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​Para una nueva espiritualidad de la mujer africana

La política y la economía mundial miran cada vez más a África, desde el momento que en los próximos decenios llegará a ser uno de los principales centros de producción global y uno de los mayores mercados, razón por la cual refuta los estereotipos sobre el continente que todavía perduran en la mayoría de la personas. Esta evolución tuvo un efecto positivo en el papel de las mujeres africanas, que ocupan efectivamente cargos cada vez más importantes en diferentes ámbitos, como es el caso de Ellen Johnson-Sirleaf, presidenta de Liberia y premio Nobel de la paz, de Joyce Banda, ex presidenta de Malaui o de la sudafricana Nkosazana Clarise Dlamini-Zuma, desde 2012 presidenta de la Comisión de la Unión africana, máxima institución intergubernativa continental, que dedicó la década 2010-2020 a la mujer africana (African Women’s Decade). Otras mujeres ya enaltecieron a África, como la fallecida ambientalista keniata Wangari Maathai, primera africana en recibir el Nobel de la paz en 2004, o la militante pacifista liberiana Leymah Gbowee, también ella premiada con el Nobel de la paz en 2011, que promueve iniciativas mediante el Women Peace and Security Network.

Jesus Mafa, “La huida a Egipto” (siglo XX)

Junto a estas figuras de relieve hay que recordar a las numerosas mujeres africanas sin rostro y sin voz, marginadas y oprimidas a causa de la asimetría que desgarra a África. Son las numerosas madres que todavía siguen estando excluidas del proceso global de desarrollo del continente, que trabajan y luchan con responsabilidad para garantizar un futuro mejor a sus hijos.

Sin embargo, no basta con denunciar la desigualdad, la injusticia social y la violencia de las que son víctimas las mujeres. Antes que nada, se necesita incentivar su participación plena e igualitaria en todas las esferas de la vida, no solo para un desarrollo social y económico sino también para un crecimiento espiritual, puesto que la población misma de África progresa gracias a la presencia femenina. Por tanto, es sumamente necesario comenzar a considerar a las mujeres africanas pensadoras incluso en el ámbito de las ciencias teológicas. Por desgracia, desde este punto de vista constatamos un atraso en el modo de expresarse. En efecto, concebir la espiritualidad de África relacionándola con el mundo femenino nos sitúa ante un espacio desconocido e indefinido, un vacío intangible que aparentemente no se puede colmar y que, sin embargo, es fecundo.

A causa de la colonización, la mujer africana, al igual que el hombre, sufrió un vaciamiento cultural e identitario, así que nadie puede maravillarse de que en un continente tan empobrecido no se haya contemplado la posibilidad de la plena libertad de los rasgos femeninos para favorecer la manifestación de su eventual contribución espiritual. Aunque la ideología colonialista ejerció su acción alienante, la linfa materna jamás desapareció en África. Juan Pablo II reconocía “un papel primordial a la mujer, puesto que generalmente la madre es la primera evangelizadora”, garantizando “mejor calidad de vida social y progreso en la nueva África, el África de la vida”, obviamente con los instrumentos y la sensibilidad propios de ella. A propósito de esto, en sus numerosos viajes al continente el Papa Wojtyla habló de la inculturación del mensaje evangélico, animando a integrar la fe y la vida cristianas en las culturas africanas. En particular, durante su viaje a Togo, en 1985, afirmó que “cada país africano debe vivir el Evangelio con su sensibilidad y sus cualidades propias; debe traducirlo no solo a su lengua, sino también encarnarlo en sus costumbres, teniendo en cuenta los valores humanos de su propio patrimonio”.

A la luz de todo esto, África debe expresar su espiritualidad incluso a través de sus mujeres. Es indispensable aceptar este desafío. La mujer africana, a ejemplo de María, que huyó de Belén, está en camino; es portadora de esperanza y puede contribuir a la espiritualidad, realizando un viaje hacia atrás, en busca de esos elementos que, prudentemente conservados, pueden relacionarla con un futuro en la que finalmente logre expresarse. Se trata de un futuro que todavía se está gestando, por lo cual es preciso profundizar e investigar el mundo interior de la mujer africana. Todo viaje implica un retorno a los orígenes, no para negarlos, sino más bien para analizarlos con madurez, interpretando la identidad africana desde otra perspectiva. Así como hoy África se esfuerza por identificar una morada espiritual entendida no como búsqueda exquisitamente identitaria, del mismo modo no es posible hablar de identidad africana sin reconocer su espiritualidad.

La mujer en África está llamada a ser sujeto histórico activo también en el campo teológico, contribuyendo a humanizar este continente martirizado y a crear una identidad cultural africana fundada en el Evangelio. Debe iluminar su propio destino, considerándose testigo de los valores evangélicos para poder influir en la cultura y la sociedad africanas actuales.

Es imprescindible que la mujer africana capte las enseñanzas de la Iglesia, las comprenda y las practique, porque solo podrá alcanzar la liberación espiritual mediante una reflexión cuyo objetivo central sea Cristo.

Para que se manifieste el rostro femenino de Dios en África, es oportuno abrirse a la esperanza, inaugurando un nuevo itinerario de emancipación que interprete a las mujeres de África o, mejor dicho, de las “Áfricas”, de modo que en virtud de sus propios talentos participen cada vez más en las estructuras eclesiales y sociales.

Por Alicia Lopes Araújo

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17 de Febrero de 2020

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