir los vínculos sociales, que es el verdadero tema de nuestros días.

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18 de Julio de 2018

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