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Para superar el desierto

· Misa en Santa Marta ·

«Que la palabra de Dios hoy nos enseñe este camino: mirar el crucifijo. Sobre todo en el momento en el cual, como el pueblo de Dios, nos cansamos del viaje de la vida»: lo deseó el Papa comentado la primera lectura tomada del libro de los Números (21, 4-9) durante la misa celebrada en Santa Marta en la mañana del martes 20 de febrero.

El pasaje, inició Francisco, cuenta un «momento de desolación, también de depresión del pueblo de Dios»: un pueblo que «andaba, andaba en el desierto», estando sometido a la «prueba del hambre».

Entonces el Señor «respondió con el maná», pero los miembros del pueblo «querían carne y Dios respondió enviando codornices». Y después, prosiguió el Pontífice en la reconstrucción de la escena bíblica, «faltaba el agua y Dios respondió siempre con el agua. Pero ellos se cansaban de caminar, ir, y rezaban al Señor». Por tanto «no eran malos —observó— sino que era el cansancio de un viaje largo, sin ver el final». Y también cuando «había llegado cerca de la tierra que debían tomar, y Moisés envió exploradores para espiar como era» el pueblo que la habitaba, estos «volvieron admirados» describiendo «un pueblo lleno de riquezas, de fruta, de animales».

Es decir, estaban «entusiasmados» y como prueba «habían llevado también un ramo de uvas grande». Pero ya que los habitantes de la tierra prometida eran «gente fuerte, alta», algunos del pueblo de Moisés «un poco escépticos, que querían equilibrar la cosa», sugirieron estar atentos, porque, decían: «están armados, son más fuertes que nosotros». En resumen, expusieron «todas las razones del peligro de ir allí».

Y al hacerlo, observó el Papa, «miraban la propia fuerza y se habían olvidado de la fuerza del Señor que les había liberado de la esclavitud de cuatrocientos años».

Es decir, «se olvidan de los favores del Señor. Y empiezan a decir: “Nosotros vamos, nos matarán, nos comerán crudos”; después el lamento y esta frase: “El pueblo no soportó el viaje”».

Actualizando la reflexión, Francisco comparó todo esto con el tiempo de la vida en la que «uno dice: “Pero, ¡basta!”»: como esa «gente que empieza una vida para seguir al Señor, para estar cerca del Señor». Pero en un momento dado parece dejarse superar por las pruebas y dice: «¡Basta! Yo me detengo, voy para atrás».

Al respecto, el Pontífice hizo notar el rol jugado por las ilusiones —«pensad, en Egipto, cuánta carne, cuántas cebollas, cuántas cosas buenas comían; las cosas sabrosas... ¡no faltaba nada!»— exhortando a mirar «la parcialidad de esta memoria enferma, de esta nostalgia distorsionada: “Comíais todo eso, pero en la mesa de la esclavitud”: eso lo habían olvidado».

Por otro lado, subrayó con énfasis Francisco, «estas son las ilusiones que lleva el diablo: te hace ver lo bonito de una cosa que has dejado, de la cual te has convertido en el momento de la desolación del camino, cuando todavía no has llegado a la promesa del Señor». Y «es un poco así en el camino de la Cuaresma», notó añadiendo: «podemos concebir la vida como una Cuaresma», ya que «siempre hay pruebas y las consolaciones del Señor, está el maná, está el agua, están los pájaros que nos dan de comer...»; y también, no obstante esto, «esa comida» del pasado «era más buena». Pero, advirtió el Papa, «¡no te olvides de que lo comías en la mesa de la esclavitud!».

Volviendo, por tanto, al pasaje bíblico, el Pontífice recordó que el pueblo protestó contra Dios y contra Moisés: «¿Por qué nos habéis hecho salir de Egipto, para hacernos morir en este desierto? ¡Porque no hay ni pan ni agua y estamos hartos de esta comida tan ligera!». Parece casi, comentó con una broma, que quisieran «un chef que les hiciera algo más sabroso». Y esta, advirtió Francisco, «no es una ilusión: esto nos sucede a todos nosotros, cuando queremos seguir al Señor pero nos cansamos».

En todo esto, se preguntó el Papa, «¿dónde está lo peor? Que el pueblo ha hablado mal de Dios» fue la respuesta. Moisés «creían que hablaban solamente contra él, pero Dios les dice claramente: “No te equivoques: ¡no es contra ti, es contra mí!”». Y aquí se introduce «la figura de las serpientes», porque «hablar mal de Dios es envenenarse el alma: “este Dios me ha dejado solo”; quizá no lo decimos, pero lo escuchamos: “no me ayuda... muchas pruebas... este camino seco, todo va mal...”». Como consecuencia se suceden «la desilusión del Dios que nos ha prometido tanto» y «la falta de perseverancia en el camino: “Me detengo aquí” —“¿Pero qué harás aquí?” —“No lo sé, si puedo vuelvo, si no permanezco...”. El corazón deprimido, envenenado». De hecho «las serpientes son» precisamente «el símbolo del envenenamiento, de la falta de constancia al seguir al Señor en el camino».

Es así que «Moisés intercede: “Señor, ¿qué hacemos con esta gente?”» le pregunta, visto que el patriarca «hablaba así con el Señor. Dice la Biblia: “Como un amigo a un amigo, cara a cara”». Al punto que se podría decir: «Negociaba con el Señor. Era astuto, era bueno. Era santo. Y el Señor le dice: “Haz una serpiente...”».

Dado que «esta serpiente sanaba a todos aquellos que habían sido mordidos, atacados por las serpientes de haber hablado mal de Dios», esto —evidenció el Papa— «era profético: era la figura de Cristo en la cruz». El mismo Jesús lo dice en Evangelio del día (Juan 8, 21-30): «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy». Por tanto el crucifijo levantado «como la serpiente. Está aquí —sintetizó el Pontífice— la clave de nuestra salvación, la clave de nuestra paciencia en el camino de la vida, la clave para superar nuestros desiertos: mirar el crucifijo. Mirar a Cristo crucificado». Al respecto, el celebrante imaginó un diálogo entre un creyente y su director espiritual: «¿Qué debo hacer, padre?» —«Míralo. Mira las llagas. Entra en las llagas. Por esas llagas nosotros hemos sido sanados. ¿Te sientes envenenado, te sientes triste, sientes que tu vida no va, está llena de dificultades y también de enfermedad? Mira ahí. En silencio. Mira. Pero mira, en esos momentos mira el crucifijo feo, es decir el real: porque los artistas han hecho crucifijos bonitos, artísticos, también algunos son de oro, de piedras preciosas. No siempre es mundano: eso quiere significar la gloria de la cruz, la gloria de la resurrección. Pero cuando tú te sientes así, mira esto: antes de la gloria».

Y al respecto Francisco confió un recuerdo personal: «De niño —no sé si he contado esto— una vez, Viernes Santo, se hacía la profesión de las antorchas en la parroquia, y la abuela nos llevaba a todos. Y venía el Cristo yacente, en dimensiones naturales, en mármol». Cuando pasaba la procesión «nosotros estábamos siempre, todos los años, en el banco, porque había dos direcciones de tranvía en esa calle. Y la abuela nos hacía arrodillarnos: “Miradlo bien: ¡pero mañana resucitará!”». De hecho, en ese «tiempo, antes de la reforma litúrgica de Pío xii, la resurrección se hacía el sábado por la mañana, no el domingo».

Y después, la abuela, el sábado por la mañana, cuando se escuchaban las campanas de la resurrección», invitaba «a lavarse los ojos con agua, para ver la gloria de Cristo. Nos hacía ver los dos».

De aquí la exhortación conclusiva del Papa: «enseñad a vuestros niños a mirar», ambos, tanto el crucifijo, como la gloria de Cristo. Con una aclaración: sobre todo «en los malos momentos, en los momentos difíciles, envenenados un poco por haber dicho en nuestro corazón alguna desilusión contra Dios» es necesario mirar especialmente «las llagas. Cristo levantado como la serpiente: porque Él se ha hecho serpiente, se ha aniquilado todo para vencer a “la” serpiente maligna».

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18 de Julio de 2018

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