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Pobres

Interior de la Sixtina. Ovación cerrada. El recuento de votos se inclina hacia un lado. No hay vuelta atrás. Primer plano. El rostro sereno de Bergoglio, meditativo. Junto a él, Hummes. Un abrazo. Le habla al oído. Plano corto. «No te olvides de los pobres». Un susurro del émerito brasileño. Dios, en voz baja. Brisa del Espíritu que se hace eco demoledor en la cabeza del argentino: «Los pobres, los pobres…». De inmediato, otra palabra brota del corazón. Nace Francisco. Otro «Poverello». Los que no cuentan para la sociedad, lo condenados a vivir sin apellido, dan nombre al nuevo Pontificado. Y sentido. Minuto cero. «Sueño con una Iglesia pobre y para los pobres». El programa del Obispo de Roma para todos los católicos. Sueño, no ensoñación.

Hoja de ruta que él mismo marca con su paso, con unas gastadas sandalias de pescador que le llevan a Lampedusa como primer destino. Los refugiados que se come el mar, empujados al abismo por los poderosos. Pobres entre los pobres. La maleta papal viaja desde entonces a los suburbios del mundo. Lo mismo a una niña víctima de la trata en Filipinas que a las madres presidiarias colombianas. Para lavar los pies a un migrante musulmán que para tender la mano a los denostados rohingya. «Tomando un niño, lo puso en medio de ellos y lo abrazó». De la periferia al centro. Francisco abraza la pobreza como estilo de vida. Una provocación. Porque la pobreza huele mal, no es fotogénica y no trae más que problemas. Lo sabe el pastor que se pateó las villas de Buenos Aires, que quiso complicarse la vida con los cartoneros, con los niños adictos al «paco» y con las madres solteras. Y como Papa le ha complicado la vida a más de uno que prefería mirar de lejos esta realidad. Como mucho, tocarla con guantes esterilizados.

Francisco ha bajado a la Iglesia del coche oficial de la falsa compasión, para embarrarse. No se ha perdido en discursos de salón, pronuncia cada día en Santa Marta la homilía de la austeridad, la humildad y la sencillez que brota del establo de Belén.

Porque abrazar la pobreza para él no es un postulado ético ni mero asistencialismo. Es el Evangelio, descubrir el rostro de Jesús en la mirada del indigente que se clava hasta adentro. Es conmoverse con las entrañas del padre del hijo pródigo para levantarse contra las situaciones de injusticia que han llevado a crear guetos en todos los pueblos. La premisa bergogliana: soy yo privilegiado el que está en deuda con el pobre, y no a la inversa. Por eso este es un Papado incómodo. Para el primer Papa latinoamericano de la historia abrazar la pobreza denunciar sus causas y combatirlas. Indignación ante la desigualdad. Gritar para acabar con una economía que descarta y mata de hambre, contra una guerra por fascículos que crea nuevas bolsas de miseria, contra una opinión pública que hace invisible al que duerme en un cajero o al que pide en la puerta del mercado. Los pobres, en el primer plano de Francisco. Desde el minuto cero. Hasta hoy.

De José Beltrán

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22 de Abril de 2018

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