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Por el camino de la paz

Fueron suficientes poco más de veintiséis horas en la República Centroafricana, presentadas por la presidenta Catherine Samba-Panza como una bendición del cielo y una victoria de la paz, para transformar el itinerario africano del Papa Francisco en uno de los viajes más significativos del pontificado. Bergoglio, en efecto, supo testimoniar, ante el mundo y sólo con su presencia (que muchos no consideraban posible), la necesidad de la reconciliación en un país que con fatiga, ayudado por la comunidad internacional, trata de curar las heridas abiertas por el conflicto civil y salir de una gravosa pobreza.

Y los centroafricanos han entendido. Por ello el Pontífice fue aclamado por las calles polvorientas de Bangui por una multitud que a su paso agitaba ramas de árboles y extendía por las calles telas de vivos colores: acogido con alegría, juntamente con el arzobispo de la ciudad Dieudonné Nzapalainga, por los refugiados reunidos en la parroquia de Saint-Sauveur, y recibido con amistad por los protestantes de la facultad teológica, así como por los musulmanes en la mezquita de Kuduku.

Los tiempos son difíciles, reconoció Bergoglio al celebrar la misa conclusiva en un estadio abarrotado y a pleno sol, pero la fe en Jesús es una realidad abierta a un futuro definitivo que «transforma ya desde ahora nuestra vida presente y el mundo en que vivimos». Como con un gesto sorpresa lo demostró a todos el Papa, bajando del altar para intercambiar el saludo de paz con el imán de Bangui presente en la primera misa en la catedral. «Entre cristianos y musulmanes somos hermanos» destacó luego en la mezquita: hermanos que deben «permanecer unidos para que cese toda acción que, venga de donde venga, desfigura el Rostro de Dios», en el rechazo del odio y de la violencia.

Con esta visita tenazmente querida concluyó el viaje del Papa Francisco a África, que culminó con una iniciativa sin precedentes. Por primera vez, en efecto, un Pontífice abre la Puerta santa fuera de Roma, símbolo por excelencia del Jubileo, anticipando en la catedral de Bangui para la República Centroafricana la apertura del Año santo extraordinario de la misericordia convocado por el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio.

Y con la anticipación de la celebración jubilar, esta ciudad, que en el corazón de África anhela la paz, se ha convertido en la intención del Papa en «la capital espiritual del mundo». En un país donde muchos «no tienen ya ni siquiera fuerzas para actuar, y esperan sólo una limosna, la limosna del pan, la limosna de la justicia, la limosna de un gesto de atención y de bondad» dijo Bergoglio, añadiendo que «todos nosotros esperamos la gracia, la limosna de la paz».

Terminada la misa del primer domingo de Adviento, el Pontífice introdujo una vigilia de oración que se prolongó toda la noche, improvisando con miles de jóvenes un diálogo sobre la necesidad de resistir al mal y luchar por el bien. Y antes de retirarse a confesar a algunas muchachas y muchachos, Bergoglio pidió como de costumbre que recen por él, para que pueda ser un buen obispo y un buen Papa.

Giovanni Maria Vian

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22 de Agosto de 2019

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