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Prueba ardua y apuesta alta

· La refundación del Instituto Juan Pablo II ·

El amor conyugal cristiano no es solamente el lugar de intimidad de la pareja. Es un lugar de intimidad de la Iglesia, que le da fuerza. Atrás, ya no se vuelve.

Cuando los padres del Concilio Vaticano II pusieron el foco sobre este trenzado, los ojos del eclesiástico y los del laico estuvieron ambos abiertos de par en par durante un tiempo, antes de recuperarse. Sobre el matrimonio, por otra parte, no había una gran teología. La larga costumbre de una lectura esquemática de los textos sagrados, además, distorsionaba fácilmente las metáforas nupciales sobre la espiritualidad de la condición monástica, sobrepasando las condiciones familiares. Y en cada caso, la profunda relación de la comunidad familiar con la forma de la Iglesia, que había hecho milagros durante los siglos de conversiones y de mártires, no inspiraba a los pastores desde hacía mucho tiempo.

Los padres conciliares, indicando el matrimonio y la familia como el primer tema sobre el que se deciden las relaciones entre Evangelio y Sociedad, hicieron un movimiento de alcance histórico. De hecho, dos.

El primero fue la plena redención de la intimidad conyugal, que la concibe como don gozoso del Creador y la inscribe plenamente en el dinamismo del amor sellado por el sacramento cristiano. La segunda es la recuperación de la experiencia de las primeras comunidades cristianas, que tocaron con acierto la extraordinaria potencia evangélica e la familia como realidad y figura de Iglesia, «santuario doméstico de la Iglesia», según la bella expresión de Apostolicam actuositatem (n. 11). «El espíritu familiar» es como «una carta constitucional para la Iglesia», tradujo el Papa Francisco en la audiencia general de 7 de octubre de 2015.

Desde entonces, la barca de Pedro ha fijado decididamente su rumbo sobre estas corrdenadas, sin abandonarlas.

La teología del cuerpo, introducida en el magisterio de Juan Pablo II, fijó un punto de no retorno, ofreciendo a la sabiduría y a la reflexione teológica las razones propiamente cristianas del trenzado de familia e Iglesia (incluso si esta teología del cuerpo, ahora considerada defensa de la inteligencia de la fe, libró algún esfuerzo para ser aceptada en sus justos términos). De esta nueva visión, puesta a punto con ocasión del sínodo de 1980, surgió también la decisión de institucionalizar la centralidad de la nueva mirada de la Iglesia. Nació así el Instituto Juan Pablo II para los estudios sobre el matrimonio y la familia, como academia de referencia al servicio del papa y de la orientación eclesial.

La realidad, sin embargo, se mueve. En el momento presente, el amor conyugal, los lazos generativos, la comunidad familiar, ya no son una referencia inequívoca y ya no va por sí mismos. Además, la cultura de las tecnocracias económicas considera a la familia un handicap y la política de los derechos humanos aparece largamente colonizada por un individualismo mortífero, que se toma todas las libertades posibles (y también aquellas de los otros). La reciente y doble cita sinodal tomó lucidamente nota de este escenario. La actitud fundamental que hizo camino en la Iglesia, frente a este pasaje difícil, es simple y conmovedor: son hijos e hijas que Dios nos confía, no nos resignaremos a perderlos. No les haremos pagar a ellos las culpas de una élite irresponsable y de una tecnocracia insaciable, que confunden su mente y toman como rehenes sus deseos. Y enseñaremos de nuevo a los eclesiásticos y a los laicos la lengua materna que edifica la Iglesia como una gran familia.

La realidad deber ser atendida, y por así decirlo, sufrida, por la Iglesia, para ser comprendida y dirigida. La prueba es ardua, la apuesta es alta. Pero entusiasmante. Si el hombre y la mujer comienzan a hablars, a quererse, a tomar de la mano las riendas de la historia y a apasionarse por el bien de la comunidad, a las nuevas generaciones se les reabrirá de nuevo el mundo, que la guerra de sexos (y del sexo) está cerrando.

La exhortación apostólica Amoris laetitia confirma la clarividencia de esta actitud de la fe. Y pide con vigor a los pastores y a la Iglesia vivir evangélicamente, primero, la realidad que debe ser interpretada teológicamente, según el misterio de Dios. Jesús precisamente hizo esto, durante muchos años, en Nazareth. Y así, quando comenzó a anunciar las urgencias de la palabra de Dios, sus imperfectos interlocutores –discípulos y multitudes, hombres y mujeres, quienquiera que fueran- simplemente entendían que Él, de todos modos, les entendía. Sobre esta lección de método el Papa Francisco nos pide invertir el talento recibido. E con esta visión el nuevo Instituto teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y de la Familia se apremia a honrar la confianza que les está nuevamente concedida. Y basta con los lamentos. La gran familia de Dios debe comunicar las alegrías de su intimidad con él a quien la encuentra. Hacer desear a todos formar parte, para tener una buena palabra que apoye la fragilidad de los padres, de las madres y de las criaturas. Y que ahuyente a los fantasmas del miedo, en nuestros pasajes entre las sombras.

de Pierangelo Sequeri

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