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Pero después he visto a la directora

· La santa del mes contada por Ulla Gudmundson ·

Quizá pensabais que si hay una santa muy conocida en la Suecia (post) protestante es santa Brígida, la única mujer sueca a quien la Iglesia católica canonizó oficialmente. Pero no es así. Hay otra santa, que tiene un papel más importante en la sociedad sueca actual: santa Lucía, la virgen siciliana que, en el siglo IV, fue cegada y martirizada a causa de su fe. Prácticamente en todas las escuelas, los institutos preescolares y los jardines de infancia, así como en muchos hoteles, restaurantes, negocios y todo tipo de lugares de trabajo, el 13 de diciembre se realiza la procesión de santa Lucía.

Muchos ganadores del premio Nobel, hospedados en el Gran Hotel de Estocolmo para esa ceremonia, se sorprendieron al encontrar ante su puerta, por la mañana muy temprano, a una muchacha vestida de blanco, con una corona llameante, y en la mano una bandeja con vino caliente especiado, bollos de azafrán y bizcochos de jengibre.

También yo recuerdo que de niña mis padres me sacaban de la cama en plena noche –y yo no quería salir– para llevarme a la casa de mis abuelos, donde personificaba a santa Lucía. Con respecto a mi apariencia, era muy apta para ese papel: cabellos rubios largos hasta la cintura, perfectos para la corona hecha con hojas de arándano y velas verdaderas.

La faja de seda rosa que se pone tradicionalmente en el vestido blanco de Lucía quiere simbolizar el martirio de la santa. Pero no creo que todos los suecos conozcan su vínculo con la mártir. De hecho, sería más correcto hablar de dos tradiciones, una siciliana y otra escandinava.

Como la Navidad, la tradición de santa Lucía en Suecia es una mezcla de elementos cristianos y precristianos. El nombre Lucía está unido a la palabra latina lux, luz. En Escandinavia los inviernos son largos y oscuros, y la tradición de celebrar una fiesta para esperar la vuelta de la luz es, probablemente, muy antigua.

En el siglo XIV, Suecia y Finlandia seguían el calendario juliano, en el que la fiesta de santa Lucía coincidía con el solsticio de invierno, la noche más oscura y más larga del año. Según el folclore, durante esa noche los troles y los otros seres sobrenaturales vagan por las forestas y las aldeas, y los animales pueden hablar.

En la Suecia rural, todos los preparativos para la Navidad debían terminar en ese período: el cerdo tenía que estar troceado, los chorizos preparados, el pan y los bollos dulces horneados, la cerveza fermentada y el aguardiente destilado. Santa Lucía era un anticipo de las fiestas navideñas.

También beber en exceso, por desgracia, es una característica de los jóvenes que celebran a santa Lucía. De hecho, el origen de esta costumbre es muy remoto, puesto que durante la fiesta de santa Lucía los jóvenes pasaban cantando por las casas y como recompensa no solo recibían comida o unas monedas, sino también algunos vasos de bebida.

No es exagerado decir que los suecos, a menudo considerados un pueblo moderno e incluso futurista, están arraigados de modo fanático en la tradición de santa Lucía. Y el corazón de la tradición es, en mi opinión, el canto.

Está claro que la canción de santa Lucía fue importada de Italia. Sin embargo, santa Lucía y sus damiselas entonan tradicionalmente himnos y cantos suecos antiguos, algunos de los cuales se remontan a la Edad Media y suelen cantarse en las iglesias católicas, como Det är en ros utsprungen (en alemán: Es ist ein Ros entsprungen).

Los usos culturales tienen un origen, pero también pueden trascender los confines. En los últimos cuatro años la parroquia dedicada a santa Lucía en Mtarfa, en la isla de Malta, ha celebrado una versión maltesa de la fiesta sueca.

Y en los dos últimos años, una procesión de santa Lucía ha recorrido la nave de San Pedro cantando un himno sueco de Adviento, Bereden väg för Herran (Preparad el camino del Señor), con una melodía antigua inspirada en el canto gregoriano.

Pero quizá haya sido una exalumna de mi padre quien mejor expresó la belleza de la celebración tradicional de santa Lucía. Se desmayó durante la procesión y, cuando recobró el conocimiento, dijo: «Ha sido bellísimo, en verdad bellísimo. Los vestidos blancos, las velas, la música, el canto. He pensado que estaba en el cielo. Pero después he visto a la directora».

Ulla Gudmundson es embajadora de Suecia ante la Santa Sede desde 2008. Fue directora de la Oficina para el análisis de las políticas del Ministerio de Asuntos exteriores de Suecia, vicedirectora de la delegación sueca ante la OTAN y primera corresponsal de su país en Europa. Escribe para «Kyrkans Tidning», el diario de la Iglesia en Suecia. Publicó, entre otras obras, Päven Benedictus, Kyran och världen (El Papa Benedicto, la Iglesia y el mundo), con la que ganó el premio Axel Munthe San Michele 2011.

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