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Peregrinaje de paz

· La oración del Papa en el santuario romano del Divino Amor ·

Durante la ii Guerra Mundial los romanos hicieron un voto a la Virgen del Divino Amor —la construcción de un nuevo santuario— para que la ciudad no fuera bombardeada. Sus oraciones fueron respondidas y los romanos mantuvieron su promesa. Setenta y cuatro años después, la tarde del 1 de mayo, inicio del mes mariano, el Papa Francisco fue allí, a los pies de esa misma Virgen para implorar el don de la paz por la Siria martirizada desde hace siete años de guerra y por el mundo entero. No hay ningún voto esta vez, sino solo una oración coral —el rezo del rosario— por un mundo marcado por decenas de conflictos, esa tercera guerra mundial a trozos que ha evocado varias veces el Pontífice. El cual no añade más a lo anunciado el domingo precedente en el Regina Coeli, cuando había invitado a todos a unirse a él en la oración durante la visita. Las intenciones están contenidas en la moción introductoria, que cita un pasaje del mensaje Urbi et Orbi del día de Pascua. Desde la logia central de la basílica vaticana, Francisco el pasado 1 de abril había, de hecho, invocado «frutos de paz, de reconciliación y de esperanza para el mundo entero, comenzando por la amada Siria, cuya población está exhausta por una guerra que no ve el final». y había añadido otra imploración: «Que la luz de Cristo Resucitado ilumine las conciencias de todos los responsables políticos y militares, para que se ponga fin inmediatamente al exterminio en curso, se respete el drama humanitario y se proceda a facilitar la llegada de ayudas de las que estos nuestros hermanos y hermanas tienen necesidad urgente, asegurando al mismo tiempo las condiciones adecuadas para el regreso de cuantos están desplazados».

Palabras que, por lo tanto, resonaron de nuevo en la primera visita llevada a cabo por Francisco al santuario tan querido por los romanos; una parada breve, poco más de una hora, transformada en un peregrinaje símbolo de la paz. Habría debido ir allí el 18 de mayo del 2014, pero importantes compromisos internacionales le hicieron posponer la cita a una fecha por asignar. El último peregrinaje de una Papa —después de los tres de Juan Pablo ii en 1979, en 1987 y en 1999— se remontaba al 1 de mayo de 2006 y lo llevó a cabo Benedicto xvi. Una larga espera, por lo tanto, para los fieles de Castel di Leva, a las puertas de Roma, pero el día llegó y tuvo una motivación que fue más allá de los límites del santuario y de la misma ciudad para abrazar al mundo. El automóvil con el Pontífice a bordo, saludado por los fieles a lo largo del breve trayecto que desde Ardeatina lleva al santuario, llegó con un cuarto de hora de anticipo sobre el programa, mientras el cielo nublado, que había amenazado lluvia hasta poco antes, se abría a un pálido sol. Francisco fue acogido por el arzobispo vicario Angelo De Donatis, por el obispo Paolo Lojudice, auxiliar para el sector sur; por el presidente de los oblatos Hijos del Divino Amor, monseñor Enrico Feroci; por el rector del santuario, don Luciano Chagas Costa; por el párroco, don John Harry Bermeo Sánchez y por el rector del seminario, don Vincent Pallippadan. Acompañaron al Papa el prefecto de la Casa pontificia, el arzobispo Georg Gänswein, con el regente de la Prefectura, monseñor Leonardo Sapienza y Piergiorgio Zanetti, ayudante de cámara. El Papa se acercó a la balaustrada que mira a la plaza frente a la torre del primer milagro para saludar al millar de personas que se reunieron, agradeciéndoles por la festiva acogida e invitándoles a unirse a él: «Os pido continuar la oración desde aquí. Recemos juntos. Nos vemos después, pero rezamos, ¿eh?».

El Pontífice después se detuvo con un grupo de scouts, entre ellos muchos de la rama lobatos y lobeznas y algunas de las «damas» del santuario, reconocibles por una franja azul, que llevan a cabo obras de acogida a los peregrinos y servicio litúrgico. Después se detuvo con una decena de seminaristas procedentes de Vietnam, Colombia, India, Haiti y Brasil.

Al llegar al atrio, saludó algunos enfermos antes de recoger el abrazo alegre de los fieles que desde detrás de las barreras le tendían una mano para dársela o para una caricia, le pasaban los niños para un beso, le pedían una bendición o pararse para los ya inevitables selfies, a los cuales Francisco no se negó. Eran numerosos también los hijos y las hijas de la Virgen del Divino Amor, congregaciones fundadas por el siervo de Dios don Umberto Terenzi, primer rector y párroco.

Al entrar en el pequeño, antiguo santuario, acogido por el himno a la Virgen, antes de iniciar la oración del rosario, el Papa se detuvo en oración silenciosa, en pie, delante de la imagen de la Virgen del milagro. Este lugar no está unido a una aparición, sino a un evento prodigioso sucedido en la primavera de 1740, cuando un caminante, perdido en estos campos, rodeado de perros rabiosos, se dirigió a la imagen mariana que vio allí cerca en la torre de un castillo derruido. Su invocación fue acogida: los perros se calmaron de repente, mientras que el desafortunado hombre fue rescatado por algunos pastores que acudieron al oír sus gritos desesperados. La noticia del milagro se difundió rápidamente y dos años después fue tomada de la antigua torre y llevada a la cercana iglesia de Santa María ad Magos, mientras se recogían ofrendas para construir un nuevo templo en su lugar. El 19 de abril de 1975, lunes de Pascua, la figura fue trasladada al santuario. Hoy, no lejos de allí se levanta una iglesia más grande y moderna, inaugurada durante el jubileo del 2000.

El rosario —con la oración de los misterios dolorosos— fue guiado por el maestro de las celebraciones litúrgicas pontificias, monseñor Marini, asistido por el ceremoniero Dubina, y fue animado por representantes de algunas realidades del santuario: una religiosa, un seminarista, un niña de catequesis, una «dama» y un miembro del grupo de lectio divina. Al finalizar, después de haber impartido la bendición, le regalaron al Pontífice un cuadro que reproduce la imagen venerada en el santuario. Por su parte, el Papa dejó un cáliz. Después fue a las salas adyacentes a la iglesia, que conservan los ex votos de los fieles. En la primera, lo atendieron veintitrés ancianos alojados en la casa de acogida situada no lejos del complejo y gestionada por una cooperativa. Francisco les saludó uno a uno: un momento conmovedor, hecho de palabras de consuelo, peticiones de bendición, caricias, aliento. El Pontífice también se detuvo con Roberto Guarnieri, un oblato, capellán de la cárcel de Rebibbia, que está combatiendo contra una grave enfermedad, mientras continúa su ministerio.

En la sala de al lado el alegre encuentro con niños y madres huéspedes de dos casas familia: la Mater Divini Amoris, que se encuentra en un edificio de propiedad de la congregación de las hijas del Divino Amor a quienes es encomendada y que desde 2008 puede acoger seis niños más otros dos menores por exigencias inmediatas de primera acogida; y la Tienda de Abraham, una estructura que se encuentra en el territorio parroquial, fundada hace diez años por el matrimonio Sara y Salvatore Carbone, y que aloja a unas treinta personas —menores y madres con hijos— acompañadas en un recorrido que va hasta la reinserción en la sociedad. Francisco saludó a los presentes, deteniéndose en particular con los más pequeños, de los cuales recibió muchas sonrisas, dibujos, poesías e incluso una invitación para comer. Que no rechazó. Regalaron al Papa una cesta con productos de la tierra, entregado por el Ebrima Dando, procedente de Gambia, uno de los chicos extranjeros que trabajan en la Nueva Arca, empresa social nacida en el seno de la Tienda de Abraham con el fin de ofrecer un trabajo digno a personas en situación desfavorecida a través de una agricultura ecosostenible y a precios justos.

Antes de regresar al Vaticano, fue saludado de nuevo por el abrazo afectuoso de los fieles que habían participado en la oración en el atrio, Francisco mantuvo la promesa inicial: fue de nuevo cerca de la barandilla con vistas a la plaza frente al antiguo complejo del santuario y desde allí dio las gracias a los que se habían quedado para atenderlo, invitándoles, antes de impartirles la bendición, a rezar un Avemaría.

de Gaetano Vallini 

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16 de Octubre de 2019

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