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Pobreza significa ser libre

· Coloquio con la polaca Małgorzata Chmielewska, superiora de la comunidad Pan de la Vida ·

Sor Małgorzata se ocupa de los sin techo y de los pobres. Está en Roma por unos días. Cuando la encontramos, ya había ido a la misa celebrada por el Papa en Santa Marta y se había encontrado con monseñor Konrad Krajewski. Está radiante, y se nota. Responde a nuestras preguntas de modo concreto y exhaustivo, y cada tanto, como de costumbre, nos pregunta si verdaderamente no tenemos hambre.

¿Cómo conoció la comunidad Pan de la Vida?

Por casualidad. Con una amiga, en tiempos del comunismo, hacía varias cosas, entonces menos legales, en favor de los marginados. Buscamos un lugar o una comunidad adapta para nuestras necesidades, o sea, una comunidad que viviera con los pobres. Alguien me dio la dirección, y fuimos a Francia.

Hoy Pan de la Vida tiene en Polonia varias casas, talleres e, incluso, una tienda virtual.

En Polonia la comunidad existe desde 1989, cuando se abrió la primera casa para los sin techo. La organicé yo, junto con mi mejor amiga y el actor Maciej Rayzacher. En muy poco tiempo la integramos en la comunidad Pan de la Vida. Su misión consiste en vivir con los pobres en torno a Cristo en la eucaristía. Queremos vivir con los pobres, pero no trabajamos por ellos, porque no son nuestros asistidos, sino nuestros hermanos y hermanas, lo cual tiene una importancia esencial en nuestras relaciones recíprocas. Y tratamos de indicar a Cristo en la eucaristía como Señor y salvador, como el único que puede curar las heridas, señalar el camino y dar amor. No teníamos un plan: las personas con sus problemas, que aparecían en nuestro camino, representaban para nosotros un interrogante. Y aún hoy sigue siendo lo mismo. La primera casa nació porque habíamos encontrado a personas que carecían de vivienda. Una vez, estando en el campo, fue a vernos una muchacha. Quería que le prestáramos cincuenta zloty (unos doce euros) para la escuela, porque si no pagaba, la iban a expulsar, y era el año del diploma. Le dimos el dinero, y comenzamos a ocuparnos de otras personas con los mismos problemas. De este modo nació un fondo para becas de estudio que actualmente mantiene a seiscientos jóvenes. Cuando nos buscaban, en el campo, no tenían empleo y se avergonzaban de pedirnos comida. Querían trabajar, y entonces comenzamos a pensar en darles un trabajo. Poco a poco fueron surgiendo los talleres y las cuadrillas de albañiles. Entre los sin techo hay muchos enfermos que necesitan atención especializada; por este motivo, hemos abierto una clínica para ellos. Las madres con niños pequeños no podían estar con otras mujeres con problemas psíquicos o de alcoholismo. Era necesario construir una casa expresamente para ellos. Es así como funciona.

¿También atendéis a los discapacitados?

Existe el gran problema de los discapacitados, sobre todo en el campo. Viven en condiciones terribles. Si un criador tuviera así sus cerdos, iría a parar a la cárcel. También en este caso comenzamos a reestructurar o construir casas para las familias en dificultad. Eran grupos familiares en los que los padres o los hijos (o unos y otros) tenían alguna forma de discapacidad.

También son numerosos los jóvenes con discapacidad mental no grave. Muy inteligentes para tener una pensión por invalidez, pero muy poco hábiles para vivir autónomamente. Como quiera que sea, todos querrían trabajar, y en nuestros talleres tienen una posibilidad. Entre estos discapacitados, a menudo se encuentran muchachos que crecieron en orfanatos, que jamás pudieron vivir su propia vida porque compartían con otros el mismo cuarto y siempre dependían de alguien. Ahora, en cambio, con nuestra asistencia discreta, pueden sentirse bien y hasta formar una familia.

¿Cree que más allá de su declaración de principios la Iglesia acepta en verdad la discapacidad, en particular, la discapacidad mental?

No, en absoluto. Hay lugares, comunidades y sacerdotes que trabajan con los discapacitados mentales, pero son una minoría. Últimamente, en una parroquia, no quisieron darle la comunión a un muchacho discapacitado. Uno de nuestros sacerdotes fue allí y se la dio, porque el muchacho estaba a punto de morir. Para mí, estas personas son las más importantes en el reino de Dios y, sin embargo, las marginamos. ¿Acaso encontramos a los débiles, a las mujeres ancianas y a los discapacitados en las primeras filas de nuestras iglesias?

¿Cómo considera la pobreza?

La pobreza no es miseria. En nuestras casas, que son muy modestas, hago todo lo posible para que las personas vivan dignamente, para que estén limpias, para que el ambiente sea agradable, para que el césped esté siempre cortado. La pobreza no es un concepto relativo, porque comprende a millones de personas en este mundo, y es algo real y doloroso. Significa tener incertidumbre acerca del futuro, sentir impotencia y angustia por nuestros seres queridos, imposibilidad de satisfacer sus necesidades. La pobreza también nos enseña a tener confianza en la providencia de Dios, porque experimentamos de modo concreto que en verdad Dios está presente. En nuestra comunidad, muy a menudo, nos quedamos sin nada. Entonces, comenzamos a rezar, y después de cierto tiempo alguien nos da algo, llega alguien con algo. En la práctica, pobreza significa ser libre.

Bienaventurados los pobres: ¿alguna vez se sienten felices quienes viven en vuestras casas?

En Varsovia examinaron recientemente el grado de satisfacción de los clientes de los diversos servicios, incluidos los clientes de los hospicios para pobres, porque en Polonia quien recibe asistencia social es un “cliente”. Y así, un joven encuestador fue a vernos y le preguntó a una persona de 35 años, sin techo y enferma de cáncer: “¿Usted está satisfecho?”. Naturalmente, esto es absurdo. La pobreza en sí misma no da la felicidad, es más, diría que nos hace infelices. Los huéspedes de nuestras casas son personas que eran acomodadas y tenían familia, o personas que ya nacieron desfavorecidas, que nunca tuvieron nada. La vida en la comunidad, y el hecho de sentirse amados, da felicidad a unos y otros. Por tanto, pienso que la mayor parte de ellos son felices, naturalmente en el sentido más profundo de la palabra. En nuestras casas, no obstante el gran sufrimiento, hay alegría, se ríe, se bromea. Está claro que esta bendición se da cuando el hombre descubre que el amor es verdaderamente el valor más elevado y que Dios nos ama sin límites, de modo acrítico, como una madre ama a su hijo, independientemente de cómo es. Más aún, una madre ama más al hijo que sufre más. Tengo cinco hijos adoptivos: uno de ellos, Artur, es autista. Aunque es un muchacho difícil, es el mimado de la casa. Le gustan los encendedores: los recoge y los mete en botellas vacías. Todos en casa tienen uno en el bolsillo para dárselo, para que sea feliz por un momento. Los pobres descubren la felicidad que nosotros no vemos porque estamos ocupados en buscarla en otro lugar. Para ellos, tal vez, sea más fácil descubrir la verdadera felicidad: en esto consiste la grandeza del pobre.

Sirve el dinero para ayudar a los pobres. Entre quienes os sostienen, ¿hay personas ricas?

Margaret Thatcher dijo que para ser un buen samaritano hay que tener dinero. Naturalmente, esto es verdad. En la medida de lo posible, tratamos de ganar nosotros mismos el pan. En nuestras casas trabajan todos los que están en condiciones de hacerlo. La primera cosa que hacemos, para que el recién llegado no pierda su dignidad, es pedirle que ponga la mesa. Por supuesto que el dinero y las cosas materiales que recibimos son un don de la Providencia, pero está claro que provienen de las personas, y con frecuencia no son personas ricas. Un día llamó una señora y me preguntó si quería un coche. Le respondí que sí. Era un todoterreno perfecto para el campo, pero lujosísimo, con asientos de piel. Le pusimos enseguida una placa que decía “donativo”. Pero, en general, a las personas ricas les resulta más difícil compartir, porque desde las oficinas elegantes de las multinacionales del centro de Varsovia, París, Londres o Roma, es más difícil ver hacia abajo. En cambio, los que día a día afrontan las dificultades de la vida, comprenden con mayor facilidad. Cuando alcanzamos cierto nivel de riqueza, nos alejamos de la fuente de la solidaridad humana, de la misericordia y de los vínculos con los demás: este es el peligro que corren las personas muy ricas. Conozco algunas. Tienen muy buena voluntad, pero son incapaces de comprender al “otro”. Esta es su pobreza. Vivimos en una sociedad competitiva, que enseña enseguida a los niños que deben ser mejores que los demás. ¿Eligen a los hijos de los pobres para dar la bienvenida al obispo a la parroquia? ¿Son ellos quienes declaman las poesías?

¿Qué se puede hacer? ¿Cambiar el sistema de asistencia social?

Seguramente hay que perfeccionar el sistema de asistencia social, pero el problema es que las personas más débiles, las que nacieron en condiciones desfavorecidas, no son capaces de funcionar en un sistema en el que hay que saber hacer muchas cosas, usar la computadora, rellenar módulos en el banco, hablar un lenguaje que no conocen. Creando dichos sistemas, los excluimos. Ni siquiera son marginados, porque para marginar a alguien, antes hay que verlo. Simplemente son personas que no existen. Nuestro papel de cristianos debe ser el de “ver” el problema, porque muchas personas no lo ven. Nada puede sustituir el encuentro del hombre con otro hombre: la relación, la comunión, el apoyo recíproco. Los huéspedes de nuestras casas no solo reciben, sino que también dan muchísimo. Se crean relaciones, intercambios, sin los cuales no hay amor ni respeto. Nadie puede ser asistido de por vida, algo que, por el contrario, hacen los sistemas modernos de asistencia. A los excluidos les proporcionan los recursos mínimos de supervivencia, pero no se les permite reinsertarse en el sistema de la vida normal económica, cultural, educativa y espiritual. Es muy difícil darle a una persona los medios para que funcione por sí misma, para que viva dignamente, se gane la vida y mantenga a su familia.

Sor Małgorzata Chmielewska es la superiora de la comunidad Pan de Vida, fundada por una pareja francesa, Pascal y Marie Pingault. Ambos se convirtieron en edad adulta, y en 1971, con un grupo de amigos, decidieron vivir radicalmente el Evangelio. Al cabo de trece años surgió la comunidad reconocida por la Iglesia como asociación de fieles laicos. Sus miembros, laicos consagrados, viven junto a los pobres. En Polonia, la comunidad gestiona casas para los sin techo, los enfermos y las madres solas. La fundación Casas de la comunidad Pan de la Vida organiza el trabajo de los enfermos y de los sin techo en las fábricas y asigna becas a los niños del campo.

Dorota Swat

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25 de Junio de 2018

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