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Problemas que queman

El libro de la filósofa alemana Bettina Stangneth afronta dos problemas entorno a los cuales, desde hace décadas, existe una polémica que quema. Y los resuelve con documentos en mano, sacando meritoriamente a la luz una verdad poco conocida. Pero quizás las situaciones que afronta son más complejas de lo que ella misma quisiera pensar, y lo verdadero y lo falso menos separables netamente en campos opuestos. 

Ante todo se encuentra la interpretación de Hannah Arendt: sin duda la pensadora –así como todos los testimonios del proceso a Eichmann– quedó impresionada por el aspecto pretendidamente dócil y humilde asumido por el imputado, pero cierto no se limitó a deducir de este factor su tesis sobre la personalidad del torturador. En efecto, su idea de que la crueldad naciese de «una curiosa ineptitud para pensar» permanece en pie incluso después de los descubrimientos de Stangneth. Según Arendt, efectivamente, con demasiada frecuencia los hombres no saben lo que piensan ni lo que hacen. Ignoran cuánto sea grave su culpa y las consecuencias de sus actos. Toman un mal por un bien, no prestan atención a los demás y permanecen ajenos a sí mismos. Por pereza, negligencia o ceguera, la conciencia se sustrae fácilmente a toda responsabilidad y abdica de su libertad interior. Luego está la cuestión del rechazo por parte de muchos alemanes –y aquí está involucrado en la acusación el mismo Adenauer– de ajustar cuentas hasta el fondo con el propio pasado, rechazo que indudablemente el silencio sobre el caso Eichmann saca a la luz. Pero hay que recordar que este rechazo no ha sido motivado solo desde la esperanza de encubrir y de salvar a los culpables. En el contexto de la larga y difícil posguerra, efectivamente, también había un país devastado y lacerado que había que reconstruir, y para hacerlo era necesaria una especie de pacificación para evitar nuevas divisiones, luchas intestinas y quizá otros baños de sangre.

Lucetta Scaraffia

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20 de Octubre de 2017

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