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Palabras enloquecidas

· Misa del Papa en Santa Marta ·

Las «palabras cristianas» vacías de la presencia de Cristo son como palabras enloquecidas, sin sentido y engañadoras que desembocan en el orgullo y en el «poder por el poder». Es una invitación a un «examen de conciencia» sobre la coherencia entre el decir y el hacer la propuesta por el Papa Francisco en la misa celebrada el jueves 5 de diciembre, por la mañana, en la capilla de la Casa de Santa Marta.

Partiendo de la liturgia del día, el Pontífice recordó que «muchas veces el Señor habló de esta actitud», la de conocer la Palabra sin ponerla en práctica. Como dice el Evangelio, Jesús «reprendía también a los fariseos» por «conocer todo, pero no hacerlo». Y así, «decía a la gente: haced lo que dicen, pero no lo que hacen, porque no hacen lo que dicen». Es la cuestión de las «palabras separadas de la práctica», palabras que, en cambio, se han de vivir. Sin embargo, «estas palabras son buenas» advirtió el Papa, «son hermosas palabras». Por ejemplo, «también los Mandamientos y las bienaventuranzas» se cuentan entre estas «palabras buenas», así como también «tantas cosas que dijo Jesús. Podemos repetirlas, pero si no nos llevan a la vida no sólo no sirven, sino que hacen mal, nos engañan, nos hacen creer que tenemos una hermosa casa, pero sin cimientos».

En el pasaje evangélico de Mateo (7, 21.24-27), prosiguió el Papa, el Señor dice que precisamente quien «escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca». Al fin de cuentas se trata, explicó, de «una ecuación matemática: conozco la Palabra, la pongo en práctica, estoy construido sobre roca». La cuestión esencial, sin embargo, precisó el Santo Padre, es «¿cómo la llevo a la práctica?». Y destacó que precisamente «aquí está el mensaje de Jesús: ponerla en práctica como se construye una casa sobre roca». Y «esta figura de la roca se refiere al Señor».

Al respecto, el Papa Francisco hizo referencia al profeta Isaías que, en la primera lectura (26, 1-6), dice: «Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua» (v. 4). Por lo tanto, explicó el Pontífice, «la roca es Jesucristo, la roca es el Señor. Una palabra es fuerte, da vida, puede seguir adelante, puede tolerar todos los ataques si esta palabra tiene sus raíces en Jesucristo». En cambio, «una palabra cristiana que no tiene sus raíces vitales, en la vida de una persona, en Jesucristo, es una palabra cristiana sin Cristo. Y las palabras cristianas sin Cristo engañan, hacen mal».

El Papa recordó luego al escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) que «hablando de las herejías» dijo «que una herejía es una verdad, una palabra, una verdad que se ha vuelto loca». Es un hecho, destacó el Pontífice, que «cuando las palabras cristianas no tienen a Cristo comienzan a ir por el camino de la locura». Isaías, continuó, «es claro y nos indica cuál es esta locura». En efecto, se lee en el pasaje bíblico: «el Señor es la roca perpetua, porque Él doblegó a los habitantes de la altura, abatió la ciudad elevada» (cf. vv. 4-5). Sí, «a los habitantes de la altura. Una palabra cristiana sin Cristo —añadió el Pontífice— te conduce a la vanidad, a la seguridad de ti mismo, al orgullo, al poder por el poder. El Señor abate a estas personas».

Esta verdad, explicó, «es una constante en la historia de la salvación. Lo dice Ana, la mamá de Samuel; lo dice María en el Magníficat: el Señor derriba la vanidad, el orgullo de las personas que se creen ser roca». Son «personas que van sólo detrás de una palabra, sin Jesucristo». Hacen propia una palabra que es cristiana «pero sin Jesucristo: sin la relación con Jesucristo, sin la oración con Jesucristo, sin el servicio a Jesucristo, sin el amor a Jesucristo».

Para el Papa Francisco «lo que el Señor nos dice hoy» es una invitación a «construir nuestra vida sobre esta roca. Y la roca es Él. Lo dice explícitamente Pablo —precisó— cuando se refiere a ese momento en el cual Moisés golpeó la roca con el bastón. Y dijo: la roca era Cristo. Cristo es la roca». Esta meditación comporta, sugirió el Pontífice, «un examen de conciencia» que «nos hará bien». Un «examen de conciencia» que se puede hacer respondiendo a una serie de preguntas esenciales. El Papa mismo las explicitó: «¿Cómo son nuestras palabras? ¿Son palabras suficientes en sí mismas? ¿Son palabras que creen ser poderosas? ¿Son palabras que creen también darnos la salvación? ¿Son palabras con Jesucristo? ¿Está siempre Jesucristo cuando decimos una palabra cristiana?». El Pontífice quiso nuevamente referirse expresamente «a las palabras cristianas. Porque cuando no está Jesucristo —dijo— también esto nos divide entre nosotros y crea división en la Iglesia».

El Papa Francisco concluyó la homilía pidiendo «al Señor la gracia de ayudarnos en esta humildad que debemos tener: decir siempre palabras cristianas en Jesucristo, no sin Jesucristo». Y pidió al Señor que nos ayude también «en esta humildad de ser discípulos, salvados, de ir adelante no con palabras que, para creernos poderosos, acaban en la locura de la vanidad y en la locura del orgullo». Que «el Señor nos alcance esta gracia de la humildad de decir palabras con Jesucristo. Fundadas en Jesucristo», concluyó.

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