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Para una teología profunda de la mujer

LUCETTA SCARAFFIA. En la primera de nuestras páginas teológicas, Pierangelo Sequeri usó una expresión muy elocuente, “viraje histórico”, para significar que, en este momento, la sociedad le impone a la Iglesia que se examine totalmente, que reflexione sobre sí misma, recordando que las mujeres existen, que no solo son numéricamente la mayor parte de los religiosos y de los fieles, sino también parte integrante y específica de la tradición cristiana desde los orígenes. Al respecto, la teóloga suiza Barbara Hallensleben escribió: “La escasa atención al significado soteriológico del Espíritu parece coincidir con la falta de una teología de la mujer”. Aquí resuenan las palabras escritas muchos años antes por Yves Congar: “Cierto olvido del Espíritu Santo y de la pneumatología ha favorecido la aparición de un tipo patriarcal y el predominio de lo masculino”. En este punto, es patente la necesidad de una reflexión más profunda. Lo es porque, como escribió Hallensleben, “la diferencia entre el hombre y la mujer tiene que ver con la imagen que Dios nos revela de sí mismo”. La paridad de la mujer está inscrita en los evangelios, y el cristianismo ofreció esta semilla al desarrollo histórico de las sociedades cristianas. Ahora la sociedad devuelve a la Iglesia lo que había recibido del cristianismo, planteándole profundos interrogantes. En los textos que publicamos, se identificaron dos direcciones en la investigación: la primera, que muchos de vosotros siguieron, es la de reflexionar tanto sobre las mujeres importantes que ha habido en la historia de la Iglesia como, más en general, sobre la relación entre Jesús y las mujeres; la segunda es el problema de la complementariedad. Sabéis bien que la única elaboración teórica que hubo en la Iglesia sobre el problema de las mujeres, la única respuesta al desafío que venía de la sociedad laica, fue la Mulieris dignitatem, texto muy importante que manifiesta un gran aprecio por las mujeres y representa un gran estímulo intelectual para concebir un feminismo cristiano. Pero el tema de la complementariedad de la Mulieris dignitatem dejó dos cuestiones en suspenso: la primera, que la Iglesia se ha comportado como si la carta apostólica nunca hubiera sido escrita, es decir, que no ha derivado de ella ningún reconocimiento concreto. Y no estamos hablando de poder, estamos hablando de otra cosa: de escucha. El problema fundamental es que a las mujeres no se las escucha en las reuniones eclesiales en las que se habla de la vida de la Iglesia, de su futuro, de sus problemas. La segunda cuestión que la Mulieris dignitatem ha dejado en suspenso es que, si uno habla de complementariedad, no se comprende cuál debería ser la tarea masculina. Es una pregunta que formula Sara Butler: “¿Cuál es el genio masculino?”. La complementariedad sigue siendo una hipótesis fascinante e importante que hoy también vuelve a descubrirse en la esfera feminista. Por ejemplo, Claude Habib, feminista francesa y estudiosa de literatura, escribió que el resorte de la complementariedad no es la opresión, sino el bien común. Comencemos ahora la discusión, recordando que nuestro objetivo es crear relaciones redimidas entre los sexos.

MAURIZIO GRONCHI. Desde el punto de vista teológico he notado, en la teología femenina, un enfoque que sigue siendo aún muy ideológico, reivindicador, muy caracterizado por la teología de la liberación entendida como liberación de la mujer de todos los sistemas patriarcales. En suma, un tema antiguo. En cambio, lo que me ha hecho reflexionar fue la publicación del libro Papa Francesco e le donne, de Giulia Galeotti y Lucetta Scaraffia (2014), porque en él he observado el distanciamiento de un enfoque ideológico y la aceptación de una perspectiva histórica muy equilibrada, precisamente no ideológica. Creo que se trata de retomar la mirada de Jesús a los hombres y a las mujeres, como se ve en los evangelios, para establecer el criterio que nos guíe a una conversión relacional. En la Evangelii gaudium el Papa habla de todas las conversiones posibles, y creo que aquí está la posibilidad de una conversión relacional. El libro de Damiano Marzotto, Pietro e Maddalena. Il Vangelo corre a due voci (2010), me ha dado que pensar: su tesis central reconoce esta coparticipación original en la misión de Jesús, se percibe una colaboración de carácter asimétrico en la que los dos actores, escribe, brindan “una aportación diferenciada y complementaria”. Pues bien, creo que esta es una buena idea, y se halla en los textos. Por tanto, el primer enfoque es una lectura de los textos que no sea teledirigida. Otra afirmación era esta: “El punto no es el sacerdocio, sino todo lo demás”, escribe Giulia Galeotti, y todo el resto es la relación. Me impresionó mucho el mensaje final del Sínodo, en el que se decía que el encuentro es un don, una gracia que se expresa cuando los dos rostros están frente a frente. Ahora bien, me parece que el desafío actual es este: no lograr mirarse a la cara, no lograr estar uno frente al otro. Mi argumentación es fenomenológica. El primer punto es cuestión de miradas (el segundo punto, cuestión de relación, y el tercer punto, cuestión de perspectiva). Entonces, la cuestión de miradas. No lograr mirarse a la cara: miradas laterales, oblicuas, inclinadas, marcadas por la desconfianza, por el miedo, por el conflicto: este es un horizonte antropológico más amplio, que en la Iglesia representa el miedo a la diferencia, el ansia del reconocimiento de sí, e impulsa hacia un narcisismo generalizado y creciente. Tenemos necesidad de ser reconocidos y, al mismo tiempo, sentimos desconfianza por quien nos mira y nos reconoce. Segundo punto: cuestión de relación. Creo que la relación se mueve entre el poder y la empatía. La primera instancia que interviene en las relaciones entre el hombre y la mujer es la del poder, entendido como posibilidad de ser reconocido y aceptado por lo que se es, y de todos modos no se logra ser sino gracias al otro, a la otra, a su permiso, a su acogida, a su rechazo. Esta exigencia de reconocimiento constituye el poder. Un camino practicable para la maduración de la relación es, creo, el de la orientación a la empatía. Empatía es sentir con el otro, no sentir como el otro. Es imposible, absurdo, sentir como el otro: identificarse con el otro no es posible. Sentir con el otro, algo que sucede, por ejemplo, en la experiencia de la amistad, que sucede en la dimensión embrionaria, incluso infantil, que muy a menudo se prolonga, el deber de ser dos, el tema de la pareja. El problema estriba en ser uno mismo junto al otro, evitando medir las cualidades en un marco de competición o rivalidad. Este es un dato: la dificultad de la relación se mueve entre el poder y la empatía.

SCARAFFIA. En la relación entre mujeres y sacerdotes, ¿qué papel desempeñan el poder y la empatía?

GRONCHI. Veo dos aspectos críticos en la relación entre mujeres y ministros ordenados, quiero decir, religiosos, obispos, cardenales, etc. En primer lugar, la mamá de los sacerdotes: este es un punto crítico, porque se ejemplariza siguiendo el modelo mariano espiritualista. Generalmente, tiene un peso determinante, desde el momento que parece ser la única mujer capaz de amarlos de modo adecuado a su vocación. En consecuencia, cualquier otra mujer que encuentren en su vida debe asumir el perfil de la madre o de la hermana, más raramente el de la hija, dado que si no es en sentido simbólico, la generación es difícil de comprender. Esta raíz relacional, diría exclusiva, muy a menudo crea desconfianza, temor de un atentado contra la propia integridad sexual, si no representa incluso una verdadera amenaza para la promesa de castidad y para el compromiso con el celibato. Probablemente nace también aquí la tendencia a considerar como servidumbre la función de la mujer con la que se relaciona el sacerdote. Entonces, diría con naturalidad: que la mujer esté cerca del sacerdote y, al mismo tiempo, lejos. Este parece ser el desafío que deben afrontar los ministros con las mujeres, más bien que hacerlo junto con ellas. Podría definir el segundo aspecto crítico una actitud de sustitución, por la cual las funciones tradicionalmente femeninas –engendrar, alimentar, acoger, proteger, perdonar– son asumidas litúrgicamente por el sacerdote: bautizar, celebrar la eucaristía y administrar la reconciliación. Aunque muestran el rostro materno de la Iglesia, a veces pueden condicionar la actitud relacional del sacerdote con la mujer. Por tanto, es como si se produjera un deslizamiento de las funciones maternas de la Iglesia –las que acabo de mencionar–, que se convierten prácticamente en un modelo de relación. Me explico: vestir hábitos largos, coloridos, adornar el altar con flores y velas, adoptar modales formales y manifestar gentileza, corresponden a comportamientos feminizados, debido a los cuales las mujeres quedan relegadas a un segundo plano. Diría entonces que una hipótesis interpretativa de este fenómeno podría ser el propósito de los ministros ordenados de transformar la desconfianza en alianza, pero a costa de la sustitución. Allí no hay misoginia, sino sustitución: no tenemos nada contra las mujeres, sino que simplemente las sustituimos. Es una tesis algo fuerte, pero creo que es funcional para la discusión. Por consiguiente, se evita simplemente la conflictividad o la misoginia imitando dicho estilo o, por lo menos, lo que se considera de tal manera.

SCARAFFIA. Pero, entonces, ¿cómo se pueden orientar las relaciones hombre-mujer, en el caso específico, entre ministros ordenados y mujeres? ¿Cómo se puede pasar del miedo de perder el papel, a la empatía, que permite estar al lado con serenidad y favorece la integración?

GRONCHI. Usaré estas tres expresiones: mirarse a los ojos, sin bajarlos, ni para seducir ni para desafiar; escuchar las palabras sin saber ya lo que el otro o la otra dirá; percibir los silencios largos sin atribuirles los significados previstos. Estas son algunas experiencias que hay que vivir con valentía, luchando contra los propios miedos, contra el temor de abrirse a la relación. Este modo de ponerse en contacto no se improvisa, especialmente si viene –me refiero siempre a los ministros ordenados– de una formación que tiene el objetivo de guía pastoral. ¿Qué quiere decir esto? Que la responsabilidad de guiar, enseñar, aconsejar, por tanto, una asimetría pactada, establecida por un protocolo, raramente se transforma en incapacidad de recibir, aprender, dejar que alguien nos cuide. Os dais cuenta de que aquí el modelo es la actitud de Jesús con las mujeres en los evangelios.

Probablemente la dificultad de escuchar a las mujeres no solo se refiere a las mujeres que hablan, porque los ministros ordenados corren el riesgo de no escuchar ni siquiera a los hombres, a los niños, a los ancianos, a los enfermos… El problema no estriba en la identificación del papel, por lo demás, malentendido, que a menudo encierra al sacerdote en el perímetro de la propia función de guía; el resultado temerario es pretender guiar a los demás, y no lograr guiarse a sí mismo en el equilibrio maduro de las relaciones. Comparto vuestra propuesta de dar mayor cabida a las mujeres en la formación, en los seminarios. Diría que no solo como profesoras, sino también como consejeras psicológicas, como referentes de la pastoral familiar. Por ejemplo: ¿qué saben los seminaristas de la vida de familia, más allá de la familia de ellos mismos? ¿Es un modelo que hay que rechazar o imitar? El hecho de que un joven en camino al sacerdocio tenga la ocasión de encontrarse con mujeres diferentes de su propia madre, es una oportunidad equilibradora. Aprender la diferencia sin miedo, entablar relaciones diarias sin tener que protegerse, ganar confianza en quien cuida la vocación sin amenazarla, puede constituir una auténtica fuente de humanidad a la que es posible recurrir de modo continuo y sereno. Creo que hay un criterio cristológico fundamental en todo esta argumentación: en Adviento se lee la antífona: “Nubes, derramad al Justo; ábrase la tierra y brote la salvación”. El principio es este: lo que Dios da desde lo alto, surge de la tierra. El Hijo eterno de Dios nació de María en el tiempo.

ANTONELLA LUMINI. El momento que estamos viviendo indica, sin duda alguna, que se está dando un paso. El punto es cómo vivirlo. Estoy de acuerdo con el padre Gianpaolo Salvini, que afirma que no se trata de clericalizar a las mujeres, sino de permitir que germinen sus carismas. Las mujeres no se valoran a sí mismas tratando de asumir el poder y las funciones de los hombres, pero esto no significa que en la Iglesia se las excluya de posiciones importantes, donde se toman decisiones. Como justamente ha dicho Scaraffia, el problema central es escuchar a las mujeres. La aparición de lo femenino dentro de la Iglesia, así como en la sociedad, solo puede producirse si las mujeres se conocen mejor a sí mismas, si tienen conciencia de su realidad profunda, si logran hacer oír su voz. Por consiguiente, no se trata de limitarse a pedir más cabida, sino que es necesario que lo femenino aflore en el escenario de este mundo, que surja con toda su dignidad y nobleza. Es verdad que algunas veces las mujeres se sienten impulsadas a desempeñar papeles masculinos, los de los triunfadores, pero al hacerlo se traicionan a sí mismas. Por eso hay que plantear la cuestión de modo totalmente diferente. Las mujeres, casi por un movimiento natural, en un determinado momento están llamadas a despertarse, a convertirse en sujetos activos de la liberación. Tras siglos de ser subalterno, el mundo femenino ha comenzado a tomar conciencia de su inmensa potencialidad, provocando el desequilibrio que hoy estamos viviendo. La explosión de una agresividad masculina fuera de control está a la vista de todos. La organización anterior, habiendo sido cuestionada, ya no se puede volver a proponer, ya no se puede volver atrás. Hay que dar un paso que implique a todos. Las mujeres deben aprender a conocerse, a aclarar los aspectos esenciales de lo femenino, para darse cuenta de que trabajan por un crecimiento humano. Por lo que respecta a la Iglesia, es lo mismo, y creo que solo en este sentido se puede tratar de entender la complementariedad. He apreciado mucho la afirmación de Gronchi sobre la importancia de transformar las relaciones de los sacerdotes con las mujeres, la mayoría de las cuales se basan en el poder o en el miedo, en relaciones fundadas en la empatía.

La Mulieris dignitatem centra la atención de la cristiandad en el genio femenino, cuyos rasgos esenciales se reconocen en María. El mismo Papa Francisco, afirmando la necesidad de una teología de la mujer más profunda, se inserta ampliamente en esta línea. Pero en la Iglesia se siente al mismo tiempo la necesidad de plasmar el genio masculino, en particular respecto al carácter vicario de Cristo, como observa Sequeri. Tengo la impresión de que Butler llega al corazón del problema cuando afirma que Jesús vacía todo poder en la obediencia, modificando así radicalmente todos los esquemas del dominio patriarcal, a la vez que aclara un principio masculino positivo. En efecto, Jesús no se contrapone al poder, sino que lo supera completamente con su testimonio de vida. Además, reúne en su humanidad el principio masculino y rasgos específicos de lo femenino, como la ternura y la misericordia. Desde un punto de vista evangélico, complementariedad significa integración armoniosa de los dos principios, ante todo dentro de la persona humana y, en consecuencia, en la dinámica de hombres y mujeres. Solo en esta perspectiva se puede vislumbrar la posibilidad de vivir relaciones redimidas, como afirma Butler. Por ende, el problema se debe enmarcar en el plan universal de la salvación, que requiere un constante trabajo espiritual. No cabe duda de que hoy el impulso de transformación se encarna en las mujeres, pero ellas deben tomar conciencia de ser parte pujante de toda la humanidad. No por nada la emancipación civil tuvo lugar en Occidente, en culturas de matriz cristiana. Es indispensable leer este fenómeno en una perspectiva más amplia, espiritual. Hay que prestar atención a los signos de los tiempos. La cristiandad ha de percibirse en su conjunto, en sus aspectos laicos y en sus aspectos eclesiásticos, teológicos. El cristianismo es una fuerza arrolladora de liberación desde todos los puntos de vista. El dinamismo de lo que sucedió en el mundo civil, laico, con las mujeres, ahora se transmitirá a la Iglesia. Cuanto más se escuche a las mujeres, tanto más intensa será la acción de transformación; cuanto más aflore el genio femenino, tanto más se reflejará el genio masculino positivo, el que encarnó Jesús. Me refiero ahora a lo que ha afirmado Scaraffia, citando a Hallensleben, sobre el valor soteriológico del Espíritu Santo. Concuerdo plenamente en que la falta de una teología de la mujer coincide con la escasa atención prestada al Espíritu Santo, al plano espiritual. Considerar a María modelo encarnado del genio femenino también requiere considerar a la tercera Persona de la Trinidad, quizá aún encubierta, velada; de lo contrario, en las mujeres podría cundir un sentimiento de desaliento. También en el mundo laico muchas mujeres buscan la espiritualidad, por ejemplo, a través del estudio de las místicas. Y, un poco a contracorriente, se comprometen seriamente a acercarse a los valores femeninos esenciales como la receptividad, el silencio, el escondimiento, que son necesarios para custodiar y proteger una maternidad que no solo es biológica, sino también espiritual. La capacidad de escucha, la intuición y la contemplación afloran en el contacto con lo más profundo. Lo femenino encarna el alma contemplativa, la posibilidad de una mirada diferente. Cuanto más se adhiera la mujer al cuerpo, tanto más será capaz de encarnar, de hacer visibles rasgos espirituales; cuanto más contemplativa sea, tanto más se convertirá en instrumento de acciones creadoras. Lo femenino se abre al Eterno, como afirma Clara Lubich. En el contexto evangélico, lo materno remite a una acogida de la vida que debe germinar en todos los niveles, que pone en contacto con lo invisible y evoca la belleza que solo puede ser contemplada, no poseída. Así, lo femenino noble mella los mecanismos del poder. El principio masculino y el principio femenino no son intercambiables, ni mucho menos derivan simplemente de aspectos culturales: son valores ontológicos, podría decirse arquetípicos. Dios crea al hombre a su imagen, pero no tiene imagen. En la tradición judía hay una trascendencia total, Dios no se puede representar de ningún modo. Revela lentamente sus atributos invisibles en el ser humano. La precisión con la que el texto del Génesis especifica que “los creó varón y mujer” no puede menos de aludir al hecho de que masculino y femenino son principios presentes en Dios mismo. Si son imagen en el ser humano, quiere decir, ante todo, que están en Dios. Hay un fundamento ontológico. Además, están contenidos en Dios en perfecta unidad, por lo cual también en el ser humano tienden a armonizarse.

SCARAFFIA. ¿Qué quieres decir con “trabajo espiritual” necesario para redimir las relaciones hombre-mujer?

LUMINI. La mujer es particularmente receptiva a la acción de Dios en el alma, más sensible a los planos profundos del amor. Con “trabajo espiritual” quiero destacar precisamente la mayor disposición de lo femenino a abrirse a la obra del Espíritu Santo. Solo esto puede hacer posible que haya relaciones de comunicación entre hombres y mujeres. Es necesario el silencio, la pausa que permite que la vida interior germine. El genio femenino en María tiene su culmen en la extraordinaria potencialidad de trasmitir la vida espiritual, la vida que concibe el Espíritu Santo. El bautismo de fuego de Jesús alude a la nueva vida suscitada por el Espíritu. Si Jesús llamó a Dios padre, suscitando un gran escándalo, creo que ha llegado el tiempo propicio para llamar a Dios madre. Todo está todavía radicado en una teología del Padre, pero creo que no es posible elaborar una teología profunda de la mujer si antes no se elabora y enfoca la teología de la Madre. Y solo las mujeres pueden hacerlo. Si nos dirigimos a la Trinidad, la misteriosa persona femenina de la divinidad solo puede ser el Espíritu Santo. La maternidad de Dios se puede identificar con el Espíritu Santo, asociado durante los primeros siglos a la Sofía. Además, en la tradición judía Ruaj es femenino. De igual modo en san Juan, para quien el Espíritu Santo es consolador. En este tiempo en el que la Iglesia invita al amor y a la misericordia, la maternidad divina debe salir de la oscuridad, salir a la luz. Hay una gran obra espiritual que se está realizando. Detrás de lo que se mueve en la historia es necesario comenzar a distinguir los signos visibles de una dirección invisible.

MARINELLA PERRONI. Creo que represento aquí a una gran parte de las mujeres que enseñan o estudian teología, también en Italia, y que recorren caminos algo diferentes de los señalados hasta ahora. El salmo citado por Gronchi me ha hecho venir a la memoria otro, que considero perfectamente en línea con nuestro trabajo teológico: “La Verdad brotará de la tierra, y de los cielos se asomará la Justicia” (85, 12). Estoy convencida de que la verdad no está preestablecida, ninguno de nosotros la posee, sino que brotará de la tierra poco a poco, cuando se trabaje la tierra: este es el sentido del trabajo teológico. Cuando el Papa Francisco dijo que la Iglesia tiene necesidad de una teología de la mujer, muchas de nosotras nos quedamos desconcertadas: desde los tiempos de los Padres de la Iglesia hasta la Mulieris dignitatem, la historia del pensamiento teológico es también una teología de la mujer. Pero, ¿quién la elabora? ¿Elaborada con qué finalidad? ¿En función de qué? Hoy algunos factores han cambiado, y esto determina que no se puede pensar simplemente en cambiar el orden de los factores de modo que el resultado no cambie. Son los factores los que han cambiado. ¿Cuáles? Ante todo, las mujeres –y no la mujer, que es una abstracción y vive en el imaginario– se han convertido en sujetos capaces de elaborar teología, y buscan caminos diversos para que se reconozcan sus méritos. Por eso, la primera cosa que hay que hacer es escucharlas. Las mujeres han elaborado un pensamiento en todos los ambientes teológicos. El problema, entonces, es intentar volver a razonar juntos –y hoy finalmente debería ser posible hacerlo incluso con las mujeres consideradas más alejadas– sobre toda la teología de la mujer, que nos aplasta desde Tertuliano en adelante con sus lugares comunes, verdaderas hipotecas. Hipotecas pesadas. Gronchi proponía una lectura fenomenológica de la relación sacerdote-mamá, que es verdadera. Pero también hay que volver a pensar a fondo en el binomio Eva-María, una alternativa que pesa por sus consecuencias simbólicas fuertes, que contribuyen a definir estereotipos, y estos se transmiten de generación en generación. No es posible una teología que explique plenamente la pluralidad de lo humano si no se resuelven algunas cuestiones críticas, porque se puede seguir exaltando a la mujer, pero al fin y al cabo las mujeres siguen viviendo marginadas. La segunda hipoteca fuerte es el binomio mariano-petrino para plasmar la fisonomía de la participación de las mujeres en la vida de la Iglesia. También el Papa parece preferir este camino ya recorrido por sus predecesores. En virtud de este principio, tal como lo formuló Hans Urs von Balthasar, el mariano, es decir, la acogida amorosa, es carisma primario respecto al petrino, o sea, el ejercicio del poder de jurisdicción. Pero no nos damos cuenta de que seguimos moviéndonos siempre en dos planos, y de aquí surgen muchas de las discriminaciones fundadas en la diferencia sexual. Una vez más: es necesario volver a reflexionar en algunas categorías que antes se aceptaban tranquilamente, porque sea desde el punto de vista simbólico, sea en el plano de las consecuencias socio-eclesiales, el modo de pensar lo masculino y lo femenino ya no es el mismo. Cuando von Balthasar elaboró la categoría del principio mariano-petrino, lo hizo en absoluta sintonía con su espiritualidad y en coincidencia con la mística Adrienne von Speyr, pero habría que volver a examinarla, sea respecto al Nuevo Testamento, sea en función de un nuevo enlace entre antropología y eclesiología.

LUMINI. ¿Quieres decir que hay que volver a reflexionar en el hecho de que el principio petrino se refiere a la institución, mientras que el principio mariano a la relación?

PERRONI. Exacto. Quiero decir que tanto lo masculino como lo femenino, lo paterno como lo materno pueden referirse a los dos ámbitos, el de la relación y el de la institución. Está claro que la distinción neta de los papeles en la que se ha basado el patriarcado está cediendo su lugar a otros modelos posibles.

LUISA MURARO. Mi interés principal en esta empresa es que el movimiento feminista sea fiel a su inspiración originaria, y su inspiración originaria –que ha recordado Lumini– no es la conquista del poder, sino deshacer desde dentro el poder, para sustituirlo con la energía simbólica de la palabra y de las relaciones, o sea, con lo que se llama autoridad. A mi juicio, la Iglesia católica, más que las Iglesias reformadas, ha conservado algo de la importancia de lo simbólico. En la temible máquina del poder construida por los hombres, mucho tiene que ver la cuestión de la sexualidad: la sexualidad femenina es casi naturaliter cristiana, siendo sensible al aspecto espiritual. Las mujeres, si no estuviera de por medio el dinero, no tendrían relaciones sexuales sin amor; los hombres, en cambio, sí, y a menudo tienen relaciones sexuales violentas, de rapiña (y, en mi opinión, de igual modo tendríamos que considerar el sexo que se paga). ¿Será por eso, me pregunto, que en las sociedades más antiguas eran las mujeres quienes se ocupaban de la relación con lo divino y con lo sagrado? Hemos crecido en una civilización muy patriarcal, que ha trastrocado esta jerarquía. Pero hay hombres que sienten esta superioridad femenina, y dicen: “mi alma es una mujer”; y hay historiadores, como Kurt Ruth, estudioso de la mística occidental, que dicen: solo una mujer puede hablarle con tanta confianza a Dios. Si las mujeres se fueran de las parroquias, para la Iglesia católica sería un problema. Para que volvieran, tendrían que prometerles puestos, carreras y dinero. En cambio, por ahora van gratis, están allí, pero podrían transformarse y convertirse como los hombres, y pretender beneficios. También yo pienso que el tema de la complementariedad es crucial y hay que afrontarlo resueltamente, no con remiendos. En mi opinión, el cardenal arzobispo de Milán, Angelo Scola, dijo cosas importantes sobre la diferencia sexual. Por ejemplo, que no es entre hombres y mujeres, sino que es en él y en ella. No habría un hombre y una mujer si no existiera el signo de la diferencia sexual inmanente al hombre. La complementariedad solo puede comprenderse tras una profundización cuidadosa de la diferencia sexual, que la Iglesia está muy dispuesta a reconocer, pero en términos dogmáticos. ¿De dónde nace la diferencia? Gronchi dice de la Biblia; pero Perrone observa que hay que saber leer la Biblia. La ciencia y la filosofía enseñan que la diferencia sexual es una invención de la vida en sus niveles más elementales, y que la humanidad la ha aceptado y la ha traducido en cultura y civilización, pero a menudo en una forma jerárquica que expresa el dominio de un sexo sobre el otro. Los contenidos de la diferencia sexual cambian con el tiempo, pero el sentido debe ser libre tanto para ella como para él, que tratan de ponerse de acuerdo, en la recíproca independencia simbólica. El conflicto entre los sexos surge y hay que afrontarlo cada vez, es una constatación histórica. La complementariedad es fenomenológicamente evidente solo en el plano procreativo. En suma, es imprescindible volver a reflexionar sobre todas las posiciones. A propósito de esto, recuerdo la contribución de la teóloga suiza Hallensleben, ya citada, que dice que hay desequilibrio en la Iglesia, hay desequilibrio entre laicos y clero, y hay desequilibrio, sobre todo, en la relación mujer-hombre. Ella capta en esto la voz del Espíritu Santo en la historia, que pone las bases para elaborar una teología que no pretende estar de acuerdo con todos y a toda costa, sino más bien debatir sin odiar, sin hacer guerras. También está la posición de Cristina Dobner, que niega toda complementariedad. Releedla, dice ella: la mujer está por sí misma y el hombre está por sí mismo. En cambio, una teóloga americana, Sara Butler, invoca la complementariedad, y les dice a los hombres: ¡pues entonces vuestro genio, vuestra diferencia! Este es otro camino por abrir. Hay que explorar la diferencia masculina. Y no solo de manera negativa, como yo he hecho aquí, citando la sexualidad fundamentalmente desordenada de los hombres.

DAMIANO MARZOTTO. ¿Qué es la independencia simbólica?

MURARO. En breve, diré que la independencia simbólica, en su versión más radical, difícil de comprender, la leo en la Carta a los Romanos, en el pasaje interpretado como si Pablo enseñara la sumisión. En las cosas de este mundo, dice, obedeced a la necesidad; en todas las demás, tenemos nuestra ley, que es el amor.

MARZOTTO. He escuchado con gran interés y respondo simplemente a algunas cuestiones que me han llamado más la atención. Acerca de la relación hombre-mujer, me ha agradado mucho la expresión que utilizaba el padre Piersandro Vanzan: reciprocidad asimétrica. No sé si recalca la complementariedad, a mi parecer algo diversa y algo más profunda, porque no obliga a un esquema rígido, en el que los dos deben insertarse de todos modos. Pero dice mucho sobre la necesidad de la reciprocidad y protege una gran libertad en la asimetría. Quizá coincida con la sexualidad de la diferencia, de la que hablaba Muraro, pero no soy suficientemente experto. Me parece que hay una riqueza en la realidad de las mujeres, que ha de valorarse, y precisamente en los itinerarios de los evangelios que he recorrido creo haber visto, como afirmo en mi libro Pietro e Maddalena, que en la evangelización la mujer “precede, profundiza y ensancha”. Precede porque es más intuitiva y anticipa al hombre, tanto es así que Dios se dirige ante todo a ella, con la seguridad de ser comprendido. Pero, sobre todo, la mujer profundiza. El tema que ha abordado Lumini sobre la profundización me parece fundamental, de lo contrario nosotros, los hombres, nos dispersamos en la acción y no entramos en profundidad en el misterio, lo cual sería una pérdida dramática para la Iglesia. Así mismo, la mujer ensancha el horizonte de la misión. Nosotros tenemos esquemas muy precisos, mientras que la mujer los supera y los lleva más adelante. No creo que esta reciprocidad asimétrica estribe exclusivamente en la procreación, porque estoy convencido de que Dios es más rico en su elaboración. Pero más allá de esto veo que existe una capacidad en las mujeres y una capacidad en los hombres, que no siempre es sustituible, aunque hay que estar muy atento para no considerar definitivo lo que a veces es producto de la cultura. Tengo la impresión de que precisamente porque somos unidad de cuerpo y espíritu, lo que está en el cuerpo se infunde en el espíritu, y viceversa. El problema es cómo definir lo que es característico. Es evidente que a menudo vivimos de estereotipos. Diría que hoy existe una riqueza en este diálogo entre hombres y mujeres que no hay que perder, sino más bien hay que reflexionar más sobre ella. Estoy persuadido de que en esta reflexión la Biblia es muy importante. Pero tengo la sensación de que a veces se abre la Biblia para ir a buscar una confirmación de lo que corresponde a la sensibilidad actual. Este no es el modo de interpretar la Biblia.

SCARAFFIA. ¿Cómo hay que afrontar la lectura bíblica?

MARZOTTO. Aquí veo cierta dificultad. Es verdad que hay que reflexionar siempre sobre las convicciones corrientes, y precisamente la cultura contemporánea trata de reflexionar sobre ellas, interrogando la Biblia. Pero hay que estudiar y seguir la Biblia según sus propuestas originales, tratando de comprender las situaciones como se vivían en aquel tiempo. Es preciso evitar proyectar en la Biblia una exigencia teológica y cultural de nuestros días. Cuando quise leer el tema de la mujer en los evangelios, traté de ver si había una teología del evangelista, y cómo, en esta teología, el evangelista coloca la figura femenina. Es así como puede darse, creo, una contribución que considero interesante: si el evangelista, que, en resumidas cuentas, estaba en la escuela de Jesús, se había preocupado por describir cierto tipo de relación entre el hombre y la mujer, ¡imagino que tendrá algún valor! Habrá que volver a discutir, a reflexionar, pero, según yo, esta es una base útil también para otras investigaciones eventuales en busca de niveles anteriores a la tradición evangélica. También juzgo importante el problema recordado por Gronchi: en la Iglesia hay sacerdotes que no están casados –pienso que el celibato del clero es un valor importantísimo–, pero piensan, por el mismo hecho de no estar casados, que el problema “mujer” está resuelto en su vida, o lo resuelven, como ha dicho él, recurriendo al tema de la mamá: mi mamá es la única mujer de mi vida, con todas las consecuencias que él ha puesto de relieve. Pienso que un tema importante en esta discusión es el de la educación de los sacerdotes, a partir del seminario, para una relación positiva y constructiva con la mujer, no solo como alma a la que hay que guiar. En otras palabras, un sacerdote debe aprender a dialogar y a entrar en una dinámica de colaboración con las mujeres. En particular, si no se toma en consideración este tema de modo crítico y consciente, puede llevar a actitudes regresivas en vez de ayudar a profundizar y dar mayor vigor a la evangelización y al testimonio de la Iglesia.

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24 de Marzo de 2019

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