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Palabras que leen dentro

· Masculino y femenino desde el Génesis hasta el Nuevo Testamento ·

Nuestra relación con las Escrituras no se agota en el hecho de que las leemos. Ellas mismas, simétricamente, tienen como finalidad "leer" a su lector, descubrirlo a sí mismo, introducirlo en un movimiento de conversión, cuando acepta ponerse bajo su autoridad. Al mismo tiempo, resulta evidente que la fuerza de sentido del texto es directamente proporcional a los interrogantes que le plantea su lector. Para comunicar la Revelación de la que es portadora, el texto tiene necesidad de que lo abra un lector sólido. Con esto queremos decir un lector que existe como sujeto personal, arraigado en lo concreto de su condición y de su tiempo. Y también queremos decir un lector que tiene bastante confianza para creer que las Escrituras no se desploman ante los interrogantes y las objeciones que puede plantearles la cultura contemporánea en continua evolución.

Filippo Brunello, “El jardín del Edén”

En nuestras sociedades occidentales, el campo de la antropología afronta hoy importantes procesos de cuestionamiento y revisión, que parecen trastrocar irremediablemente las representaciones bíblicas. Los debates se intensifican sobre todo en torno a la identidad sexuada de la condición humana. La desviación generalizada de los puntos de referencia que observamos, sacude de modo del todo particular dicha realidad. Sería deplorable limitarse a la preocupación frente a los peligros que esta situación comporta. Investigando la identidad de los sexos, nuestro tiempo permite devolver a la luz una zona mantenida cuidadamente en la sombra en muchas sociedades. Permite identificar mejor un esencialismo que encierra a hombres y mujeres en una disimetría, jugando evidentemente en detrimento de estas últimas. Y tomando mejor las medidas de la violencia multiforme e inmemorial que afecta a las mujeres, nuestro tiempo abre la perspectiva de mayor progreso de la justicia. Pero, a la vez, se nota rápidamente que las respuestas que se pretendían dar a los desórdenes denunciados manifiestan nuevos y temibles peligros. En particular, ¿acaso no hay una nueva forma de violencia solapada y extrema al confundir e, incluso, pretender cancelar la diferencia hombre-mujer? Para sanar las heridas que afectan a la relación entre los sexos, ¿acaso estamos obligados a afirmar que la diferencia es solo el producto artificial de las culturas y que, por tanto, puede y debe superarse? ¿Cuáles recursos hay que activar para superar el escepticismo antropológico que todavía impide creer en el encuentro feliz y duradero entre un hombre y una mujer?

Estas son otras tantas preguntas que hay que hacerse cara a cara con el texto bíblico. No se trata simplemente de buscar en él una protección frente al mar agitado o provocar una cortina de humo para ocultarse de evoluciones que consideramos peligrosas. Nos parece que un objetivo más justo sería transformar los interrogantes del momento en un trampolín para alcanzar la verdad que aún no hemos escuchado en las Escrituras bíblicas. En otras palabras, es preciso creer que las sacudidas actuales tienen potencialmente la fuerza de suscitar interrogantes nuevos en el seno de la revelación bíblica. De modo ejemplar, en nuestra opinión, la cuestión hombre-mujer resuena en la Biblia con una riqueza de sentido que aún no hemos valorado plenamente, pero que precisamente puede desarrollarse en el contexto presente. Las breves reflexiones que siguen, quieren dar cuerpo a dicha convicción.

La cuestión es evidentemente de gran actualidad, dado que nuestra cultura tiende de diversos modos a borrar las fronteras, a sustituirlas con la continuidad entre el mundo de la materia y el mundo de lo viviente, y, además, en este último, entre las distintas modalidades de lo viviente. Así sucede con las polémicas que hoy contestan la idea de que habría una ruptura esencial entre la condición humana y la condición animal. Pero también sucede con las perspectivas abiertas por la bioquímica o por una robótica con ambiciones de Prometeo. No cabe duda de que la fuerza del espíritu científico en nuestra edad posmoderna es un factor de esas evoluciones, ya que es evidente que la ciencia se caracteriza precisamente por transformar lo que describe, superando el registro de lo singular y, por tanto, cancelando las diferencias. Pero tal confusión de las fronteras causa evidentemente ipso factoconfusión y pérdida de las identidades, incluida la división por la cual la humanidad se articula en lo masculino cara a cara con lo femenino.

Es indiscutible que las Escrituras bíblicas contrastan dicha lógica. Pero, ¿hemos podido tomar conciencia de ello antes que el psicoanálisis pusiera en guardia contra el papel fundamental de la separación o que, al contrario, el rechazo generalizado de las diferencias nos obligara a interrogar con más atención el texto? Hoy tenemos la posibilidad de ver mejor que la creación y la separación son eminentemente solidarias, como ya mostraba en los años setenta el gran biblista francés Paul Beauchamps al comentar el primer capítulo del Génesis. A partir de aquí se aclara toda una lógica bíblica profundamente desconfiada acerca de lo que acentúa la mezcolanza y la hibridez, de lo que tiende a la confusión y a la indistinció. La convicción, que se encuentra en el principio de muchos aspectos de la legislación bíblica, es que la mezcolanza es mortífera. Cancelar las fronteras lleva al caos originario, deshace la creación. Esta verdad relevante debe servir de brújula en los debates actuales. Sirve una diferencia, un contraste para que pueda surgir la vida, es decir, la relación.

Pero, al mismo tiempo, el texto bíblico constata que el mundo de relaciones que suscita los gestos creadores de separación es un mundo dedicado a vivir la prueba de la relación. De hecho, encontrarse positiva y felizmente con el otro es necesariamente un desafío. Con gran primor el texto del Génesisconcibe esta realidad haciendo desfilar, a partir del relato de la transgresión, los conflictos o las perversiones que surgen entre un hombre y una mujer, entre hermanos y, a largo plazo, entre las comunidades humanas.

Para limitarse a la relación hombre-mujer, se puede notar una sutileza particularmente elocuente en nuestro tiempo, en el que circula la idea de que solo se llega a ser hombre o mujer a través de la imposición de estereotipos culturales o, incluso –bromean algunos–, a través de una elección que podría considerarse asunto personal de cada uno. El texto bíblico no apoya ninguna de estas perspectivas, pero presenta de todos modos una apertura muy sugestiva. En verdad, recordemos que el primer capítulo del Génesisevoca solemnemente la creación de la humanidad "a imagen de Dios". Pero lo hace en un versículo (cf. Génesis , 27) en el que aún no se habla de hombre y mujer, sino de macho y hembra. Así, la lectura prosigue hasta el segundo relato de la creación y la misteriosa operación quirúrgica que, en el lenguaje del mito, hará surgir a un hombre y a una mujer explícitamente designados como tales (cf. Génesis2, 22). Sin desviar el texto bíblico hacia teorías que son ajenas a él, convengamos en que no carece de interés ver que la Escritura se mantiene a considerable distancia de una elaboración de las identidades. Así, está claro que la diferencia entre los sexos mencionada en el primer relato de la creación es solo una condición preliminar, en espera del contenido de humanidad que distinguirá al hombre y a la mujer entre los vivientes.

De la misma manera, deberíamos observar la imperfección que caracteriza al primer cara a cara de la pareja humana puesto en escena en el segundo relato del Génesis: las palabras que afloran en ese instante aún no logran establecer la reciprocidad de un verdadero diálogo. Justamente por eso el encuentro del hombre y la mujer según el Génesisse caracteriza por ser un "proyecto é" (André Wénin), que Dios les confía para que juntos sean "imagen" y "semejanza" de Aquel que los crea. El relato del Génesis rifica simultáneamente la verdad que ha llegado a ser familiar para nosotros, es decir, que solo podemos ser verdaderamente dos en presencia de un tercero. En nuestro caso, es necesario que el escenario de la creación mantenga y explicite aquí la referencia al Creador, que está entre el hombre y la mujer, para que su encuentro tenga una justificación. Es preciso poner de relieve que todo esto se dice sin dogmatismo alguno, lejos de la rigidez de una argumentación especulativa. La aplicación de algunos grandes principios fundamentales de una antropología bíblica se lleva a cabo mediante un discurso narrativo elástico, colorido, que conserva un matiz de enigma y de algo no dicho. En verdad, si la humanidad es a imagen del Deus absconditus, ¿cómo podría dejar de incorporar su identidad una parte inabarcable del misterio?

Es cierto que Jesús viene al mundo en carne masculina. Nadie puede ser humano rechazando la ley que establece que sea humano como hombre o mujer. Pero, al obrar así, no viene ni a revelar a Dios como varón ni a poner la parte masculina de la humanidad en una posición de autoridad superior, ni mucho menos a poner fin a una diferencia antropológica que funda nuestra humanidad. Esencialmente viene a suscitar, como su interlocutor cara a cara, a esa humanidad reconstituida que es la Iglesia, formada por hombres y mujeres, a la cual el Evangelio de modo sorprendente da como referencia y modelo una serie de figuras de mujer.

Como Marta y María, como la viuda que pone todo lo que posee en el tesoro del Templo, como la mujer del relato joánico, que unge los pies de Jesús antes de la Pasión, y también como las mujeres que permanecen solas al pie de la cruz cuando todos se han ido, y serán las primeras en ir al sepulcro. Como María Magdalena, llamada a ser apóstol de los Apóstoles. Como, por último –el signo más grandioso de todos–, la Virgen María, en quien se revela la impresionante cooperación entre Dios y la humanidad al principio de la obra de salvación. Estas son otras tantas realidades que hay que escrutar y acoger para encontrar los caminos de una justificación –y también de una justicia– de la relación entre los sexos, que sigue siendo una tarea actual de la Iglesia.

Por Anne-Marie Pelletier

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17 de Febrero de 2020

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