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Por los pueblos que sufren

· La oración del Papa en la fiesta de la Asunción ·

El Papa Francisco ha confiado a María «las ansias y los dolores de las poblaciones que en muchas partes del mundo sufren a causa de calamidades naturales, de tensiones sociales o de conflictos». Lo hizo al finalizar el Ángelus de la solemnidad de la Asunción, orado con los fieles en la plaza de San Pedro el martes 15 de agosto por la mañana. Dirigiéndose a «María Reina de la paz, que contemplamos en la gloria del Paraíso», el Pontífice expresó la esperanza de que la Virgen «obtenga para todos consolación y un futuro de serenidad y de concordia».

Anteriormente, hablando del episodio evangélico de la visita a Isabel. El Papa había recordado que Dios hace «grandes cosas» con las personas humildes, «porque la humildad es como un vacío que deja lugar a Dios». El humilde había explicado, «es potente, porque es humilde: no porque es fuerte». De aquí la invitación a un examen de conciencia a partir de la pregunta: «¿cómo va mi humildad?». Un aspecto, este, sobre el cual Francisco ya había invitado a reflexionar en un tuit de la cuenta @Pontifex el 13 de agosto – «En María vemos que la humildad no es una virtud de los débiles sino de los fuertes, que no maltratan a otros para sentirse importantes» – seguido después por el tuit mariano publicado el 15 de agosto: «La Asunción de María atañe a nuestro futuro: nos hace mirar al cielo, anuncia los cielos nuevos y la tierra nueva, con la victoria de Cristo».

Al episodio evangélico de Jesús que camina sobre las aguas el Papa había dedicado en cambio el Ángelus del domingo 13. Para Francisco, la barca de los discípulos a la merced de la tempestad «es la vida de cada uno de nosotros pero también es la vida de la Iglesia»; y «el viento contrario representa las dificultades y las pruebas». En esta situación, el grito de Pedro «¡Señor, sálvame!» evoca «nuestro deseo de sentir la cercanía del Señor, pero también el miedo y la angustia que acompañan a los momentos más duros de nuestra vida y de nuestras comunidades».

Como a Pedro, que dudó ante la mano tendida de Jesús, también a los hombres de hoy puede ocurrir que no se aferren a la palabra del Señor. Y así, observó el Pontífice, «para tener más seguridad se consultan horóscopos y adivinos»; pero de esta manera se termina por «ir hasta el fondo». En cambio «la fe nos da la seguridad» de una presencia que «nos impulsa a superar las tormentas existenciales» para «ayudarnos a afrontar las dificultades». Es lo que ocurre en la Iglesia, «una barca que, durante la travesía, debe afrontar también vientos contrarios y tempestades, que amenazan con embestirla». Y «lo que la salva –subrayó Francisco– no son el valor y las cualidades de sus hombres: la garantía contra el naufragio es la fe en Cristo y en su Palabra».

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22 de Enero de 2019

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