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​Pero la UE permanece casi sin respiración

· Después de las elecciones legislativas en Holanda ·

¿Qué ocurrirá ahora? La pregunta que habría predominado en los comentarios sobre el voto holandés en caso de una victoria de la derecha populista, es válida incluso ahora, después de la cierta confirmación del partido liberal del primer ministro Mark Rutte. Una confirmación recibida con gran alivio por parte de las cancillerías y de los mercados europeos, pero que suscita, precisamente, algún interrogante.

Al día siguiente de las elecciones holandesas surge la pregunta sobre qué lección habrán aprendido del voto las instituciones europeas, que por el momento se han “limitado” a celebrar la victoria de Rutte, definiéndola un dique contra la deriva antieuropeísta. El peligro de la Nexit (la salida de los Países Bajos de la Unión) ha sido evitado y la UE puede guardar las ideas en espera de las presidenciales francesas y de las legislativas alemanas, citas que constituirán un verdadero banco de pruebas para la estabilidad europea.

Porque una cosa es cierta y el Brexit está ahí para demostrarlo: el proceso de integración continental es todo lo contrario que irreversible. Está amenazado, no por los llamados partidos soberanistas que predican la salida de sus respectivos países de la Unión y el consiguiente retorno a las viejas monedas nacionales. La debilidad del proyecto europeo, en primer lugar, es debida a la distancia que las instituciones han acumulado respecto a la ciudadanía y es precisamente sobre esta distancia sobre la que las fuerzas políticas populistas hacen presión para cosechar consensos.

El riesgo está entonces en que el voto holandés pueda constituir una especie de coartada para la UE que, mientras se prepara para celebrar el 60º aniversario de los Tratados de Roma, podría ser inducida a pensar que lo peor ha pasado. Sin embargo no es así. La Unión permanece frágil no solo por motivo del foso escavado entre ella y las personas, sino por la crónica falta de un proyecto común sobre los grandes temas. Como el de acogida a los prófugos y a los migrantes que ha visto dividir Europa verdaderamente.

Ha sido precisamente la ausencia de una visión compartida la que ha impulsado hacia la definición de un acuerdo con Turquía, la cual, a cambio de mucho dinero, ha aceptado “acoger” en su territorio a los refugiados que de no ser así habrían llenado la ruta balcánica. Ahora el gobierno de Ankara, en abierta polémica con precisamente con Holanda, amenaza revisar ese acuerdo. Si así fuese se pondrían en discusión los equilibrios fragilísimos en el seno de la UE, equilibrios alcanzados después de meses y meses de difíciles negociaciones.

Vayan como vayan las cosas permanece la amarga constatación de una Unión a la que cuesta respirar, frágil hasta tal punto que su estabilidad depende de las decisiones de un tercer país.

Giuseppe Fiorentino 

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24 de Mayo de 2017

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