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​Prepararse para el consuelo

· Misa en Santa Marta ·

Ninguno está excluido del encuentro con el Señor: Dios «pasa» por la vida de cada uno y cada cristiano está llamado a estar «en tensión en este encuentro» para reconocerlo y acoger su paz. Es un mensaje de esperanza y de alegría el lanzado por el Papa en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el 25 de septiembre. Pero es también una invitación a desprenderse del entumecimiento, a no ser cristianos «cerrados».

La ocasión para la reflexión vino de la primera lectura del día (Esdras, 1, 1-6) que «cuenta el momento en el que el pueblo de Israel fue liberado del exilio». Un pueblo que -como se repite también en el Salmo- canta: «Grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros». Viendo como Dios había inspirado «el corazón del rey pagano para ayudar al pueblo a volver a Jerusalén», repetían felices: «nos parecía soñar». Y de nuevo: «nuestra boca se llena con una sonrisa, nuestra lengua, de alegría». Ellos, dijo Francisco, «no entendían, pero estaban muy alegres».

Era el mismo pueblo que, cuando los paganos les pidieron cantar durante el exilio respondieron: «Pero no, no podemos, está lejos». Explicó el Pontífice: «Las guitarras estaban allí, en los árboles, no podían cantar porque no tenían la alegría: tenían la tristeza del exilio».

La que viene descrita en la Escritura es, por tanto, «una visita del Señor: el Señor visitó a su pueblo y lo volvió a llevar a Jerusalén». Y precisamente sobre la palabra «visita» se paró el Papa: una palabra «importante en la historia de la salvación». Se encuentra, por ejemplo, cuando «Juan dice a sus hermanos en Egipto: “Dios, por supuesto, vendrá a visitaros. Llevad mis huesos con vosotros”». Cada vez que se habla de «liberación, cada acción de redención de Dios, es una visita: el Señor visita a su pueblo». Y también «en el tiempo de Jesús», cuando «la gente que estaba liberada de demonios decía: “el Señor ha visitado a su pueblo”». El mismo Jesús, recordó Francisco, «cuando mira Jerusalén llora, llora pro ella. ¿Por qué llora?». Porque, afirma, «no conociste el tiempo en el que fuiste visitada; no entendiste la visita del Señor».

He aquí entonces la enseñanza para cada hombre: «Cuando el Señor nos visita, nos da la alegría, es decir, nos lleva un estado de consolación», nos lleva a «cosechar la alegría», da »consuelo espiritual». Un consuelo, añadió, que «no solo pasa en aquel tiempo», sino que «es un estado en la vida espiritual de cada cristiano».

Sobre ello, el Papa articuló, en tres puntos, su meditación: «esperar el consuelo», después «reconocer el consuelo, porque hay falsos profetas que parecen consolarnos y en cambio nos engañan» y «conservar el consuelo».

en primer lugar, explicó Francisco, es necesario «estar abiertos a la visita de Dios», porque «el Señor visita a cada uno de nosotros; busca a cada uno de nosotros y lo encuentra». Puede haber «momentos más débiles, momentos más fuertes que este encuentro, pero el Señor siempre nos hará sentir su presencia, siempre, de un modo o de otro». Y, añadió, «cuando viene con el consuelo espiritual, el Señor nos llena de alegría» como pasó con los israelitas. Es necesario, por lo tanto, «esperar esta alegría, esperar esta visita» y no, como piensan tantos cristianos, esperar solo el cielo. Preguntó, en efecto, el Pontífice: «En la tierra, ¿qué esperas?. ¿No quieres encontrarte con el Señor?. ¿No quieres que el Señor te visite en el ánima y te dé lo bonito del consuelo, de la felicidad de su presencia?».

La pregunta siguientes es entonces: «¿Cómo se espera el consuelo?». La respuesta es: «Con aquella virtud humilde, la más humilde de todas: la esperanza. Yo espero que el Señor me visite con su consuelo». Es necesario «pedir al Señor que se deje ver, que se deje encontrar».

Hace falta «prepararse» explicó el Papa, porque «el cristiano es un hombre, una mujer, en tensión hacia el encuentro con Dios», hacia «el consuelo que da este encuentro». Y si no es así, «es un cristiano cerrado, un cristiano colocado en el almacén de la vida, no sabe qué hacer». Por eso, reafirmó una vez más, hay que «prepararse para el consuelo, pedir la visita del Señor», como los israelitas que «durante setenta años han pedido esta visita. El Señor los ha visitado». Prepararse con «esperanza», también aunque se crea tener una esperanza «pequeña», porque «muchas veces» esta esperanza «es fuerte cuando está escondida como las brasas bajo la ceniza».

El segundo punto es «reconocer el consuelo». De hecho, «el consuelo del Señor no es una alegría común, no es una alegría que se pueda comparar», como cuando «vamos al circo». El consuelo del Señor, dijo Francisco. «es otra cosa». Se reconoce: «toca dentro y te mueve y te da un aumento de caridad, de fe, de esperanza y también te lleva a llorar por tus pecados» y a «llorar con Jesús» cuando contemplamos su pasión. El «verdadero consuelo», explicó el Papa, «eleva el alma a las cosas del cielo, a las cosas de Dios y también calma el alma en la paz del Señor». No se puede confundir con la «diversión». No es que, precisó, la diversión sea «una cosa mala cuando es bueno, somos humanos, debemos tenerla»; pero el consuelo es otra cosa. Eso «te toma y se siente la presencia de Dios» y hace reconocer: «esto es el Señor». Y la misma experiencia vivida por los discípulos en el mar de Galilea, la noche en la que no habían pescado nada y Juan en la orilla dice: “¡Es el Señor!”. Lo reconoció enseguida». Y es lo que vivieron los israelitas después del exilio: «Nuestra lengua se llena de alegría. Nuestra boca se llena de sonrisas».

Por eso es necesario reconocer el consuelo «cuando llega». Y cuando llega «agradecer al Señor». Cada uno debe ser consciente de que «es precisamente el Señor que pasa, que pasa para visitarme, para ayudarme a ir adelante, para esperar, para llevar la cruz». Para eso, dijo el Pontífice también hay que «prepararse con la oración». Esperanza y oración: «Ven, Señor, ven,ven».

Al final hay un tercer punto: «conservar el consuelo». Porque sí es cierto que el «consuelo es fuerte», es también cierto que «no se conserva tan fuerte – es un momento- pero deja sus huellas». Entra, así, en juego el hacer «memoria». Como hizo el pueblo de Israel cuando fue liberado.

Y cuando después, se preguntó Francisco, «pasa este momento fuerte» del encuentro y del consuelo, «¿qué queda?. La paz», que es precisamente «el último nivel de consuelo». Un estado que se reconoce; se dice, de hecho: «Mira, un hombre en paz, una mujer en paz». He ahí entonces que cada uno pueda preguntarse: ¿yo estoy en paz?, ¿estoy tranquilo en el alma?».

La exhortación final del Papa fue la de pedir «al Señor que nos enseñe esta tensión hacia la redención, este camino de tensión» respecto al que el salmo, comentando el retorno del exilio, dice: «Al ir se va llorando, llevando la semilla para tirar, pero al volver viene con alegría, llevando sus gavillas». De aquí el deseo final: «Que el Señor nos de esta gracia: esperar el consuelo, reconocer el consuelo espiritual y conservar el consuelo».

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