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Para curar las fragilidades

Ha sido un viaje esencial el que llevó al Papa Francisco a Estrasburgo para visitar las instituciones europeas y encontrar allí a las mujeres y a los hombres comprometidos en política. Y para dejar —como pastor, quiso especificar inmediatamente el obispo de Roma— un mensaje de esperanza y de aliento para que sean ellos los primeros en ocuparse de las fragilidades del continente. Que históricamente se acostumbra definir «viejo» y que signos de envejecimiento, incluso sólo demográfico, está mostrando desde hace tiempo, junto a una sensación de cansancio y de pesimismo.

A los representantes de Europa el Pontífice —de verdad etimológicamente un «constructor de puentes», que no se cansa de repetir la necesidad del encuentro, es más, de una cultura del encuentro —dejó, en efecto, dos discursos arduos, que miran lejos. Con palabras meditadas y atentas para dar, sobre todo, confianza al «viejo continente», heredero y depositario de un patrimonio ideal inmenso. Precisamente por esto, ante el mundo, su responsabilidad exige mucho de cada uno.

Ha pasado más de un cuarto de siglo desde la primera visita de un Papa a las instituciones europeas, un año antes de la caída del Muro de Berlín que dio inicio a una época de cambios profundos, no sólo en el escenario continental. Desde entonces el orden mundial se hizo menos eurocéntrico, mientras que resulta más clara la conciencia de la multipolaridad. Junto a este desafío el Papa presentó el de la transversalidad, que dijo haber encontrado —y lo recordó también a los periodistas en el vuelo de regreso— en los políticos más jóvenes, que representan una esperanza para Europa.

El Papa Francisco, hombre de escucha y de diálogo, es consciente de las dificultades, agravadas hoy por una crisis económica gravosa y persistente, pero sabe que estas deben llevar a la unidad para vencer miedos y angustias. Detrás de la historia europea de hoy hay un siglo marcado por dos guerras tremendas que ensangrentaron el continente, mientras que todo el mundo debe hacer frente a intolerancias y fundamentalismos terroristas que encubren detrás motivos religiosos, pero ofenden a Dios y pisotean al ser humano.

Precisamente la persona humana está en el centro de los dos discursos que el Papa Francisco pronunció y deja a Europa. Con palabras claras —y apoyadas por repetidos aplausos— que recordaron a los padres fundadores y alentaron a retomar los ideales, pero también denunciaron debilidades y derivas, cierto no sólo europeas: desde el individualismo enfermo de soledad a un consumismo cada vez más insensato, desde el dominio oscuro del poder financiero a los tráficos infames de armas y de seres humanos. He aquí las fragilidades que en primer lugar todos los parlamentarios, pero luego todos los habitantes, están llamados a atender.

De aquí también el papel y las responsabilidades de la política en la construcción de la democracia: para «generar la paz», camino a lo largo del cual la Iglesia, «experta en humanidad», quiere ofrecer su aportación, según dos expresiones de Pablo vi, que su sucesor citó recordando también el antiguo texto que describe a los cristianos en el mundo a través de la imagen del alma en el cuerpo. Y «ha llegado la hora —dijo el Papa Francisco— de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana», abandonando finalmente «la idea de una Europa atemorizada y replegada sobre sí misma, para suscitar y promover una Europa protagonista», que al defender a la persona sea un «precioso punto de referencia» para toda la familia humana.

g.m.v.

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16 de Septiembre de 2019

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